#4 TiemposColumna de Dalia García

El niño del semáforo | Columna de Dalia García

Divertimentos

Algunas veces mi temor a la vida se pone en huelga y sale de mi subconsciente, ¿pero a quién no le pasa?

Hoy vi a un niño de cuatro años de edad, cuando mucho, en medio de un camellón situado en una de las avenidas más grandes de la ciudad. El niño tenía un suéter que le quedaba ligeramente grande. Era morenito. Desempeñaba una lucha contra las mangas de su suéter, parecía querer perforarlas para que entrara su dedito gordo. La madre caminaba hacia a él desde el extremo del camellón; los carros ya habían avanzado.

Ese pequeño lo es todo para su madre, creo, pero en ese contexto puede ser nada para cualquiera. En un segundo su cuerpecito podría dañarse: podría estar jugando y, sin querer, caer del camellón mientras el semáforo está en verde.

¿Cómo ordenarle al miedo que se aleje?

El presidente no sabe que ese pequeño existe. Es un habitante más de este país sobrepoblado, un mexicano en situación, ¿vulnerable?, ¿de calle? ¿qué otra situación se le puede adjudicar, de acuerdo a los parámetros establecidos a partir del nivel socioeconómico?

¿Quién puede asegurar que el niño sufre?, ¿decir que sufre solo porque su madre trabaja en los camellones de la ciudad? Él solo la acompaña al trabajo, como lo hacen muchos niños.

Pero el miedo persiste porque sé que la vida es frágil, más bien el cuerpo. Su cuerpo es piel y huesos quebrantables, conductos de sangre que se pueden corromper, serie de órganos que no pueden vivir al descubierto, tejido neuronal para el que no existen repuestos ni modelos idénticos, bronquios y un par de pulmones tiernos y aun pequeños como él.

Los niños son el futuro de México, dicen. La Unicef promueve que la infancia es “la época en la que los niños y niñas tienen que estar en la escuela y en los lugares de recreo, crecer fuertes y seguros de sí mismos y recibir el amor y el estímulo de sus familias y de una comunidad amplia de adultos.” Que “es una época valiosa en la que los niños y las niñas deben vivir sin miedo, seguros frente a la violencia, protegidos contra los malos tratos y la explotación”. No sé si alguna vez fue posible, para todos los niños, una época como la que describe la Unicef.

Afortunadamente la infancia es ese lugar común en el que todos somos susceptibles a la felicidad a pesar de que el entorno sea gris. Así el niño del semáforo, quizá feliz porque ignora la contradicción de los adultos; que así sea.

También lea: Adaptación | Columna de Dalia García

Nota Anterior

La salud sexual y la educación integral en sexualidades | Columna de Paúl Ibarra

Siguiente Nota

Violación: un crimen incontenible en SLP