#4 TiemposCalifornia: Crónicas de animales salvajes

El mexicano que cruzó ilegalmente a Estados Unidos desde Canadá en bicicleta | Columna de Edén Ulises Martínez

Crónicas de Animales Salvajes

 

Una rueda en Douglas y otra en Blaine: El mexicano que cruzó ilegalmente a Estados Unidos desde Canadá en bicicleta

 

En la ciudad californiana de Oxnard, erigida gracias a la industria del azúcar de betabel y la cual se mantiene por la producción agrícola, empacadoras de alimento y manufactureras industriales de herramientas, no existen datos que nos ayuden a estimar la cantidad aproximada de inmigrantes ilegales que la habitan. Pero ni siquiera es necesario caminar por el downtown viejo o darse una vuelta por el oriente de la ciudad para imaginar que son bastantes, y que, como en todo Estados Unidos, la mayoría son mexicanos o centroamericanos.

Según la cámara de comercio de Oxnard, el 73.5 por ciento de la población es de origen latino —o el eufemismo que les gusta escribir en las solicitudes de empleo: hispanic—, y cuando te das una vuelta por los centros comerciales queda muy claro que los blancos compran y los “latinos” —otro eufemismo reduccionista— trabajan. Eso si no queremos ensuciarnos los zapatos de piel hurgando en la realidad de las empacadoras, las cocinas de los restaurantes o los campos de fresa.

Una ciudad así tiene incontables historias de frontera, de traslado, y uno imaginaría que todas pasan por el Río Bravo o por el desierto. Historias de polleros, de trenes, de largas caminatas bajo el sol evitando a la migra, a los narcotraficantes y a los simples asaltantes. Es por esa idea tan arraigada que tengo de la migración, que me encuentro tan impresionado, con la boca abierta, al escuchar la manera en que José Aranda entró a los Estados Unidos ilegalmente y por segunda vez: desde Canadá y en bicicleta.

El primer éxodo

Cómodamente replegado en su silla bebiendo café, José comienza a hablar. Hijo de una ama de casa que se dedicaba a engordar cerdos y de un campesino que además de limpiar campos de piña también traficaba con armas largas, su historia comienza en 1988, en un pequeño poblado de Oaxaca llamado Loma Bonita. José tenía trece años, era el menor de nueve hermanos y estaba tan preocupado por la supervivencia económica de su familia que decidió migrar a Ciudad Nezahualcóyotl, en el Estado de México, para poder salir adelante.

Ahí trabajó como albañil, taquero y vendedor de productos de carpintería, pero sus oportunidades se le seguían haciendo reducidas. Decidió entonces moverse al Distrito Federal, en donde fue guardaespaldas —para un comerciante de Tepito—, vendedor de pantalones “Levis” y técnico en reparación de bicicletas.

Este último trabajo marcó su vida, porque fue donde conoció a don Artemio Vázquez, que le enseñó a reparar cualquier bicicleta, por más complicado que fuera: “El señor era el dueño del tallercito en donde trabajé, por allá en los años noventa. Era un hombre sabio, ‘sabía cosas de la vida’, me enseñó que el conocimiento también es una herramienta y, claro, el amor por las bicicletas”. José no tenía idea de que lo que aprendió con don Artemio lo llevaría a tener el trabajo que más le ha gustado en su vida, y tampoco sospechaba lo que su afición y conocimiento técnico por el ciclismo le ayudarían a conseguir.

Pasó el tiempo y las posibilidades que le ofrecía el Distrito Federal tampoco fueron suficientes: después del taller de bicicletas y otros trabajos más, terminó siendo encargado de seis negocios de ropa “americana”. Ganaba bastante bien, incluso estuvo a punto de sentar cabeza con una muchacha de su edad, pero la vida seguía sin ser lo que él esperaba: “Llegó un momento en que ya estaba harto, y pensé ‘o me meto al ejército o me voy a Estados Unidos’. Lo bueno fue que mi tío, Pedro Sarmientos, se puso muy firme y me dijo que no, que no me metiera al ejército, él había sido coronel y me contó que era un mundo muy feo, muy duro. Fue entonces cuando decidí venirme para acá.”

