#4 TiemposFunambulista

En algún lugar de La Mancha siempre hay un Quijote que nadie nunca ha abierto | Columna de Edén Ulises Martínez

Funambulista

La primera parte de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, fue publicada por primera vez en España en el año de 1604, y ya para la primera mitad de 1605 cruzaban el Atlántico hacia América cientos de ejemplares. Irving Leonard nos habla del número y del destino de estos Quijotes en la edición del IV bicentenario de su publicación:

“[…] doscientos sesenta y dos fueron, a bordo del Espíritu Santo, a México, y que un librero de Alcalá, Juan de Sarriá, remitió a un socio de Lima sesenta bultos de mercancía que viajaron en el Nuestra Señora del Rosario a Cartagena de Indias y de allí a Portobelo, Panamá y El Callao hasta llegar a su destino. Se perdieron en todo el trayecto varios bultos, pero así comenzó el Quijote su andadura americana.”

Me imagino con emoción al Espíritu Santo, cargando en alguna de sus bodegas o cofres de viaje la que se consideraría después como obra fundadora de la novela moderna. Cruzando el Gran Mar para llegar al Nuevo Mundo, Don Quijote, Rocinante, Sancho Panza y su famoso jumento, lograrían llegar a donde Cervantes nunca llegó a pesar de sus intentos. El Quijote se volvería (no sin obstáculos) la novela castellana por antonomasia: entre todas las de su clase, la más importante, conocida o característica, y Cervantes sería nuestro Shakespeare.

Sin embargo, aunque son muchas las similitudes históricas de las vidas de ambos íconos, así como también la adoración pletórica que les rinden sus respectivas academias, las obras de uno y otro tienen hoy por hoy, como lo indica la portada del número 208 de Letras Libres, legados paradójicos: Shakespeare continúa rebosante de vida en las calles y en los teatros de todo el mundo, Hamlet, Romeo Julieta, Macbeth, y muchas más de sus obras y de sus sonetos son interpretados, reinterpretados, modificados y reanimados en muchísimos formatos culturales, tradicionales, modernos y posmodernos, abundan sus referencias en la música y la cultura pop. El legado de Shakespeare ha logrado reinventar sus significados y la lengua inglesa sigue enjugándose en él; el de Cervantes lo ha intentado, pero sospecho que sin tanto éxito.

Al parecer el Siglo de Oro Español se sigue observando desde lejos, como una pieza de museo. Quevedo, Alarcón, Góngora, Lope de Vega, Garcilaso y el mismo Cervantes —en casa de casi todos mis amigos o gente conocida hay un Quijote, y que yo sepa, pocos siquiera lo han abierto—, están todos en su jaula aurífera, cubiertos de una gruesa capa de polvo que nos impide ver sus resplandores. Los leen quizá estudiantes de Lengua y Literatura Hispanoamericanasacadémicos interesados o lectores consolidados: en el México del siglo XXI, si de por sí leer es cosa extraña, leer a los clásicos del castellano es una rareza y un milagro.

El Quijote es visto como un libro aburrido y añejo, se piensa que por su lenguaje y sintaxis “antigua” es dificilísimo de leer, o se le considera “sagrado”, “intocable”, y por lo mismo lejano, innecesario, se esquiva por el miedo que supone leer una imagen tan imponente.  Sin importar si estos prejuicios tienen algo de cierto o no, habrá que tomarlos en cuenta para comenzar a preguntarnos por qué la tradición Cervantina no ha sido absorbida por la cultura popular como lo ha hecho la obra del que Carlyle considera, por encima de Oliver Cromwell, el más grande héroe inglés. Julio Hubard, en su artículo Hablarle en Necio, explica este neblinoso distanciamiento cuando habla sobre el teatro de Cervantes:

Quedan varias hipótesis; la más inmediata, que gran parte de aquel teatro se nos volvió lejanísimo. Por dos razones. Una, que no hubo, ni hay, quien meta la mano para faltarle al respeto a la literatura y rehacerla, utilizarla y producirla de nuevo. Dos, que no se le mete la mano porque se teme a quien vela los cadáveres: la academia impone temor y suele creer que su obligación es regañar a quien profane sus santos y sus monstruos. Pero, sobre todo, porque el abandono central es el del público, que se aburre más y entiende menos conforme pasa el tiempo. Dicho claramente: si el teatro del Siglo de Oro existe es porque lo conserva la academia, y si el teatro del Siglo de Oro carece de vida es porque lo conserva la academia.”

A cuatrocientos años de distancia de la muerte de ambos autores, James McWilliams menciona en Saving the Self in the Age of the Selfie, su colaboración para The American Scholar, la importancia de la lectura en estos tiempos acelerados, y la propone precisamente como la cura de muchos de los males de la era de los smartphones. Yo, escribiendo desde una posición mucho más modesta, le agregaría a esta recomendación una pequeñez (en especial dedicada a mis compañeros millennials): hay que desempolvar esos Quijotes que tenemos en las repisas, en los cajones y en los armarios, hay que perderle el miedo y el respeto al Siglo de Oro, y si es necesario hay que volverlo de cobre.

También recomendamos: Con Tom Wolfe en Wine Park | Columna de Edén Martínez

Nota Anterior

Veinticuatro años de debates en México | Columna de Alejandro Tello

Siguiente Nota

Este es el clima de hoy 28 de mayo para SLP