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El piloto

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

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Sé que alguien ha tomado confianza conmigo cuando por fin se atreve a hacer la pregunta: ¿Por qué no tienes automóvil? Ese momento casi siempre viene después de convivir algún tiempo, lo que significa que mi arribo en taxi le resultó inoportuno unas 3 o 4 veces.

Siempre respondo con la misma mentira, porque decir algo diferente sería quebrantar la idea que se han formado de mí: un honorable y exitoso empresario. “Viví demasiado tiempo en Nueva York y me quedé acostumbrado a no conducir”. Ocasionalmente, alguien va más allá y me increpa sobre la posibilidad de contratar a un chofer, entonces apelo al factor ecológico y de apoyo a la economía nacional. Eso suele ser suficiente. La historia verdadera se remonta a muchos años antes de que hubiera ido a Nueva York.

Por fin había encontrado el valor para invitar a Beatriz a salir y ella encontró los motivos para aceptar. No era poca cosa que la más guapa e inteligente del colegio fuera al cine y a cenar con un desarrapado como yo, que por entonces tenía una banda de hevy metal en la que nos salían muy bien algunos covers de Poison y Motley Crue. Beatriz me había gustado desde que comenzó la preparatoria y aunque varias veces hablamos, nunca nos habíamos visto fuera del recinto escolar. Faltaba un semestre para dejar para siempre el Colegio Ramón López Velarde.

El plan era perfecto, veríamos Volver al Futuro III en el cine de la Plaza Roma y después iríamos a comer hamburguesas en el recién inaugurado McDonald´s, pero Beatriz tenía algo mejor.

Cuando llegué a su casa, tras dos horas de acicalarse y quince minutos de camino, vestía una blusa azul marino y unos blujins entallados que permitían contemplar sus líneas sin ningún estorbo.

– Pásale, no te quedes como baboso en la puerta.

– Perooo, vamos a llegar tarde a la película.

– Cuál película, estaremos mejor aquí.

Beatriz me llevó al jardín y se precipitó a la cocina de donde volvió con vasos, hielos, cocacolas y una botella de Bacardí. Al verla, toda la ñoñería con la que me había prevenido se derrumbó, como una toalla que cae al suelo tras cumplir su falsa función de conservar el pudor. La cita iba a ser más como una peda con la banda y menos una salida con la bonita de la escuela. El partido comenzó y yo jugaba de local. En una de esas hasta me la echo, pensé.

Mi compañera de laboratorio resultó ser una borrachita muy simpática; a los pocos tragos ya manoteábamos; no me sorprendí al escucharla decir que fuéramos a otro lado.

– ¿A tu cuarto?

– No, cómo crees, mis papás están por llegar.

Salimos de la casa y tomamos mi automóvil, un vocho con más edad que yo; paramos en un bar donde tocaban rocanrol, no tuvimos problemas para entrar porque ella conocía al dueño. Nos pusimos a beber tequilas.

Al poco rato sentí que el alcohol estaba a punto de vencerme. Beatriz sugirió irnos y, al ver mi estado, pidió las llaves para conducir, las facciones de su rostro aún no se descomponían y podía mantenerse erguida con insólita facilidad, como si hubiera nacido para ello, no obstante, al primer intento de arrancar, estrelló de reversa el vocho contra un poste de teléfono.

Bajé, más molesto que asustado, incluso creo que regañé a Beatriz, la quité del volante e intenté encender el auto. Nada. El motor estaba muerto.

Para milnovecientosnoventa, en México, los teléfonos celulares eran escasos así que no me quedó más que parar un taxi, volver a casa para confesarle a mis padres lo ocurrido.

Antes de abrir la puerta principal, Beatriz me detuvo:

– Espérate, mejor nos llevamos la camioneta de tu papá, le seguimos y mañana llamas a un mecánico para que vea tu carro.

– Nombre Beatriz, cómo crees.

– Ándale no seas niña, pensé que eras rebelde.

Su argumento no tenía ningún agujero para rebatirlo, además lo coronó con un besito en el cachete. Sigilosamente entré a la casa, robé las llaves de la pick up y un sixpack del refrigerador. Después de dar un par de vueltas, decidimos seguir en un bar del centro, El Emperador, que tenía fama de no preguntar la edad de su clientela.

De camino, a Beatriz le pareció muy buena idea jugar a no mames, que consiste en tapar los ojos del conductor hasta que este grite no mames. Siempre he sido valiente, o mejor dicho un poco displicente, así que Beatriz era la que acaba por decir no mames antes que yo, hasta que en su último intento por incomodarme, destapó mis ojos en el instante justo para descubrir que la calle por la que conducía estaba cerrada, di un volantazo, evité estrellarme contra los señalamientos, pero el camino transversal era muy pequeño y la camioneta acabó sobre la banqueta, atrapada entre el muro y una toma de agua. Sabía que si nos quedábamos la policía no tardaría en llegar. Huimos por la ventana del copiloto.

Caminamos hasta la alameda, Beatriz me tomó la mano, pero yo no alcanzaba a disfrutar de esa caricia, estaba más preocupado por lo que iba a hacer, una cosa era dejar mi vocho en la noche y otra abandonar la camioneta de papá. Subimos a un taxi para regresar por segunda vez a mi casa, mi intención era pedirle su vehículo a mi hermana, un Sentra nuevecito, e ir por una grúa para sacar la camioneta.

A Sandra, mi hermana, le dije que la camioneta se había descompuesto y mi carro estaba en el taller, así que no presentó oposición. Encontré un servicio de grúas en el directorio y me fui junto con Beatriz a buscar una, pero en el cruce de avenida Humboldt y Agustín de Iturbide, a tres calles de mi casa, al conductor de un Peugeot se le ocurrió pasar un alto y alcanzó a golpear el Sentra en una de la esquina frontal derecha, nos hizo girar levemente y él siguió de largo.

Al fin entendí la señal, dejé a Beatriz en su casa y retorné a la mía, sabía que me esperaba un castigo terrible, pero estaba contento de haber salido ileso de tres choques. Afortunadamente todos estaban dormidos, hice lo mismo pero la preocupación me despertó a las 6:48 de la mañana, recordé que tenía un examen a las siete, era necesario ir en automóvil o no llegaría. Por algún motivo que todavía no comprendo, preferí llevarme el auto de mi madre, el último ileso, que el de mi hermana.

Corría a 140 por el bulevar Miguel Hidalgo para llegar a clase, tomé una curva bastante cerrada, se cruzó un perro e intenté esquivarlo. Lo siguiente que recuerdo es haber despertado en una habitación desconocida.

Abrí los ojos, me sentí tranquilo, luego comenzó a invadirme la desazón, esa terrible preocupación que llega la mañana después de una gran fiesta. En el umbral de la puerta apareció papá y sin saludarme dijo:

-¡Los cuatro carros cabrón!

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