Era 1998, Zinedine Zidane estaba por darle la Copa del Mundo a Francia, “Titanic” llegaba a las carteleras, y José Aranda pisaba los Estados Unidos por primera vez. En esta ocasión lograba hacerlo con una visa de turista, que consiguió comprobando sus ingresos como comerciante en el Distrito Federal. Su intención era trabajar en Chicago, Illinois, en donde tenía familiares y amigos, pero nunca llegó hasta allá. Decidió no transbordar y quedarse en California al llegar al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. La ciudad no lo sorprendió mucho —“Después de ver el área metropolitana del D.F, Los Ángeles no se me hizo mucha cosa”—, así que de ahí se fue a Pasadena, donde vivió algún tiempo.

José dormía en un cuarto en Pasadena, pero no trabajó ahí.  Su primera oportunidad laboral la consiguió en Glendora, una ciudad vecina, construyendo paredes de concreto: “Siempre he tenido mucha suerte. Incluso ahí (Pasadena y Glendora), en donde llegué a buscar trabajo en las esquinas, terminé encontrando un buen empleo que me pagaba más del mínimo, que en ese entonces era de 4.75 dólares más o menos”.

En la construcción su sueldo era relativamente bueno, le pagaban 6.50 la hora, a pesar de que no tenía papeles y de que no hablaba inglés. “Muchos mexicanos se habrían aferrado a eso por el máximo tiempo posible, pero yo quería moverme porque me fastidiaba mucho trasladarme de Pasadena a Glendora todos los días, así que comencé a buscar otro trabajo en otras ciudades cercanas donde pudiera vivir y trabajar. Y pensaba ‘Entre más lugares (de trabajo) visito, entre más solicitudes mando, más tengo chance de encontrar uno que me guste.”

Así estuvo algunos meses hasta que lo llamaron de The Bicycle Clinic, un taller y tienda de bicicletas en Oxnard, donde le hicieron dos pruebas que superó fácilmente: alineó un rin y ajustó un freno, nada comparado con lo que tenía que hacer con don Artemio en el D.F. “En cuanto llegué supe que ese era mi lugar, y que las bicicletas eran sangre de mi sangre”.

The Bicycle Clinic le brindó a José la estabilidad que necesitaba, y en Oxnard comenzó a desarrollar lo más cercano al sentimiento de arraigo que podría ofrecerle este país frío y culturalmente lejano. Aunque todavía había un problema: reparando bicicletas se sentía en su hábitat natural, pero lo incomodaba no poder comunicarse plenamente. “Cada que llegaba algún cliente preguntando cuál sería la bici que más le convenía, o buscando soluciones técnicas, yo sabía exactamente qué contestar, sabía las ventajas y desventajas de las diferentes marcas y entre los accesorios, pero no podía expresárselos bien y eso me causaba mucha desesperación… (pero) la señal definitiva de que tenía que mejorar mi inglés fue que comencé a arreglar bicicletas para el Departamento de Policía de Oxnard, el jefe era latino y le sugirió a Clark, el dueño del lugar, que me enviara a tomar clases para poder atenderlos mejor”.

Un mexicano en Japón

Si uno no tiene mucho dinero y busca una opción razonable para recibir educación básica y laboral en la zona de la costa, la mejor elección es la Oxnard Adult School. Ahí, frente a la Second Street y a una cuadra de la H, José iba a tomar clases de inglés. La mitad del grupo eran latinos, y la otra una mezcla internacional en la que predominaban vietnamitas, chinos y japoneses. Las clases eran nocturnas, y como es de esperarse José acudía a ellas en su bicicleta. Fue una noche recogiendo su GT del rack cuando conoció a Maho, una japonesa recién llegada a la ciudad. “La vi cuando estaba desamarrando mi bici, porque ella estaba haciendo lo mismo, entonces me di cuenta de que no traía luces ni llevaba casco y la regañé. Le dije, ya en inglés, ‘tienes que tener precaución, si no tienes casco ni luces te puede ocurrir un accidente, por la calle H los conductores van muy rápido”.

