#4 TiemposColumna de Jorge Ramírez Pardo

Efluvios fílmicos y pictóricos mexicanos | Columna Jorge Ramírez Pardo

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Entre 1960 y 1967 en CDMX, inicia una red de cineclubes que atiende vanguardias fílmicas europeas, Grupo Nuevo Cine realiza su teoría/práctica, de esa inspiración surgen la Filmoteca y la Escuela de cine de la UNAM, y dos concursos de cine experimental. Todas acciones con marcado tinte académico, llegaron cuando el cine mexicano perdía vertiginosamente su ascendente hispanoparlante.

Otras acciones por rescatar mercado y presencia, cuando se extinguió la denominada “época de oro” (1945 a 1960) fueron las Reseñas de cine en Acapulco. Evento con exhibiciones y extensiones de pasarela en la Ciudad de México. De involuntaria imagen de caricatura de ceremonia de entregas de Óscares con maquillaje del, entonces recién nacido, Festival de Cannes.

A partir de 1971, las Muestras Internacionales de cine, de contenidos consistentes (hoy no tanto) y genuina oportunidad de sacudir la sobrerepresentación de cine hollywoodense, ya entonces una epidemia hasta ahora sin retorno.

El cine mexicano de esa misma década, también se vistió de gala con la creación de la primera y espléndida Cineteca Nacional. Esa fiesta fue breve, porque, cinco años después, una mezcla de negligencia y corrupción la volvió fuego y cenizas. La actual ya está a la altura de la incinerada e interactúa con la Filmoteca de la UNAM. Hay también cinetecas respetables en Monterrey y Zacatecas. En San Luis Potosí, la denominada así cineteca, es una mala caricatura de lo que debiera ser.

Pasaron 10 años más para iniciar, a iniciativa de Raúl Padilla, rector de la Universidad de Guadalajara, las Muestras de Cine Mexicano, ahora convertidas en festivales. Precursores de otros festivales mexicanos. Destacan los de Morelia y Guanajuato. Son menos sólidos los de Durango, Riviera Maya, Los Cabos. También los hay patito, ello incluye los diversos como incoloros realizados en San Luis Potosí.

Un renacer en la pintura

La pintura tuvo un aliento vigoroso cuando la generación, denominada de “la ruptura”, se inconformó con los excesos de mexicanismo plasmados en formatos de caballete y mural. Un grupo de jóvenes, motivados por lenguajes vanguardista europeos, desarrolló nuevas formas de expresión e, incluso, de exhibición y comercialización de pintura, dibujo y grabado en México.

A ello se sumó una iniciativa emanada de Aguascalientes, el Encuentro Nacional de Arte Joven. Como su nombre lo insinúa, se trataba de impulsar (en artes plásticas) a nuevos creativos mexicanos, en pintura. Se trata de un ejercicio precursor, pletórico en concurrencia, credibilidad y calidad como genuino certificador de nóveles creativos. Entre ellos, Enrique Guzmán (homónimo del baladista surgido también en esos años referidos), nacido en la misma Aguascalientes, ciudad sede del evento.

Esta entidad vecina, además del certamen nacional mencionado, y de cuyas piezas ganadores es poseedora, confirmó su vocación constructiva y promotora durante los lustros subsiguientes. Formó colecciones y edificó nuevos museos para exhibir piezas de sus mejores pintores coterráneos y de los más destacados nacionales nacidos en el siglo XX y lo que va del XXI.

Museo de Aguascalientes, con salas dedicadas a Saturnino Herrán y Gabriel Fernández Ledezma

Museo de Arte Moderno. Con un acervo a escala de la colección permanente de artistas mexicanos en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. Ahí se conservan y exhiben los ganadores del, aún en activo, Encuentro Nacional de Arte Joven.

Museo Nacional de la Muerte. A partir de la colección de más de 3 mil piezas donadas por el michoacano Octavio Bajonero Gil.

Corchea desafinada o bienalita anodina y pretenciosa

Esto huele, una vez más, a turismo cultural chilango. Lo que parece es decía el maestro Reyes Heroles, y no se equivocó.

Provinciano y de espíritu pueblerino que soy, tuve una emoción globera cuando vi el anuncio de la Bienal Internacional de Pintura de México, en San Luis Potosí. “Es un proyecto –dice la convocatoria- impulsado por artistas, curadores, galeristas y gestores culturales, que a través del arte busca convertirse en un evento artístico con cobertura e impacto internacionales”.

Como enunciado se miraba motivante. Empero, similar a mi emoción efímera. Acto pequeño, más aspiracional que genuino, y globero, se desinfla pronto. Hay elementos valiosos pero mal acomodados y de prisa. A inflar currícula.

Alejandro Reyna García, se autodenomina presidente y fundador de esa, disque, bienal. Se trata de un oficioso artesano potosino desarraigado, muralista por encargo.

Trajeron un paquete de pintores cubanos efectistas, cocinados con criterio del galerista Norman Bardavid –se dice doctor, artista y filántropo-, dueño de edulcorado discurso mercantil y anticastrista en tono de yo.

Exhiben, también con discurso para venta, un pintor y una escultora colombianos. Hay, además, piezas alemanas, españolas y argentinas.

El tema es La Paz, pero como si no lo fuera, porque la muestra sabe a gaseosa light o infusión descafeinada. Igual los discursos y textos construidos. Piezas genuinas se pierden en un bosque de lugares comunes afirmativos de “statu quo” con olor a marchand o comerciante de arte. Dicen que eligieron a 100 de entre cientos de participantes, la mayoría son mexicanos sin trayectoria ni soporte significativo.

¿Cuál fue el criterio de curaduría y quién la hizo? ¿Quién eligió a los potosinos, con predominio de los de siempre, varios en nómina oficial?

Hay neblina en la tal bienal.

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