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Domingo de resurrección | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

De adolescente, además de comunista, fui católico. Mis acciones vitales en los años posteriores no han estado encaminadas, sino quizá, a corregir estos dos graves errores que la inmadurez —por señalar a la excusa más recurrida—  provocó en mí. Aún bajo la sombra de la vergüenza que significaron esos dos acontecimientos recuerdo mucho de aquellos momentos con un halo de nostalgia y una mueca que en ocasiones parece sonrisa pero que no deja de ser amargura mezclada, hasta la fecha, con angustia.

En el Concilio de Nicea, realizado en el año 325 en la que actualmente es la ciudad de Iznik en Turquía, se compuso el credo que nos repetían en aquel entonces durante el catecismo: “creador del cielo y de la Tierra, de todo lo visible e invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de”… y así nos íbamos repitiendo, una y otra vez, y vestidos con túnicas blancas, tan coquetas que cualquier travesti envidiaría, a recorrer las calles de la colonia durante la Semana Santa.

El viernes se hacía la representación del vía crucis. Casi siempre sacábamos de la parroquia la imagen de Cristo e íbamos en peregrinación con credo y faldones incluidos, pero una vez se hizo al estilo Iztapalapa con Jesús encarnado y romanos y María Magdalena y golpes y corona de espinas y látigos hechos de tela para no lastimar demás al compa que se rifó de Nazareno, quien por cierto terminó de sacerdote. Notas desde el diván: Los traumas de la niñez no se curan con el tiempo.

Luego de la marcha del silencio nos preparábamos para el Sábado de Gloria, día que comúnmente nos empapábamos a cubetazos en el jardín del atrio de la iglesia. Una de esas mañanas se me zafó el bote que traía en las manos justo cuando traté de lanzarle agua a uno de mis amigos y le abrí la cabeza. Sangró de inmediato. Le tuvieron que dar unas puntadas en el centro de salud.

Por un momento pensé que era una señal divina para bajarle al desmadre que montábamos, pero ni las catequistas ni los seminaristas encargados ni los otros agresores le dieron importancia a la víctima a quien la sangre se le confundía con el llanto. Al verlo así tan indefenso me sentí muy mal. Hay algo en las lágrimas de un adolescente que te desgarra la conciencia. Si nunca me disculpé fue porque ese día jugaba Pumas y me fui corriendo a mi casa a ver el partido que estaba por iniciar.

Para que no te pusieran trabajo extra durante las vacaciones de Semana Santa los encargados de los cursos tenían que verte en la misa de los domingos que precedían el asueto. Con un rasgo netamente inglés me colocaba dos minutos antes de iniciar la homilía en la segunda banca del lado izquierdo de la capilla.

Desde ahí todos notaban mi presencia y yo podía ver de cerca el pantalón de mezclilla ajustado que usaba la niña que me gustaba en secundaria y que siempre se sentaba frente a mí. Luego de varias semanas observando cómo todas sus prendas le lucían de manera perfecta, la conquisté en el momento en que le tomé la mano para darle la paz. Era hermosa y vestía y besaba muy bien (omitiré su nombre por razones de seguridad, como dicen en las películas).

Hace unos días recibí una invitación de una mujer para ser amigos en Facebook. Miré sus fotografías y reconocí de inmediato la sonrisa, los labios y las caderas que aún guardan mucho de aquellos pantalones de mis sueños de la niñez.

Junto a ella y en diversas locaciones —playa, cumpleaños, nieve, aeropuerto— aparecía un tipo rudo, calvo y mal encarado con una gran cicatriz en la frente que también se me hizo conocido.

Le mandé una de estas imágenes a un amigo de la misma época y me dijo que en Cuernavaca se rumoraba que el hombre de las fotografías andaba en “malos pasos” (en idioma morelense significa que el hombre balacea bares y descuartiza gente) y que si no me acordaba que lo había madreado con una cubeta un Sábado de Gloria. Negué rotundamente esta acusación, bloqueé de mi cuenta a la mujer y decidí no participar en ningún acto eclesiástico sino hasta mi funeral.

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