Maho y José convivieron por un largo rato en el curso de inglés. Salieron primero con sus amigos en común, que generalmente eran sus mismos compañeros de la escuela, y después comenzaron a salir los dos solos. Primero fueron amigos, y luego novios. “Nos veíamos tanto y hacíamos tantas cosas juntos que un día me di cuenta de que ya éramos pareja, ‘creo que ya es mi novia, sí, creo que ya somos novios’, pensé.”

Dos años después su relación con Maho lo llevaría, luego de pensarlo muchísimo, a cruzar el Pacífico e irse a vivir a la provincia de Fukuoka, en Japón, en donde consiguió la beca cultural Aikido para estudiar japonés, gracias a la gestión de la familia de Maho.

“Salimos de Los Ángeles a Taipéi, de Taipéi tomamos otro vuelo al Aeropuerto Internacional de Narita, y de allí a Fukuoka, eso fue en el 2003. Japón era un lugar completamente nuevo para mí, no tenía nada qué ver con México ni con Estados Unidos, fue como si de repente abriera los ojos al futuro. ¿Sabías que ahí ya tenían smartphones desde principios del dos mil? Estaba fascinado, yo veía a todos utilizando los dedos en esas pantallas brillantes, y me costaba mucho pensar que fueran celulares”.

Como sucedió en California, José no tardó mucho tiempo en adaptarse. Vivía con Maho en la parte de arriba de un pequeño departamento con piso de tatami, los sábados y domingos tomaba clases de japonés y entre semana limpiaba coches para una compañía de vehículos, ya que la visa cultural le permitía trabajar algunas horas. En su tiempo libre practicaba taichí y salía a dar paseos en su GT roja que se había llevado desde California. Aunque había dejado The Bicycle Clinic, su pasión por el ciclismo lo había seguido, y había atravesado el mar con él.

Comienza a bajar la temperatura, está anocheciendo en Oxnard y José todavía no se termina su taza de café. Entre sorbos pequeños me relata que una vez, radicando en Japón, visitó Tailandia y Corea, y que la cultura japonesa lo dejó fascinado. “Una de las cosas que siempre me voy a quedar de Japón, es el modo de pensar de los japoneses, su “filosofía”. Son hombres de palabra, lo que dicen lo cumplen, o por lo menos esa es la impresión que me dieron. También me gustó su arquitectura, la manera en que utilizan el espacio y su forma de mostrar respeto.”

Pero no todo fue miel sobre hojuelas en el país nipón, su relación con Maho se estaba desgastando y comenzó a tener problemas para enviarle dinero a sus papás. En ese entonces no había muchas facilidades para transferir yenes a México, y en determinado caso su familia no podría cambiarlos en Loma Bonita. Para solucionar esto José compraba dólares, y después introducía los fajos de billetes dentro de empaques abiertos de galletas crackers. Así, disfrazados de comida, esos dólares llegaban hasta Oaxaca. El problema fue que desarrolló una rutina, y terminó llamando la atención de la aduana. “De repente me percaté de que mis paquetes no salían del D.F, así sucedió tres veces consecutivas, pero no me reportaban. Era obvio que alguien había descubierto mi secreto y se estaba quedando con mi dinero. Esta fue una de las razones por las que decidí irme, además de que mi visa estaba por vencerse y yo ya no quería seguir viviendo con Maho. Me encantaba Japón, pero en un momento me dije a mí mismo que no quería sentirme extraño y ajeno toda mi vida. Por más que aprendiera a hablar su lengua y a seguir sus costumbres, yo nunca me sentiría en casa, era un lugar demasiado diferente, incluso para mí”.

