#4 TiemposDesde mi clóset

El cuerpo heterosexualizado | Columna de Paúl Ibarra

Desde mi clóset

 

Por antonomasia, las personas son significadas como cuerpos sexuados como potenciales reproductores. La asignación de un cuerpo sexuado permite a la sociedad otorgarle a cada persona una tarea interespecie: el de la reproducción. Si Darwin refirió la preservación de la especie como una función fundamental, solo quienes tienen el potencial reproductivo son funcionales para la humanidad. Este primer elemento de exclusión ha invisibilizado por siglos a aquellos productos humanos con ambigüedades en las funciones biológicas que permiten la producción de células sexuales. Por tanto, aquellos cuerpos sin capacidad reproductiva son relegados a un plano inferior, incluso hasta convertirse en los omegas de la especie.

Visto como un producto de la historia colectiva (Mora, 2008), el cuerpo sexuado proporciona una carga simbólica potente a la anatomía sexual. Una niña sabe que es mujer cuando se da cuenta que no tiene pene. Cuestiona a su madre y padre sobre las razones por las que su primo tiene “algo colgando entre las piernas”, se sabe niña en tanto es distinto su cuerpo al del primo. Lo mismo sucede de manera inversa, la diferencia es que el falo, dentro de la cultura androcéntrica, provee al macho humano de un escalafón de superioridad.

La heterosexualidad como régimen, emplea las diferencias biológicas para legitimar los procesos de dominación dentro de la especie. El cuerpo es heterosexualizado en la medida que este se lee como una estructura viviente con capacidad de preservarse a sí mismo, en cumplimiento tácito del mandamiento edénico originario. Sexuar un cuerpo implica el reconocimiento de la fertilidad del mismo. Un cuerpo fértil, es abundante en la producción de significados que le identifiquen como parte de uno u otro extremo del binomio. Es por ello que las representaciones simbólicas actuales del macho y la hembra alfa de la especie humana son aquella que cumplen con los cánones masculinos y femeninos, respectivamente.

El cuerpo es fecundo en tanto heterosexual, es decir, esté constituido por elementos paralelos dentro del sistema sexo/género. La identidad sexual está conformada por cuatro categorías, sexo de asignación, identidad de género, rol social de sexo y orientación sexual, que, al conjugarse, proveen a cada persona de sentido dentro de un determinado momento histórico. Al respecto, Wittig señala que “la categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual que impone a las mujeres la obligación absoluta de reproducir «la especie», es decir, reproducir la sociedad heterosexual” (Wittig, 1992, pág. 26). La reproducción obligatoria de la especie, según argumenta la filósofa francesa, “es el sistema de explotación sobre el que se funda económicamente la heterosexualidad” (Wittig, 1992, pág. 26). Así pues, al ser el sexo una categoría asignada de manera externa, permite a la clase dominante mantener el control de los cuerpos humanos a través de mecanismos coordinados entre los sistemas económico, político, social, cultural y científico.

Una vez reconocida la diferencia sexual como el elemento que hace posible la reproducción de la especie, y con el afán de consolidar corporalidades subordinadas, resultó fundamental la construcción de una categoría análoga, que proporcionara certidumbre a la relación de poder. Como se ha mencionado antes, en la vida terrestre lo natural es la diversidad. Si bien existen prácticas recurrentes de sumisión corporal entre machos y hembras de distintas especies, lo cierto es que hay una variedad de comportamientos que impiden establecer un parámetro adecuado para asegurar que la dominación del macho es preponderante en el planeta (Mech, 1999). Es por ello, que el género, como categoría análoga al sexo, es un elemento constitutivo de las relaciones humanas que tienen base en la diferencia sexual (Mora, 2008). Se piensa que el sexo es una categoría que atiende a lo biológico, mientras que el género es una construcción social, lo que además de ser una trampa vil, es una falacia, ya que, el sexo también es una construcción social. Como categoría totalitaria, el sexo controla aquello que produce la psique humana (Wittig, 1992), construye un cuerpo basado en las normas impuestas y produce mecanismos de control/sanción.

paulcollazo@gmail.com

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