#4 TiemposLetras minúsculas

Educación sentimental | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

La repetición es signo de madurez existencial, de vida vivida. Un joven no se repite nunca, busca lo nuevo, lo original, lo nunca visto: mira hacia adelante. El hombre maduro, en cambio, y sobre todo ese hombre maduro que es el anciano, no recuerda haber contado ya la historia que hoy se dispone a contar una vez más.

-Cuando estaba en el ejército…, dice.

Ha referido esta anécdota o lo que sea unas quinientas o mil veces, pero no es capaz de recordarlo, o, si lo recuerda, lo mismo le da: él mira hacia atrás.

-Cuando estaba en el ejército…, vuelve a decir.

En un relato de John Steinbeck (1902-1968) aparece un viejo así, simpático y repetidor, que no hace más que preguntar a sus parientes:

«-¿Pero de veras os he contado ya cómo nos robaron treinta cinco caballos esos ladrones de payutes?».

O bien:

-«Tengo en el cobertizo un viejo cuerno para pólvora y una pistola de pistón. ¿Se los he enseñado alguna vez?».

A lo largo del relato, el viejo no abre la boca más que para hacer estas dos preguntas. Y al escuchar la respuesta de su auditorio («Sí, en muchas ocasiones»), se mesa los cabellos en señal de angustia para luego, a la mañana siguiente, volver a la carga y preguntar lo mismo.

La mirada del joven está dirigida hacia adelante; la de los viejos, hacia atrás. La juventud es la época de la lectura; la vejez, la de la relectura. Llegados a cierta edad ya no buscamos libros nuevos, autores recién consagrados, sino que volvemos a los autores y los libros que fueron nuestros compañeros de toda la vida. «A los veinte años –decía Maurice Barrès (1862-1923)- hemos elegido ya a nuestros maestros».

Según Michel Butor, el escritor y crítico francés, comprender a un autor significa haber encontrado, a lo largo y ancho de su obra, sus repeticiones y sus modificaciones. Un autor debe ser leído en todos sus libros, pero el lector inteligente debe poner especial atención en aquello que repite; eso, no lo dudemos, será su tema vital, su preocupación obsesiva, según el decir de Pedro Salinas (1892-1951). ¿Y lo demás? Lo demás importa menos; en todo caso, no será allí donde éste encontrará la clave de su pensamiento.

En la novela La sangre de los otros, de Simone de Beauvoir (1908-1986), hay, por ejemplo, una escena en la que el pequeño Jean Blomard está llorando porque el hijo de Louise, la portera, acaba de morir.

«-¡Come! -le ordena su padre-, no vas a pasarte la vida llorando. Es triste lo que ha sucedido, pero no vas a llorar toda la vida. ¡Come!».

El niño se seca las lágrimas, toma los cubiertos, recompone su postura, alarga la mano buscando el salero, la barra de mantequilla; y muchos años después, cuando sea mayor, repetirá para sí mismo en la ocasión de la muerte de Hèlene, el ser más querido de su madurez, las mismas palabras que escuchó cuando era niño:

«-No toda la vida. Una hora o dos, pero no toda la vida. Esta noche hasta el alba, pero no toda la vida».

En otro de sus libros (ahora se trata de Pirrus et Cineas), la autora vuelve al mismo asunto. Sólo que ahora ya no lo utiliza para novelar, sino para ilustrar una idea. Dice así:

«He conocido un niño que lloraba porque había muerto el hijo de la portera. Sus padres, que lo dejaron llorar, terminaron irritándose: “Después de todo, el niño no era tu hermano”».

Y añade la novelista filósofa: «Ésta era una enseñanza peligrosa».

A Simone de Beauvoir, como puede verse, este episodio vivido la marcó profundamente. ¿Fue en casa de una de sus amigas donde sucedió?, ¿fue incluso ella misma la alumna de tal enseñanza?, ¿fueron sus padres quienes le ordenaron comer, haciendo de la muerte una cosa incapaz de quitar el hambre? En todo caso, como ella misma lo dice, era ésta una enseñanza peligrosa. El niño, que aún no había medido las fronteras entre el yo y el tú, entre lo propio y lo ajeno, y para quien todo lo que vivía y ha muerto es digno por lo menos de una de sus lágrimas, aprendió desde ese momento a medirlas. Aprendió que hay que llorar por unos y no por otros, que a los muertos hay que llorarlos una hora o dos, tal vez tres o cuatro, pero no toda la vida; «esta noche hasta el alba, pero no toda la vida».

Cuando, a su vez, sus padres mueran, él tendrá derecho a decirse a sí mismo: «Come, es triste lo que ha pasado, pero no vas a llorarlos toda la vida». Entonces se secará las lágrimas, tomará los cubiertos, recompondrá su postura y alargará la mano en busca del salero, de la barra de mantequilla, como cuando era niño. ¿No le habían dicho ellos mismos que no hay que llorar por nadie demasiado? Bien, entonces es justo que también ellos paguen el precio de semejante lección. Si se encargaron de ponerle un límite a la ternura, un candado a la expresión del afecto, que no les moleste que ellos mismos, más tarde, tengan necesidad de visa y pasaporte para llegar a los territorios del corazón de su hijo. Al excluir a los demás, sin darse cuenta, estaban excluyéndose a sí mismos, como casi siempre sucede.

En efecto, aquella era una enseñanza verdaderamente peligrosa.

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