En ese momento fue cuando José se planteó regresar a los Estados Unidos. Pero había un problema, su visa de turista había vencido desde finales de 1998 y estando ahí trabajó utilizando un seguro social falso: volver por la vía legal a Estados Unidos sería imposible. “En esa situación incluso hubo un momento en el que me planteé la idea de regresar a México, no sería tan malo, pero seguía siendo mejor irme a Estados Unidos. Comencé a pensar y a pensar, hasta que se me ocurrió una idea.”

Esa idea José la había pensado por primera vez la única ocasión que visitó México viviendo en Japón. Su vuelo, salido de Fukuoka, hizo primero una escala en Vancouver, Canadá. Al llegar al aeropuerto, y una vez solventadas las preguntas de migración, que fueron relativamente laxas —por su procedencia de Japón y su boleto de destino—, José logró incluso salir del recinto y pisar suelo canadiense por un rato. “Ahí fue cuando lo supe, cruzaría a los Estados Unidos sin necesidad de hacer nada malo ni de pagarle a nadie. Cruzaría en bicicleta y desde Canadá”.

Una odisea en dos ruedas

La frontera norte de los Estados Unidos es, por su longitud de 8 891 kilómetros, el límite territorial más largo del mundo compartido entre dos países. La extensión de esa línea imaginaria hace imposible concebir la idea de que un muro funcione, y en los pueblos y ciudades de la frontera hay casas y edificios públicos que quedan literalmente partidos en dos, como la biblioteca Haskell, con una mitad en Quebec y otra en Vermont. Esto es lo que sucede con Douglas, pequeña localidad de la Columbia Británica, que comparte el Peace Arch con la ciudad de Blaine, Estados Unidos. Este arco de la paz es un monumento construido en 1921 y conmemora el Tratado de Ghent, que finalizó oficialmente la guerra entre los Estados Unidos y el Reino Unido y el cual fue firmado en 1814.

Ahí, precisamente entre Blaine y Douglas, fue por donde José cruzaría a los Estados Unidos montado en su bicicleta GT roja.

Semanas antes de eso, en sus últimos días en Fukuoka, José había utilizado una computadora de la empresa de coches donde trabajaba para checar el mapa satelital de la frontera cercana al Peace Arch. Mientras me cuenta los detalles puedo darme cuenta de que nunca le pasó por la cabeza fracasar, de que ni siquiera concibió la posibilidad de no conseguir su objetivo y ser atrapado. Planeó todo con detalle: se aprendió de memoria las preguntas más comunes de los agentes de migración, averiguó el costo de estancia en hoteles de Canadá, utilizó el teléfono de la familia de su único amigo canadiense como referencia y compró un boleto de ida y vuelta. Funcionó, y ahora estaba ahí, afuera del Aeropuerto Internacional de Vancouver, legalmente y sin despertar ninguna sospecha. Su plan era tan inverosímil que no podía salir mal.

De Vancouver se fue en taxi a Richmond, donde esperó una noche. La mañana siguiente tomó un autobús hasta White Rock, al sudeste de la bahía y a 6 kilómetros del puesto fronterizo, y rentó ahí una habitación barata del Getaway Town Motel, cerca de la carretera 99. Sería desde White Rock donde daría el siguiente paso, “ahora lo emocionante viene, ahora tenía que ver cómo cruzaría”, me dice José con voz pausada.

El viaje de prueba lo realizó el lunes 28 de Julio. “Recuerdo que me levanté como a las ocho, pero en lo que me tardé vistiéndome y tomando mi café seguro que dieron las nueve. Entonces me puse mi casco, monté mi bicicleta de pista y me dirigí hacía el sur. Traté primero de no tomar vías primarias, así que la mayor parte antes de llegar a Douglas me fui por Beach Road, un camino justo a lado de la playa, hasta que crucé la 99, frente a unos campos de golf. Seguí junto a los campos hasta que terminaban, en una zona habitacional. Estuve pedaleando bastante tiempo dirección sur hasta que vi una gasolinera y una liquor store. Averigüé que ya estaba en Blaine cuando me cobraron mi Cherry Dr. Pepper en dólares estadounidenses.”

