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El peor trabajo del mundo | Columna de Adrián Ibelles

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Lunes
El teléfono de una de las oficinas ubicadas en el Paseo de la Castellana está muy ocupado desde la última semana. La persona que marca ya habría tachado dos tercios de una selecta lista, donde apunta algunas notas junto al nombre: no contesta, manda a buzón, me ha contestado su mujer y después apagó el móvil.
-Vaya cobardes- piensa la persona, con la presión de entregar una respuesta a su superior, un hombre que había dejado clara su impaciencia.

Al final, alguien tomó la llamada. No se fijó que el número tenía un +34, clave de España, y luego un 91398… De Madrid. La persona que marcaba conectó al incautó con el hombre impaciente, que además era bien conocido por sus funestos halagos y sus ofertas jugosas, e inevitablemente catastróficas.

Domingo
En Barcelona, un hombre cierra el pestillo de su puerta. Está demasiado iluminado, y el olor a desinfectante es casi intolerable. La porcelana blanca le sirve de soporte a un cuerpo vapuleado. Un par de manos temblorosas aflojan la corbata. Luego, la mano derecha busca el móvil, donde hay un mensaje de su familia, y otro de la asistente de su jefe. Afuera hay un rumor de tormenta, uno que ha sonado desde meses atrás sin darle tregua. Afuera, un grupo de jóvenes en toalla y sandalias hablan en voz baja de la incertidumbre y de las consecuencias.

Las manos acomodan la corbata, la mano izquierda guarda el móvil sin responder los mensajes, y luego quitan el pestillo. Se mojan y arreglan un poco el pelo, las cejas, y las comisuras de la boca reseca. Toman una toalla y retiran el exceso de agua del rostro desencajado de un hombre que se pregunta si ese olor a desinfectante se le quedará impregnado al recuerdo de su fracaso.

Cruzará la puerta. Enfrentará a los buitres y les dirá, por fin, que el villano es otro, que si no es una víctima, al menos será un secuaz, no más. Que su responsabilidad acaba donde inician las grandes decisiones. Que los títeres no tienen voluntad.

Cruza la puerta. Se sienta frente a las cámaras que apuntan a su cabeza, y a las plumas de los reporteros que se dirigen a su corazón. Se prepara para escupir sus últimas palabras. Cuando le preguntan si siente que era hora de reprocharle a los jugadores o a la directiva, respira profundo.

Y es que, ¿era culpable de la debacle? ¿Fue él quien provocó la renuncia de su antecesor? ¿Había él corrido al comandante luso? ¿Sería acaso su culpa el que a unos días de cumplir su máximo sueño con La Roja, se hiciera pública su contratación? ¿Pidió él este trabajo -lo sabía ahora- el peor trabajo del mundo?

-No. No tengo ningún reproche. Dijo, asumiendo la culpa y poniendo el honor por encima de su dolor. Un dolor que en el fondo, traía alivio.

Lunes
En la oficina, se firman papeles recién impresos. Una renuncia, dos cheques, un contrato. Se compra también un boleto de avión desde Londres, con destino final a Madrid. Se envía un mensaje a Valdebebas, donde un entrenador debe cumplir un interinato.

En la cancha, otro entrenador se vuelve a despedir de sus jugadores, ahora sí, -espera- para siempre. Ya quiere llegar a casa, sacarse los zapatos, abrir una botella y brindar por la libertad y porque el pobre que lo va a suplir tenga la suerte que no tuvo él.

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