#Si Sostenido

 El “topo” de Ciudad | Colaboración de Juan Carlos Gutiérrez E.

Un hombre se pone a prueba diariamente para sobrevivir y desde su silla de ruedas pepena plásticos por toda la ciudad

La Ciudad se prepara para otro lunes. Esteban aún no llega a casa, o lo que sea que pueda llamarle casa. A brazo izquierdo y pierna derecha, arrastra lentamente desde su silla de ruedas un carrito de supermercado repleto de botellas de plástico y cartón, dándose a sí mismo la lección de supervivencia y gratitud más grande que pocos pueden darse.  

La Ciudad se va quedando vacía. Ahora son las hojas de los árboles agitadas por el viento lo que se escucha y bajo estos, Esteban avanza sin prisa. Conoce sus tiempos, Desde las cinco de la mañana sale a recoger lo que otros tiran y a las 10 de la noche regresa con el carrito repleto de esperanza. Con 150 pesos por carga se puede vivir.

La Ciudad se torna un laberinto. Esteban Luna Barajas es de Michoacán. Viene por temporadas a San Luis a buscar a un hermano perdido en el pasado, pero las más de 400 colonias el millón y pico de habitantes no le permiten encontrarlo. Las pistas son vagas y cuando llegan a nada, regresa a su tierra, para volver a intentarlo otra vez, otra vez, otra vez…

La Ciudad es indiferente. Los automovilistas tienen prisa por llegar a casa y pasan a su lado rasantes, indiferentes al esfuerzo de Esteban, quien recorre diariamente más de 30 kilómetros recogiendo desde su silla tuercas, clavos y plásticos a las orillas de las calles y avenidas, apoyado por una vara y una lamparita led que lo guía por esta mina de hormigón.

La Ciudad es una trampa. En 2011, el jardinero de 46 años fue atropellado en su tierra natal. El peroné y la tibia de su pierna izquierda, y el cúbito de su brazo derecho quedaron prácticamente inservibles, más cuando una infección orilló a los médicos a quitarle tornillos y varillas de soporte antes de tiempo.

La Ciudad perdona. Esteban quedó confinado a una silla de ruedas. Años atrás, en Estados Unidos, un balazo le entró por el pómulo derecho y salió por atrás de su oído, arruinándole la audición y la visión de la parte izquierda. También estuvo preso. Con todas estas pruebas de vida, Esteban sigue girando la rueda. “Si no luchas por la vida que Dios te presta, ¿entonces qué haces aquí, para qué te quejas? Todo esto son facturas que uno paga y hay que seguir”, afirma.

La Ciudad tiene refugios y aliados. Esteban fue un pájaro de cuenta y hoy es un topo de Ciudad. De ambas formas ha sabido sobrevivir. Ahora tiene libertad. En su lento andar, Esteban disfruta las calles, los árboles, el viento frío de esta noche que le pega en la nuca cada vez que los autos lo rebasan. A veces se queda en la casa de un conocido, a veces se queda en un hotel, cuando no gana lo suficiente se queda en la calle.

A veces los pandilleros se compadecen y le ayudan, le regalan la basura reciclable de sus casas o lo empujan hasta los límites de su territorio.

La Ciudad regala historias. Esteban se pierde entre las calles oscuras, dándole el ejemplo a quienes ponen pretextos para trabajar. Quizás un día encuentre a su hermano.

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