Contrapunto

El derecho social a ser informados (con veracidad). Columna de León García Lam

Ley-de-transparenciaContrapunto

En días pasados La Orquesta informó que la falta de recursos financieros afecta la calificación de la CEGAIP (pasó a ser otra vez el número 31) y en voz de su titular, la Lic. Yolanda Camacho, se nos dice, que nos “demos de santos”, pues esta situación podría haber sido peor. Quisiera aprovechar los focos rojos de esta calificación para comentar sobre un aspecto pernicioso que contamina el ambiente de la información pública y que casi nunca se toma en cuenta: el verdadero impacto de las políticas públicas.

Mire usted, yo estoy acostumbrado a andar de aquí para allá, en los ranchitos y comunidades del Estado. A la entrada de cada rancho uno se encuentra con esa manifestación que llaman en el argot político “cacarear el huevo” y que consiste en poner anuncios que informan cuánto se ha invertido, qué se va a lograr, a cuánta población se va a beneficiar y por supuesto, el sello de la entidad benefactora. No hay rancho que no esté saturado de esos carteles. Los funcionarios piensan que si “no se cacarea el huevo”, no habrá resultados electorales desarrollo social.

Pero prácticamente yo no conozco un proyecto que realmente funcione o haya funcionado. Se invierten millones y millones de pesos en proyectos que dan trabajo temporal, proyectos productivos, inversión de infraestructura, talleres de capacitación y miles de cosas más en materia de todas las responsabilidades del Estado, pero casi ni uno que haya servido para algo positivo realmente. Al poco tiempo de la millonaria inversión, uno se da cuenta que los verdaderos beneficiarios son las empresas constructoras (de la infraestructura), las consultoras, los funcionarios que se levantaron el cuello (o hicieron negocio en lo oscurito), los publicistas y todos los proveedores que llevaron a cabo y cobraron el proyecto. De los actores sociales y de los beneficios concretos: casi ninguno.

Luego viene el tiempo del informe. Los mandamases del Gobierno mandan pedir información de resultados a todas secretarías y demás dependencias. Los titulares a su vez les piden a sus colaboradores que resuman, etiqueten y llenen los informes, con cifras y cifras de lo que llaman “sus resultados”. Estos datos “duros” es decir, cifras objetivas, inamovibles e impactantes, son la crėme de la crėme, de una administración responsable de la rendición de cuentas. Ahí, en la Secretaría Técnica van sumando los resultados, unos más falsos que otros, como gotas de una nube que nunca lloverá.

El resultado es un informe portentoso que hasta parece verdad. Ahí se nos dice con absoluta puntualidad cuánto dinero se invirtió y cuántas personas se beneficiaron de tan eficaz administración. Por supuesto nunca se van a expresar frases como estas: “invertimos 10 millones en un invernadero que nunca podrá tener agua”, “colocamos los focos más caros de la historia”, “la inversión millonaria de las estufas ecológicas finalmente sirvió para algo: descubrimos que son magníficas alacenas”, etc.

Entre lo que se informa, lo que ocurre y la percepción de los beneficiarios puede haber una gran distancia. Esta distancia, como el Chorrito, se incrementa y se disminuye conforme la temperatura política. Los hechos no significan lo mismo cuando se come una barbacoa en campaña, en la fiesta de inauguración de una escuela, que cuando se tiene que sufrir de por vida la mala calidad de una obra pública.

Es decir, una cosa es llenar el informe de datos, y otra muy diferente que esos datos sean cercanos a la realidad y que los ciudadanos estemos conformes con los “resultados que nos dan”.

¿Será tiempo de proponer nuevas formas de manejar la información pública y los resultados gubernamentales? Yo estoy convencido que sí.

 

Nota Anterior

Mudanza. Colaboración especial de Liz Mireles

Siguiente Nota

La Orquesta, pentacampeón de periodismo; Desierto, comunícate con RH

No Comment

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *