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El niño del despacho (parte 1 de 2). Por Larry Zavala

NIÑO DEL TAMBOR

El presente texto fue publicado originalmente en la edición 24 de La Orquesta Semanario.

Llegó el momento de que la gente que disfruta de las historias de su servidor a través de “La Orquesta.MX y su Órgano del Terror” conozcan la historia con la que comenzó esta locura de escribir sobre fantásticos y tenebrosos seres. Llegó el momento de que conozcan la primer historia que escribí derivada de una experiencia personal. Espero que sea de su agrado y lo quieran tanto como yo a mi “NIÑO DEL DESPACHO”.

Transcurría el año 2004, cerca del mes de septiembre, cuando me encontraba en mi oficina que en aquellos años se encontraba ubicada en el Eje Vial de la capital potosina y platicando con la señorita que tenía a bien prestarnos los servicios de secretaria, me comentó que ella escuchaba unos ruidos raros de cosas que se movían o como de pasos. Cabe hacer un poco la narración de cómo era aquel peculiar lugar: tenía un pasillo de madera que conectaba entre sí las tres oficinas que aquel piso albergaba.

Era un lugar de difícil acceso a la iluminación natural, por lo que por la tarde era imprescindible la luz artificial, dando una apariencia hasta cierto punto triste. En ese pasillo en el que se conectaban las oficinas es donde mi entonces secretaria me refería oir los pasos y sonidos como de unas risas, comentarios a los que no hice mucho caso porque creí que solo eran figuraciones de la secretaria que en las noches se quedaba sola. Además no tenía en ese instante ninguna intención de jugar al investigador de lo paranormal.

Pasaron casi quince días y por cuestiones de cúmulo de trabajo, los licenciados que ahí trabajábamos decidimos repartir los días de la semana para que a cada uno le correspondiera ir dos días en la tarde en una especie de guardia. A mí me tocaba ir los martes y los miércoles para quedarme hasta las 8 de la noche que era la hora de cerrar y de que la secretaria se fuera. Uno de esos días de mi guardia, la secretaría me dijo que ya se iba, que era su hora de salida y me quedé a esperar a una persona que me dijo que llegaría cerca de las 8:30 de la noche, hora en la que ya no había nadie ajeno a esa oficina. Nunca imaginé que el que realmente era ajeno a aquel lugar… era yo.

Enseguida de que mi secretaría abandonó la oficina comenzó a sentirse el ambiente pesado, como cuando presientes que algo malo va a pasar, por lo que decidí poner a un volumen más alto la música y jugar en la computadora para no sugestionarme por el entorno ni por las palabras que la muchacha me había dicho en días anteriores. Fue en ese momento cuando de pronto se escuchó claramente que una persona brincaba en la oficina que la secretaría usaba.

Extrañado, me salí de mi oficina y fui a la parte donde se ubicaba la secretaria y en el momento en el que tomé la perilla para abrir la puerta de aquella oficina sentí un escalofrío que me recorrió desde la espalda hasta la punta de los pies y erizó mis sentidos al darme cuenta que al abrir esa puerta no había nadie tras de ella, que el ruido de los brincos se seguía escuchando a pesar de que yo estaba sin habla ,viendo que en realidad no había nadie en ese sitio, intente hacer una oración, pero el miedo me había invadido y no podía concretar mis ideas.

El sonido se fue disipando. Cuando creí que el ruido terminaba, solo se escuchó una tétrica risa. No es sencillo describir el miedo que me causó ese instante y más aún el miedo de descubrir que nada físico provocaba los ruidos ni la risa que claramente había escuchado. Con la pizca de valor que me quedaba, regresé a mi oficina, me senté y traté de explicar el ruido para ya no sentir aquel miedo, el ambiente se volvió más pesado y más tenso mientras un dolor de cabeza me empezó sin aviso.

No pasaron ni dos minutos cuando por el pasillo de madera se escucharon claramente unos pasos y acompañados de estos se oyó claramente que algo o alguien corría sobre el pasillo. Por miedo no levante la mirada, por lo que no puedo decir que vi algo, pues mentiría. Solo escuché y después de sentir correr al NIÑO, porque esa era la presencia que se sentía… como de un niño.

No era nada ameno el sentir un hueco en el estómago por el bajón de adrenalina que acababa de pasar,  era una sensación de algo que daba miedo… terror en realidad. Para entonces todavía faltaban casi 15 minutos para que llegara la persona a la que estaba esperando y que se mi hicieron eternos entre supuestos y preguntas sobre la razón por la que había tenido esa experiencia: ¿Sería algo malo? ¿Por qué estaba en ese lugar y  por qué no podía descansar?

A cada pregunta mi miedo era más notable, al grado que cuando la persona esperada llegó me dijo: -¿Qué tienes?, ¿qué te pasó?, se siente feo el ambiente como raro, como que aquí espantan-. Se río y me dijo -es increíble ver la cara que tienes de miedo, quisiera que te vieras al espejo.

Yo decidí entrar al baño de aquel lugar a ver mi expresión, y al tomar el apagador de la luz sentí la compañía de una respiración. Me aterroricé y ni siquiera me quedó el valor de mirarme al espejo.

Salí de ahí  y le dije a la persona –vámonos, solo estaba esperando que llegaras-. Ya estando fuera le conté lo que me había pasado y me dijo: -fíjate que yo no creo mucho en esas cosas, pero ahorita que llegué sí sentí feo, como mala vibra. ¿Qué te parece sí el día de mañana a la hora que llegue, te traigo un poco de agua bendita, rezamos y con eso tú te darás cuenta si dejas de sentir esa mala vibra y lo pesado del ambiente?.

Se terminó la jornada laboral del siguiente día sin ninguna anomalía, pero antes de irse la secretaria, me dijo: NO SE VAYA MUY TARDE PORQUE SE LE VA A APARECER EL NIÑO… Fue ella la primera que me mencionó que se trataba de un niño, pues yo no había comentado nada con ninguno de los miembros de mi trabajo respecto a lo que me había ocurrido y había sentido.

Le respondí ya con el miedo a flor de piel, porque soy una persona que teme a lo sobrenatural, que no se apurara que todo estaba bien. Despidiéndose y abandonando el despacho, el tiempo transcurrió sin sucesos.  Llegó la persona que un día antes me había prometido el agua bendita, comenzamos a rezar y a rociar el agua por las oficinas del despacho, mientras sentíamos cómo gracias a esto el ambiente dejaba de ser pesado.

Casi a la semana de que esto sucedió, mi compañero compadre y amigo Darío, persona con la que trabajaba, estando reunidos con su esposa Celia en la oficina, empezó a contar que él uno de los días que había estado solo en la tarde había oído claramente que corrían sobre el piso del pasillo y que después de esto había escuchado un fuerte golpe en la puerta de otra de las oficinas, que él había sentido la presencia de un NIÑO y que incluso uno de los días que él se había quedado había escuchado como botaba una pelota… (Continuará)

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