Pero ese solo era el viaje de reconocimiento. Horas después, en el Getaway Town Motel, José dejaría todo listo para cruzar de manera definitiva al día siguiente. Si lograba cruzar otra vez, el verdadero reto sería recorrer 37 kilómetros en bicicleta hasta Bellingham, en el estado de Washington, la ciudad más grande de la zona, en donde descansaría una noche. José preparó su mochila y su bicicleta, que sería lo único que llevaría, y se fue a dormir.

Aproximadamente a las 9 a.m. del martes 29 de Julio del 2005, José Aranda cruzó la frontera entre Estados Unidos y Canadá atravesando el Peace Park, y topándose cara a cara con una patrulla migratoria. José me cuenta que al ver a los dos guardias en la patrulla, decidió pasar frente a ellos para saludarlos con un enérgico Good mornig! La confianza dentro de la boca del lobo fue efectiva y lo único que hicieron los oficiales fue regresarle el saludo. Después vendría el pedaleo, pedalear y pedalear, tomar agua y seguir pedaleando. “Mi mente seguía concentrada, y aunque quería gritar de emoción que lo había logrado, sabía que todavía no podía confiarme, así que traté de pensar solamente en mi cuerpo y en la bicicleta, como si fueran uno mismo. El viento frío tampoco fue un impedimento para mí, estaba acostumbrado a los inviernos de Japón y aquí era verano. Como puedes ver todo se reducía a concentrarme en el pedaleo, si me ponía a pensar en la distancia a Bellingham solo iba a frustrarme.”

La odisea duró tres horas, a las 12:15. p.m. José estaba entrando a la ciudad, entre los coches y los edificios de tonalidades opacas. Él dice que todo su cuerpo se sentía muy vivo, y que exceptuando las molestias causadas por el asiento de la bicicleta, no padecía ningún dolor o fatiga. Ahora sí, en otro hotel de Bellingham que rentó solo para dormir un rato, ya podía sentirse un poco más tranquilo. “Ese día, tumbado en la cama del hotel, por fin pude sentir que lo había logrado, me dije ‘todo valió la pena’. En la noche José tomó un camión a Pittsburg y de ahí un tren Amtrak hasta Santa Barbara. El tren se retrasó, pero a las 4 de la mañana ya estaba en la ciudad costera de California. “Durante el trayecto del Amtrak hice varias llamadas desde el teléfono internacional que me habían dado en mi trabajo en Fukuoka. Llamé a Japón, a México y a un amigo de Oxnard, para que me recogiera, pero nunca le conté a nadie todo esto. Es más, nunca había contado la historia completa hasta ahora que te la cuento a ti, aunque es un hecho del que me siento muy orgulloso”.

Ha oscurecido por completo y José se ha terminado su taza de café. Ahora vive en una zona departamental cerca de la calle H, junto a su esposa M, que también es mexicana, y sus dos hijos. Dice que no se arrepiente de nada, y que está feliz de que todo lo que hizo lo haya llevado hasta donde está ahora. A veces extraña Japón, pero añade que solo volvería de vacaciones, si es que logra solucionar su situación migratoria. The Bicycle Clinic cerró porque Clark, el dueño, falleció dentro de la tienda: le dio un paro cardiaco mientras arreglaba una bicicleta y sus hijos decidieron no continuar el negocio. Y allá, lejos, en Loma Bonita, Oaxaca, sobreviven los hermanos y la madre de José, a la que todavía manda dinero. Nunca ha podido removerse la nostalgia, pero ahora habla con ellos por videollamada en los celulares que les ha enviado, y según me dice, eso ayuda un poco.

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