El niño del despacho. Por Larry Zavala (Parte 2 de 2)

18:59 04-Abril-2016
El niño del despacho. Por Larry Zavala (Parte 2 de 2)

EL ÓRGANO DEL TERROR.

 

LEE AQUÍ LA PRIMERA PARTE DE ESTA HISTORIA.

 

Fue hasta después de que mi amigo Darío confesó la historia cuando le dije que yo también había escuchado algo. En ese momento entró a la plática la secretaria, diciendo que a ella le daba mucho miedo quedarse sola en las tardes porque oía y sentía cosas que no eran normales ni naturales.

En ese momento, un teléfono celular de juguete que se había quedado olvidado en la oficina y que pertenecía a la primogénita de los licenciados, comenzó a sonar sin que nadie lo hubiera tocado o movido físicamente. En ese momento la secretaría confesó que a ella todas las tardes que se quedaba sola escuchaba como se encendía ese juguete, causando así sus miedos y temores.

Ese día, ya estando juntos, cada quien comenzó a narrar su historia acerca del niño, llegando incluso a bromear sobre la situación. Así pasó muchísimo tiempo y aquel relato se alejó de las oficinas de nuestro trabajo, quedando así toda actividad que se presumía paranormal en aquel lugar, ajena a todos los asistentes como si nunca hubiera existido, lo más raro es que la mayoría de los que ahí trabajábamos escuchamos ruidos similares.

Quedó esto olvidado por mucho tiempo, hasta que en varias ocasiones empecé a sentir aquella presencia en mi propia casa, mientras me percaté que cuando este fenómeno se daba, las cosas aparecían en otro lugar, aún sabiendo la ubicación original de los objetos.

Aunque no era común, cuando llegaba a pasar me invadía el miedo porque sentía su presencia y no era nada placentero, no era ni siquiera cercano el sentimiento de decir “no me da miedo porque es un niño”, pues el solo pensarlo me daba un increíble pavor.

No volví a hacer lo que había hecho aquella ocasión en la oficina de rezar y pedir por el descanso y la paz de las ánimas.

Para finalizar este relato y contarles el desenlace sólo les diré lo siguiente: el domingo 17 de febrero del año 2008, entre otras cosas que hice ese día, fui a visitar a mi papá al panteón del Saucito, a limpiar su tumba y platicar con él, como lo hace uno toda la vida con sus parientes que han dejado este mundo. Le pedí encarecidamente que alejara de mi todo lo malo que me acechaba y que si él estaba en contacto con el Creador intercediera por mí para que mi bienestar no se viera perturbado, ya que para aquella temporada los ruidos, las risas y la presencia de aquel pequeño eran más frecuentes e incluso hasta malas. Cada vez que yo lo percibía, me ocurría algo malo o triste, encadenado al hecho de que ya no sabía si era mi imaginación, o la predisposición a la situación, porque incluso ya se me figuraba ver la silueta del tenebroso niño en el patio de aquel viejo caserío.

Me despedí de mi padre e hice de ese un día habitual, como todos los domingos. Sin embargo, cuando me dirigía a mi casa, en la calle de Aldama esquina con Avenida Universidad, donde ahora se sitúa la estatua de Juan del Jarro, decidí persignarme y pedirle a este personaje a forma de verso lo siguiente: ” San Juan del Jarro que me cambien el carro”, a especie de creencia y de rima, pero lo más chistoso es que funcionó en pocos días. En ese mismo lugar me encontré a un compañero del bar en el que trabajé por muchos años, él iba acompañado de una chica, al parecer su novia y le propuse darle un aventón a dejar a la muchacha y después llevarlo a su casa, lo que pasó sin ningún contratiempo.

Era casi la media noche, pero llegando a las inmediaciones de la casa de mi amigo nos quedamos platicando tanto que nos sorprendieron las 2 de la mañana del día 18 de febrero. Nos despedimos y quedamos en lo de siempre, de hablarnos para después reunirnos.

Arranqué mi carro y me fui, pero estando cerca del puente de Universidad, en la calle Primera de la colonia San Luis, volví a sentir el escalofrío, el miedo.

Sin mentir para pretender dar realismo a mi historia, por el espejo retrovisor de mi carro, vi situado en el asiento trasero de mi carro la silueta de aquel NIÑO, ese del que tantas veces sentí su presencia pero nunca había visto hasta ese momento, mi miedo era indescriptible.
Frené y volteé lentamente hacia atrás. Vi perfectamente a aquel NIÑO. No como la mayoría de la gente relata, que ven las cosas “claramente”, como al perro de fuego. No. Solo era la terrorífica silueta y su presencia por lo que pedí que se fuera aquello, digo así porque no era bueno, a pesar de que era un NIÑO.

Mi cuerpo sintió cómo se fue alejando aquel temor, mientras se iba desapareciendo la imagen frente a mí, pero cuando creí que se había ido, regresé la mirada al frente del vehículo y observé claramente al niño caminando por un costado la ventanilla de mi carro.

Solo dijo GRACIAS, INTERVENISTE PARA PEDIR POR MI DESCANSO y desapareció sin dejar ningún rastro. A los pocos días cambié de vehículo y fue así que deje atrás aquel terrorífico episodio del niño, mi NIÑO DEL DESPACHO.

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