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El Chico Maravilla y su ignorante padre | Columna de Alma Barajas

Capitana 13

Era el orgullo de la familia, el chico perfecto con calificaciones perfectas, comportamiento intachable, humildad e inteligencia como pocos jóvenes en esos días se dejaban ver entre la sociedad.

Su familia de raíces arraigadas conservadores hasta la médula, mostraban orgullo ante las hazañas de su pequeño varón, el prodigio musical, el futuro cirujano amante de la literatura clásica y post modernista, según palabras de su madre al momento de presumirlo con sus amistades, aquellas mujeres que sobrevivían de chismes y platicas sobre sus esposos, sus hijos, las colecciones nuevas a punto de salir al mercado del consumidor compulsivo regido por el “qué dirán” y el “véanme lo tengo yo y tú no”.

El chico había crecido en ese ambiente, uno donde las apariencias eran lo más importante. Era el deportista del año, el tenis, el golf, el básquet ball, habían sido los deportes familiares desde 1946, cuando su bisabuelo llegó muy joven al país a buscar fortuna, y vaya que el hospital familiar ha crecido desde entonces, todo un visionario el bisabuelo que en paz descanse.

La vida entre el azul y el rosa, colores típicos en aquella sociedad clasista y estafadora de realidades estaban hartando a el chico modelo que cansado de hacer todo lo que su familia le imponía decidió quitarse las cadenas y no apostar por un futuro como cirujano, ni como músico, escritor o tenista, él estaba enfocado en otra cosa, el futbol.

Su padre, Fermín de apellido rimbombante cliché telenovelero una vez supo la noticia cayó enfermo, pues el fútbol era el deporte de los pobres, el de las masas, el de los carentes de cultura, digno de los piel morena nacidos para servir o delinquir. Impensable que su hijo practicara tal vergüenza deportiva, impensable al doble que su hijo viese tal acto como un futuro tangible qué presumir.

Era el fútbol el deporte más famoso, claro, pero no el más digno, ni el más limpio, mucho menos el más elegante. Ahora Fermín en cama culpando a su hijo espera una recuperación por parte de éste, acto que no surge, y contrariamente el chico maravilla escapa de su familia, se acepta libre y dejando atrás su apellido rimbombante, gana unos pesos a través de la música y la literatura, artes que al final siempre saben salvar, se esfuerza como nadie para conseguir un lugarcito en algo más que equipos amateur de futbol y sorpresivamente para muchos avanza hasta un nivel profesional inesperado.

Años después, cuando Fermín, dueño del hospital que más personas logró atender durante un trágico desastre natural del país, entendió que el color de piel, el tipo de pelota, el estilo de arte, y las apariencias no eran importantes a la hora de soñar, extrañó a su hijo como nunca, y mientras veía la televisión desde aquella cama de su propio hospital agradecía a la vida por darle la oportunidad de ver a su hijo nuevamente, aunque fuese solo a través de la pantalla, en aquel juego de ese país tan lejano, que bien se le veía el color rojo al chico maravilla, y que bien sabía jugar al fútbol.

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