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El diablo, Carreras y Gallardo | Columna de Jorge Saldaña

Harto de cumplir órdenes, de estar en desacuerdo y no tener posibilidad de expresarlo, fastidiado de un orden impuesto, carente de una ventana de libertad y desesperado por desafiar al sistema, un día el mismísimo Luzbel emprendió una rebelión. ¡Ya basta!, dijo el que hasta entonces se consideraba el ángel más bello de la cohorte celestial, y emprendió su levantamiento contra lo que consideró opresión.

Por desobediente cayó de la gracia del Señor y se refugió en el planeta tierra, donde esperaba encontrar condiciones favorables y adeptos a su rebelión.

Dicen que el insurgente se enamoró de inmediato del hombre, de su libre albedrío, de sus deseos siempre latentes y se conmovió al conocer la forma en que las religiones e ideologías lo manipulaban para hacerle creer, a temporadas, lo que era bueno, lo que era malo, y la diferencia entre los conceptos. La libertad ha sido siempre su slogan de campaña, una libertad que implica reconocer su condición de hombre con todo y capacidades para lo más noble como para lo más despreciable.

Como suele ocurrir a los rebeldes, la desobediencia a lo que representa al “bien” -visto desde el lado del “bien”- le ha ganado los peores calificativos de la historia, la condena eterna del infierno, la más contundente representación de lo maligno, la irreversible fama de maldito, y la máxima publicidad de los castigos terroríficos que recibirá todo aquel que se atreva ya ni siquiera a seguirle, sino apenas a desobedecer a Dios tal como lo hizo el insurrecto.

A salvo las proporciones y en un plano terrenal, Emiliano Zapata Salazar, un simple arriero de Morelos que se entusiasmó con la propuesta de restituir las tierras a sus legítimos propietarios, escrita por cierto por un exconvicto, en su tiempo también fue condenado por el afrancesado y antidemocrático status quo porfirista.

El humilde labrador fue perseguido, señalado, estigmatizado como asesino y enemigo de la sociedad y se puede decir que apenas la historia moderna de México lo rescató como el héroe que ahora reconocemos, es decir, fue un malo que resultó ser bueno. Uno rescatado por la historia, de cientos de sus seguidores olvidados que con el grito de tierra y libertad en la cabeza murieron fusilados o asesinados por las fuerzas armadas que defendían la paz y la patria.

Siguiendo con los ejemplos (este de ficción) hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, los guardianes de la paz de la República, conocidos como caballeros Jedi, ante la desaparición del equilibrio de poderes y la acumulación del mismo en un solo hombre, pasaron de defensores del sistema, a integrar la rebelión contra el mismo.

Misma historia: fueron casi exterminados, perseguidos y amenazados. Se convirtieron en los apestados y revoltosos en una era de caos galáctico. Al final recuperaron el equilibrio de la fuerza, que no es otra cosa que el triunfo de los que actuaron de forma incorrecta –mal- respecto a su misión inicial, para hacer el “bien” y recuperar la libertad de miles de sistemas planetarios.

Jean Paul Sartre, en su obra “El diablo y el buen Dios”, ilustró la imposibilidad del ser humano para hacer siempre el bien y destapa la realidad respecto a que el hombre no puede renunciar a su naturaleza y a lo que es, aceptarse como tal y no atentar contra las propias inclinaciones.

A qué viene todo esto, preguntará usted, mi Culto Público, pues bien, a que al igual que en los ejemplos anteriores, parecería que San Luis se encuentra política y mediáticamente inmerso en una etapa estúpidamente polarizada entre lo que unos creen que es bueno, y otros que es malo, y nada hay mas absurdo que ello.

Aparentemente, en este momento solo se puede estar del lado de Dios o del diablo. Con Don Porfirio o con Villa, con Darth Vader o con los Jedi, con Goetz o Heinrich, con Carreras o con Gallardo. No hay escala de grises, y todo se mira en alto contraste.

Sobra explicar lo peligroso de tal división. La calificación de populismo frente a la ilusión del purismo de lo políticamente correcto. El descrédito flamígero contra quien asiste a un festival público, recibe tortillas a mejor precio, atención médica gratuita o garrafones de agua como si se tratara de criminales, incultos, borregos, hambreados o ignorantes.

¿Dónde está el pecado de recibir todo lo anterior? ¿Perderán la salvación eterna los usuarios y beneficiarios de los programas sociales que ejecuta el gobierno elegido por la mayoría de los potosinos de la capital? ¿Los fusilarán en el paredón? ¿Los ahorcará a distancia Darth Vader?

Más allá: si somos los medios los que tomamos postura de uno u otro bando, ¿quiénes son los buenos y quienes son los malos?

Criticar a Carreras ¿es rebelión? Criticar a Gallardo ¿es ganarse el cielo? ¿No hay algo intermedio?

En los apasionamientos, nos olvidamos que potosinos somos todos, que hay muchas mas coincidencias entre nosotros los ciudadanos que las aparentes diferencias ideológicas que existen entre las personas que temporalmente administran la zona metropolitana o a la entidad completa, que los potosinos caminamos las mismas calles, que coincidimos en los mismos lugares, que nuestros hijos juegan en los mismos espacios, que tomamos de la misma agua, que sufrimos y gozamos de unos y otros servicios dependiendo de la esfera a que correspondan, que nos moja la misma lluvia, que la rivalidad política tiende a ser más ficción y que los fanatismos de la pista que alcanzamos a ver no contribuyen a la construcción de democracia plena, ni a la construcción de sociedad.

No habemos medios de comunicación puros, ni líneas editoriales dogmáticas. Si el pleito es de los políticos, pues que ellos lo diriman pero no a través de nuestra tinta.

Para qué “comer perro” y desgarrarse las vestiduras por lo políticamente correcto cuando la historia nos enseña que una percepción puede hacernos equivocarnos de trinchera.

Dios y el diablo juegan al ajedrez de vez en cuando. La revolución en México no ha terminado. Darth Vader al final se reivindicó con su hijo, y Goetz ganó su apuesta.

Por el tránsito inteligente hacia el proceso electoral que se acerca, reflexionemos si vale la pena comprar la ilusión de estar en el bando correcto y mientras tanto perfeccionemos nuestra participación en la construcción de ciudadanía, así, simple, sin apasionamientos vanos ni discriminación ideológica sin sentido. San Luis es de nosotros, no pintemos fronteras internas donde no existen.

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