Sólo para débiles

El zapato perdido. Columna de Eduardo L. Marceleño

SÓLO PARA DÉBILES.

Conocí a Tita gracias a un zapato perdido. Originaria de Culiacán, su acento fue determinante en la algarabía del DF. Coincidimos entre los golpeteos del Palacio de los Deportes que ofrecía un concierto, nuestra agrupación favorita. Aunque  reservada en un inicio, supe que confiaría en mí por la manera en que me dijo que además de su zapato había perdido a su amiga. Un acto de simetría marcó el inicio de nuestra amistad: yo también había perdido a mis amigos en el tumulto, pero tenía los dos zapatos puestos. Sin querer, decidimos que lo mejor sería ser un espectador de tres pies.   

Existen situaciones en las que lo mejor que pudo pasar es que algo salió mal. No es la primera vez que el desorden dentro de lo planeado otorga escenarios excepcionales, a veces los elementos más ordinarios de la realidad son los responsables de lo inimaginable. Creer en el destino es de alguna manera creer en las tragedias pasajeras. El zapato perdido de Tita era sustituido por un nuevo amigo.

A pesar de todo, el pie desprotegido de Tita recibió muchos pisotones. Una marea de cuerpos sudorosos nos hizo perdernos un momento, pero regresamos al mismo lugar, no en razón de un sitio territorial (nos topamos muchos metros después), sino de la geografía de nuestra insipiente amistad. No existe lógica que pueda explicar por qué durante ese tiempo perdido en el concierto no encontramos a nuestros amigos de inicio y en cambio volvimos a reencontrarnos. Todos los fenómenos ocurrían en menos de dos horas, estábamos ahí para desafiar lo ordinario. Con el azar de nuestro lado, el encuentro me pareció una magnifica coincidencia.

Llegada la hora del fin del concierto parecía haber llegado la hora también de enterrar nuestro pacto de confianza mutua. Quise decidir perder a Tita en ese lugar, el Palacio donde la coincidencia había condensado una amistad sin zapato. En ese momento pensé que si no volvía a tener contacto con ella después, haría de nuestro efímero encuentro algo inmortal que viviría en la memoria por siempre, entonces recordé la frase de “sólo se posee lo que se pierde a voluntad”.

Estuve muy cerca de irme a buscar a los demás, en eso Tita me abordó, estaba feliz porque un vendedor de mini pizzas había encontrado su zapato perdido, además su amiga estaba ahí para que yo la conociera.

Nos despedimos, e intercambiar contactos fue menos difícil que aceptar que mi idea de inmolación a la amistad se disiparía en el escenario vacío. Decidí ser su amigo en la distancia.

Han pasado casi tres años del concierto. Tita ha sabido ser una buena amiga, mantiene el acuerdo tácito de quien aprecia a las personas por voluntad y no por cotidianidad.

Aunque no nos hemos visto en todo ese tiempo, espero que el día que la vuelva a ver me sorprenda con algo nuevo, el reencuentro de un zapato perdido.

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