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El rostro como tarea | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

«-Vamos -dice la madre a su hijo que llora-, cambia esa carita. ¿Quién quiere a este niño lindo?».

Entonces el niño se enjuga las lágrimas, sonríe y su cara cambia de aspecto: se torna luminosa.

Ahora bien, si un amargado de esos que suele haber por allí hubiese visto esta escena desde cierta distancia, acaso habría dicho para sus adentros: «Oigan lo que dice esta ingenua mujer: cambia esa carita. ¡Como si se pudiera! Señora, con todo el respeto que me merece su venerable persona, sepa de una vez por todas que ni usted ni su hijo pueden cambiar sus caritas, pues con la cara que tienen nacieron y con esa misma morirán. Nadie escoge su rostro, como nadie escoge tampoco su estatura. ¿Quiere usted que su hijo deje de llorar? Pues dígaselo claramente y evite en cuanto pueda hablarle con ese lenguaje tan retórico como dulzón».

Lo que piensa el amargado tiene mucho de verdad. Es cierto que nuestra personalidad es una mezcla complejísima de rasgos provenientes de tíos, tías, padres, abuelos y demás parientes esparcidos en el tiempo y el espacio; que no pudimos elegir el día de nuestro cumpleaños ni las dimensiones de nuestra nariz; que nuestros cromosomas, al organizarse, nos hicieron tener este rostro y no otro distinto. Todo esto es muy cierto. Y, sin embargo, creemos que la madre, al pedir a su hijo lo que le pide, tiene más razón de lo que piensa el amargado.

Cuando la madre le dice a su hijo: «Vamos, cambia esa carita», no le está pidiendo que se convierta en otro, ni tampoco trata de convencerlo para que se deje hacer una reconstrucción facial; lo que le pide, más bien, es que cambie la actitud que hace que su rostro aparezca triste. Puesto que el rostro humano es capaz de iluminarse aun cuando cada una de sus partes (nariz, boca, ojos, dientes) permanezca donde está, la madre suplica al hijo que se esfuerce en obrar tal transformación.

Sobre el rostro humano se han dicho muchas cosas, y que sea único e irrepetible ha dado lugar a un sinnúmero de preguntas y respuestas. He aquí un ejemplo:

«-¿Por qué Dios formó al hombre a su semejanza dando a cada uno de ellos una expresión diferente?», se pregunta la tradición judía.

Y contesta:

«-Porque al tener rostros diferentes nadie podrá hacerse pasar por su vecino y, así, impunemente, robar y cometer adulterio».

Esta respuesta, por moralista que nos parezca, no carece de profundidad. En efecto, si todos los rostros fueran iguales, ¿tendría el ladrón que ocultar el suyo con una máscara o un pasamontañas? El rostro, para decirlo con la tradición judía, es el lugar de la responsabilidad.

Otra cosa que es necesario decir acerca del rostro es que sólo el hombre posee uno, pues ni de los animales ni de las cosas se dice nunca que tengan rostro. El rostro no es solamente el lugar de la responsabilidad, sino también el de la humanidad. Emmanuel Lévinas (1906-1995), el pensador judío, construyó toda su filosofía en base a esta certeza: «El rostro –que no es solamente la agrupación de una nariz, una frente, unos ojos, etcétera-, es una presencia viva que dice al que lo contempla: No matarás». El rostro del otro me invita al respeto, al reconocimiento y a la acogida, sobre todo cuando se trata –sigue diciendo Lévinas- del rostro de la viuda, del huérfano y del extranjero.

«Un rostro –dice a su vez Bruno Chenu, el teólogo francés- es el espacio-carne personal donde viven una palabra y una mirada… La primera palabra del rostro es la prohibición de matar. Por eso no es extraño que se venden los ojos de los condenados a muerte, de los que van a ser fusilados, por miedo a encontrar su mirada».

Ser hombre es tener un rostro y, al mismo tiempo, ser responsable de ese rostro. Por eso es que la madre tiene todo el derecho del mundo a pedirle a su hijo que lo transfigure y le dé una expresión feliz. «¡Ay –se queja un personaje del teatro de Albert Camus-, después de cierto tiempo todo hombre es responsable de su cara!».

Para la cultura azteca, el rostro de un hombre no era nunca una cosa dada de antemano, sino, ante todo, un don y una tarea. El rostro tenía que ser forjado, esculpido y modelado a fuerza de disciplina y educación. Por lo menos, eso es lo que sugiere un poema dedicado al temachtiani (o maestro náhuatl):

El maestro no deja de amonestar.

Hace sabios los rostros ajenos,

hace a los otros tener una cara,

los hace desarrollarla,

hace que en ellos aparezca una cara.

Confesaba hace poco Pierre Sansot en uno de sus libros: «Yo admiraba a aquellas personas, hombres y mujeres, que poco a poco, empleando toda la vida, se habían forjado un rostro amable y bueno».

Acaso no seamos responsables de las desgracias sufridas, de los desaires pasados, de tener una verruga en la mejilla izquierda o del marcado estrabismo de nuestro ojo derecho. Pero somos siempre responsables de nuestra cara. Y, sobre todo, de la cara que tendremos después de cierta edad.

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