#4 TiemposSan Luis en su historia

Efectos independentistas | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

 

Terminada la Guerra de Independencia, la situación para el país fue muy difícil. Las personas en los pueblos empobrecieron aún más. Con enfermedades provocadas por el hambre y la peste, no se veía por ningún lado el país de Jauja, que con tanta seguridad habían prometido los que pronunciaban las arengas y que fueron los que los empujaron a luchar con entusiasmo y denuedo.

Lejos de ver realizada tan acariciada utopía, vio el pueblo subir a los criollos a los escaños del poder y demás puestos de mando que los españoles peninsulares habían dejado y experimentó, con tristeza, que volvía a imperar el despotismo y los abusos en forma constante. La situación general de la sociedad potosina en esta época la describe el Licenciado José Francisco Pedraza Montes de la manera siguiente:

Pero más curiosa y digna de penetrante análisis era la sociedad potosina de aquella época. Sociedad de contrastes en la que las capas sociales estaban perfectamente señaladas. Los arquetipos que se agitaban en el San Luis de aquellos días son en extremo interesantes como productos sociológicos: Ya había aparecido “el curro”, variante mezquina del español, descendiente directo de éste. Petulante, haragán, bien vestido y majadero, tan odioso como el peninsular y en contra de quien se manifestaba una general animosidad popular. Ello explique acaso la razón del carácter drástico de las leyes de expulsión de españoles que dictó el Estado de San Luis Potosí, anticipándose al decreto general dictado por el Congreso de la República.

Había también el tipo del campesino, tan frecuente en las haciendas inmediatas y que comenzaba a invadir la ciudad siempre prometedora de mejores condiciones de vida; este ejemplar mestizo, de ancho sombrero, camisa blanca y pantaloneras abiertas por abajo, era con frecuencia el sirviente de confianza de las casas ricas, el portero, el mandadero, el peón de estribo o el caballerango; por dentro acusaba una rusticidad castellana recién venida, era el campesino malicioso, honrado y fiel, sano de cuerpo y alma.

Otro espécimen social formaba un amplio grupo, era el militar de ocasión, este tipo generalmente de clase media, integraba el grueso de la Milicia Cívica del Estado o de los Estados vecinos; sin prejuicios morales ni religiosos, atrabiliario, sin bandera de partido alguno, carne perpetua del cuartel que alternaba los frecuentes altibajos de su oficio con otras actividades de aventura; era el jugador de gallos en el palenque; el capataz de las guardias particulares de las haciendas, el tratante de platas mal habidas en los reales de minas o en las haciendas de beneficio y, a veces el asaltante de las diligencias o del convoy de las conductas de minerales.

Por otra parte era evidente entonces el fenómeno demográfico de aquella población indígena de los siete barrios (San Juan de Guadalupe, San Miguelito, Tequisquiapam, Santiago, Tlaxcala, El Montecillo y San Sebastián), se conjugaba poco a poco con la población española y el reciente mestizaje mostraba los rasgos de su personalidad; un poco de audacia, quizá producto de su inmediata herencia española y un mucho de pereza como testimonio de su sangre indígena. Y por abajo, invadiendo las más bajas clases sociales estaba el lépero, paria del arrabal, perpetuo habitante de mercados y mesones, de actividad indefinida, vicioso, ignorante y dispuesto a todo.

Y muy por encima de estos ejemplares demográficos, una aristocracia mestiza, de antiguos abolengos apolillados, pero fastuosa, señoril y refinada. Allí formaban los gachupines dueños del comercio de la ciudad, los ricos propietarios rurales, los mineros orgullosos de sus bonanzas de platas y los rentistas ociosos que se codeaban con los criollos, con los frailes y los curas, como si la devoción y la riqueza hermanaran el único vínculo fuerte y sólido de aquella levítica sociedad[1].

  

Seguían las reiteradas manifestaciones de inconformidad por parte del pueblo unas veces abiertamente y otras en la clandestinidad pero cada día subían de tono. Los criollos temerosos de perder lo poco que se había ganado discurrieron juntamente con los pocos mestizos e indígenas que habían logrado treparse al árbol del poder, emitir la ya mencionada ley de expulsión de españoles del territorio mexicano, adelantándose en tiempo a las dos leyes que posteriormente emitiría el Congreso General el 20 de diciembre de 1827 sobre expulsión de españoles y ley federal de empleos para la destitución de españoles de todo cargo público emitida el mes de mayo del mismo 1827.

 

[1] PEDRAZA, José Francisco, El Mexicano Libre Potosinense, (Primer Periódico Potosino), Biblioteca de Historia Potosina, serie cuadernos 59, Academia de Historia Potosina, San Luis Potosí, S.L.P. 1978, pp.11 y 12.

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