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Dos filas de asientos atrás | Columna de Luis Moreno Flores

Historias para perros de la calle

Adrián se sentó resignado en la sala de espera de la estación de autobuses, llegó tres minutos tarde y perdió su transporte. La precisión a veces es un fastidio.

Había pasado una semana en casa de sus amigos Eduardo y Paola, ahora quería dirigirse a ver una ciudad cercana. Cuando Paola lo despidió desde la ventana del departamento le dijo: «No corras Adri, si no llegas a tiempo será por algo, quién sabe, a lo mejor en el otro autobús va una chica linda».

Tropezó con una comisura en el pavimento de la banqueta por no obedecer a Paola, una de las ruedas de su maleta se rompió y tuvo que cargar los 25 kilos hasta la avenida donde en poco tiempo pasó un taxi que cobró 40 pesos a cambio de pisar hasta el fondo el acelerador, pero no hubo remedio: era tarde.

Lo único que tranquilizó a Adrián fue que gracias a que en su maleta conservó la etiqueta que le pusieron una semana antes en el aeropuerto, la encargada de los autobuses se confundió y atribuyó su demora a un error de horarios en el camión de la propia empresa que debía haberlo llevado más temprano desde la terminal aérea. Le dieron gratis un nuevo boleto para 30 minutos después, o masomenos, porque solo rayonearon el que ya tenía.

Las palabras de Paola se convirtieron en profecía cuando Adrián vio a pocas sillas a una rubia con los brazos esculpidos en tatuajes, ojos adormilados, los pómulos encendidos como si el día anterior lo hubiera pasado en la playa. A Adrián sobre todo le gustó el pequeño espacio del total de su cabeza en el que estaba concentrado su rostro de nariz diminuta. Pensó en un motivo para abordarla, mientras en el televisor de la central sonaba una canción de The Maine y aparecían imágenes de surfers en las que ella podría encajar a la perfección.

Se distrajo al imaginar que seguro ella estuvo surfeando con los chicos de la televisión y por eso estaba enrojecida.

La perdió de vista y, al momento, la reencontró a punto de encender un cigarro en los andenes. El pretexto estaba dado, Adrián se acercó para pedirle uno de sus cigarrillos, ella extendió una bolsita de tabaco de liar y papel para envolverlo. Adrián admitió su incapacidad de dominar la técnica de forjado, ella le ayudó, mientras intercambiaban nombres y procedencia. Diana, nombre raro para una alemana, pero su padre italiano explicaba el caso.

Iban a compartir autobús, pero Diana se quedaría en él dos horas más. Estaba en México para ayudar a una organización en la construcción de una granja. Abordaron y ella se acomodó en la fila 9, Adrián en la once, se hundió en la silla, tenía cinco horas para pensar cómo retomar la charla. Recordó que Eduardo y Paola le habían dado una botella de un licor local para que llevara a casa. La encontró en su mochila.

El camión realizó una parada en un pueblo sin sol, aunque con un calor que hizo que Adrián empapara su camiseta al momento de alejarse del refugio que representaba el aire acondicionado.

En la pequeña localidad estacionaron en un parador en el que vendían tacos. Con un rudimentario español, Diana intentó explicar al cocinero que buscaba algo sin carne, Adrián la auxilió para que le sirvieran dos de flor de calabaza y uno de frijoles. Acompañados por agua de jamaica.

Mientras fumaban el segundo cigarro de sus vidas juntos, Adrián le dijo a Diana –Tengo una botella, quieres venir a beberla a mi asiento. –Ella aceptó, bebieron a pico y charlaron sobre Alemania, todos los amigos de Diana le habían advertido sobre lo peligroso que es México. Adrián preguntó acerca del tatuaje de gatito que correteaba y ronroneaba sobre su brazo cerca de un MOM incrustado en un corazón. –No sé, me gusta cómo se ve. -Luego ella preguntó sobre el libro que Adrián tenía como acompañante.

Durante algunos momentos se quedaban sin nada qué decir, aunque tenían 24 y 27 años de historias para contarse. Estaban obligados a disfrutar los silencios, en un autobús hay pocas alternativas de escape. Así siguieron, bebían, hablan y callaban, hasta que el alcohol y el arrullo de la carretera los hicieron quedarse dormidos. Hombro con hombro.

@LuisMorenoF_

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