#4 TiemposDesde mi clóset

Diluir luchas, cooptando movimientos | Columna de Paúl Ibarra Collazo

DESDE MI CLÓSET

En los setenta, cuando todo era amor, paz, sexo y en el marco de la incipiente globalización, “la visibilidad militante homosexual que se estaba dando en Estados Unidos y en Europa aún no cuajaba en México, pero sí se percibía como una especie de laboratorio de experimentación. Los homosexuales mexicanos seguían viviendo clandestinamente la construcción de lo que podríamos llamar una comunidad imaginaria” (Rodríguez, 2011).

Dicha comunidad, comenzó a conflictuarse, ya que, por un lado, tenían el avasallante resplandor de los gringos que les incitaban a usar Armani, comprar esteroides y ser lo suficientemente varoniles para pasar desapercibidos ante los ojos de Olivia Newton-John o Sofía Loren. Y por el otro lado se encontraba el movimiento que gestaba una resistencia contra el pensamiento heterosexual hegemónico.

Es de esta manera que se crea un híbrido que en esencia se denominó “Frente de Liberación Homosexual” una suerte de combinado, que, en primera instancia luchaba por liberar de la opresión heterosexual a esas corporalidades masculinas que gozaban de las prácticas homoeróticas y que además buscaba el reconocimiento de su derecho a celebrar un contrato matrimonial.

El sistema se ha apoderado de los cabecillas de este frente como en su momento lo hizo con las lideresas del movimiento feminista, quien sucumbieron ante los encantos de las conferencias patriarcales de la ONU, asignándoles una oficina y una política específica, de la cual hasta el momento se han detectado asegunes que no han sido posible resarcir.

La cuestión es, ¿qué tiene que ver el movimiento de liberación homosexual con el “estado de derecho”? Resulta que, como ya se mencionó antes, en la última década ha venido creciendo una ola fuerte de políticas y reformas que facilitan el acceso a garantías y el reconocimiento de derechos civiles para personas que se relacionen erótica y afectivamente con aquellas de su mismo sexo y/o género.

Al respecto, es necesario puntualizar que desde mi perspectiva, es fundamental el no disociar el binomio sexo-género, ya que pertenecen a un sistema que solo es posible explicar si se analiza de manera transversal y se reconoce al sexo-género como un aparato del régimen político. El cual involucra el ejercicio del poder y de las sexualidades de las que Foucault señala que: “El poder, no es una institución, no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados: es el nombre que se le da a una situación estratégica en una sociedad determinada”. “Donde hay poder, hay resistencia, y por consiguiente ésta nunca está en posición de exterioridad frente al poder”. Las resistencias “son el otro término, en la relaciones de poder; se inscriben en él como la otra cara de la medalla”.

Si se parte de esta concepción foucaultiana sobre el poder, se entiende la forma en que las corporalidades con prácticas homoeróticas han ido formando resistencia al estado.

En este sentido, la acción colectiva dentro de los hombres con relaciones erótico-afectivas entre ellos, ha pasado por distintos momentos. El primero, consistió en la disidencia sexual, en la que se cuestionó al sistema y la heteronormatividad. Sin embargo, se cometió un error grave, no se cuestionó el régimen político. Si bien se logró con este movimiento, despatologizar la homosexualidad y avanzar en una lucha por los derechos civiles, se dio el paso sin hacer una crítica al sistema sexo-genérico y al pensamiento heterosexual.

Se dijo y se sustentó de manera científica que las orientaciones sexuales son de carácter humano y parte de la diversidad, sin embargo, este argumento esencialista le dio al traste a la lucha histórica que buscaba cuestionar el sistema, para en algún momento hacerlo caer. Al no criticar ni cuestionar al régimen heterosexual como un sistema hegemónico de opresión se le desvinculó de la esencia social del patriarcado.

Monique Wittig, ya había reflexionado al respecto, sin embargo, sus argumentos no fueron escuchados. Para Wittig, el placer sexual y las prácticas sexuales no son relevantes para la heterosexualidad, la cual en tanto régimen político tiene como objetivo principal mantener el control del otro, en este caso de la otra, de las mujeres. “Así, la heterosexualidad, cuyas características aparecen y después desaparecen cuando el pensamiento trata de aprehenderlas, es visible y obvia en las categorías del contrato heterosexual” (Wittig, 1992).

Para este análisis es importante recalcar que cuando se hace referencia al contrato social, o al régimen político siempre de manera ineludible se hace referencia a la heterosexualidad. Ya que es a través de este pensamiento, el heterosexual, como las personas hemos sido domesticadas. El capitalismo se ha valido de manera frenética de este pensamiento para normar, para legitimar y al mismo tiempo para invisibilizar a eso que ha llamado diversidad sexual.

La noción de occidente, en conjunto con las ideas que lo sustentan, atrajo para sí una forma novedosa de concebir las diferencias sexo-genéricas que dan como resultado la división de las esferas erótico-afectivas que legitiman la existencia de orientaciones sexuales. En la cual, se da por sentada una jerarquía de poder basada en las diferencias sexuales biológicas. Es por ello que es posible afirmar que la historia occidental es primordialmente androcéntrica, patriarcal y heterosexual. En occidente, la homosexualidad puede tener diversas representaciones simbólicas e invariablemente son disidentes, es decir, transgreden el orden sexo-genérico.

@paulibarra06

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