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El cuento de los bolillos, los moños y un asalto | Por Jorge Saldaña

Por Jorge Saldaña

 

Ocurrió en una tarde como para suéter ligero. De esas románticas y típicas de la capital potosina. En el interior de alguna panadería La Superior, en una charola de metal, varios panes conversaban. La política y la seguridad eran el tema.

A las conchas les dio flojera, como siempre el asunto. Si con Gallardo había o no seguridad les era indiferente. Si Nava prometía, en aquel entones en campaña, que acabaría con el problema les parecía intrascendente. Ellas, las conchas, estaban en paz, no se metían ni a favor ni en contra, a gusto como se la pasan en la vida y con ningún otro problema que resolver más allá que el ser de chocolate o vainilla. Estaban muy conchas, pero hasta eso atentas.

Los de la polémica eran los moños, esos panes pequeños y elegantes que nada más se distribuyen en los mejores puntos de las mejores zonas de la ciudad. Finos y a veces hasta hojaldres (con h) señalaban sin pudor que la situación de la inseguridad era insostenible, y que cualquier día, si no hacían algo por “romper el silencio”, tarde o temprano serían víctimas de la delincuencia.

“Imagínate ser robado por alguien. Terminar en la boca de un ladrón. Nosotros tan finos y tan buenos panes. No es justo para Pepe Lalo nuestro dueño”.

“Tranquilos”—interrumpió muy caliente uno de los bolillos (caliente porque acababa de salir del horno).

“Ya van a empezar los bolillos que, ya se sabe, son siempre gallardistas”—agregó una gordita de nata… de crema y nata.

“Tan populares y siempre en bola… hasta se les ve lo amarillo”.

“Pss porque nos sobran huevos”— interrumpió otro bolillo.

“No se claaaaven… agarren la ondaaaa”—comentó el churro.

En eso interrumpió el cocol. Un pan de gran tradición, respetado por su experiencia y duración en el mercado. El sabio pan de trigo amasado con miel como pudo se levantó de la charola y dijo:

—Miren, podrán diferir en sus opiniones. Todas son respetables. En temas de seguridad, durante la administración de Gallardo nunca nos han robado ni un bolillo.

—Ora, ora, sin agraviar, abuelito —volvió a la carga uno de los birotes.

—Está bien, déjame terminar.

—Pero no se tarde, dijo traviesa una chilindrina.

—Les decía —continuó el cocol— que con los Gallardo jamás nos han robado a nosotros los de La Superior, pero a como están las cosas nadie está exento. Ese tal Xavier parece, al menos ahorita en campaña, que tiene buenas intenciones pero…

—Sííí, que viva Nava— dijeron al unísono otras gorditas de nata secundadas por unas garibaldi que estaban muy elegantes llenas de grajeas.

—Úquela… ¡ya dejen hablar doñas!!! (otra vez los bolillos)

—Decía que las buenas intenciones no son todo y que la seguridad de nosotros los panes no es una cuestión meramente de ganas ni de gustos. Vamos, ni siquiera es un asunto meramente municipal o metropolitano. Es un tema que involucra a toda la ciudad a la que nos distribuyen, tema de las mesas en las que estamos y preocupación de cada hombre, mujer y niño que nos consume. Piénsenlo.

El debate, como todos los buenos debates, no terminó ese día ni al día siguiente.

Charolas fueron y vinieron. Bolillos calientes y fríos. Cuernitos discutiendo con las donas y las hojaldras con las grajeas.

Al final, se supo que una mañana tras beber un buen café con un moño (se desconoce si en la camisa o en el plato) don Pepe Lalo se decidió por apoyar a la campaña navista pensando en la seguridad de su pan y de sus panistas.

Puso don Pepe Lalo todos los huevos en la misma canasta (en la misma que usa para recibir los blanquillos que le surten a sus panaderos) y siguió su mañana tan campante igual que los entonces candidatos en campaña.

La jiribilla entre los moños y los bolillos no se hizo esperar y se insultaban con todo en las redes (en las que usan los panaderos en la cabeza, claro está, pues hasta allá brincaba el azúcar y el royal).

Incómodas semanas entre las charolas fueron aquellas y mucho más incómodas las que siguieron al triunfo navista del primer domingo de julio.

—Les ganamos a los populares— se jactaban los moños, que para ese entonces ya habían hecho alianza tanto con las grajeas como con los garibaldi de abolengo y las gorditas de nata… de crema y nata.

Las conchas como si nada y las orejas nada más atentas a las redes.

Nada cambió demasiado afuera de los cristales de la panadería, y mucho menos cambió la dinámica en su interior. Afuera la tarde fría, adentro la discusión candente.

Un día, no hace mucho, y ya con Nava en el gobierno, un ladrón entró a una de las sucursales de la Superior.

Se llevó dinero (se dice que para comprar churros) pero también robó la tranquilidad, lo mismo a los cocoles que a las conchas, los moños, las grajeas, las trenzas y los bolillos.

Ojos de buey no había ese día, excepto por los pares en el rostro de los asustados testigos.

Lo que son los rehiletes del tiempo. A veces sopla el viento a favor y a veces en contra.

—Ya les decía yo— un día dijo el muy tradicional cocol.

—Con Gallardo jamás asaltaron una Superior pero nos quejamos por querer algo superior con moño. Hoy con Nava, nos vinieron a robar y ni quien se apareciera para atrapar a los delincuentes con las manos en la masa. Nava le puso mucha harina, mucho royal… pero no levanta.

Al pan, pan… y al vino, vino.

—¿Qué significa eso, tú?— le preguntó un bolillo a otro.

—Que don Pepe Lalo está triste, que le apostó al caballo equivocado y que Nava con la inseguridad se hizo rosca

—Ah…

 

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