Cartas de navegaciónNoticias en FA

El día que no me importó ver a Chivas campeón | Columna de Luis Moreno Flores

Cartas de navegación

El domingo 28 de mayo del 2017, Sandra, Edu, el bebé Siddhartha y yo curioseabamos en una galería llamada Kiki Mundo, propiedad de una alemana que hace 30 años se instaló en San Cristóbal de las Casas. Desde uno de los ventanales de la tienda vi a Adrián, llevaba una chaqueta larga, intercalaba su mirada entre los andadores y su teléfono móvil, como si esperara encontrarnos en alguno de esos dos sitios; con un movimiento les advertí a los chicos que Adrián estaba afuera, sentí impaciencia por derribar los 10 metros que nos separaban, a Edu, Sandra y el bebé Siddhartha les pasaba igual. Fue Adrián quien se encargó de solventar la distancia.

Hubiera deseado ser otra persona para mirar el cuadro completo, que involuntariamente se volvió cinematográfico: los cuatro nos formamos para abrazar a Adrián como si acabara de volver de un viaje larguísimo, de meses de ausencia, como si el bebé Siddhartha, Sandra y Edu no vivieran con él; cuando llegó mi turno comprendí que estaba metido en un día indeleble, de los que la benevolencia del destino concede de vez en cuando.

Al fundirme con mi amigo por fin llegué a Chiapas, nuestra cena de madrugada parecía no haber contado, tal vez debido a la modorra, pero hasta que nos estrechamos mi mente registró que entonces nuestra amistad vivía el paso siguiente a cuando los despedí a todos en el aeropuerto de la Ciudad de México. Terminamos las compras y nos fuimos a navegar en las calles pintadas por la lluvia.

Caminamos hasta una pizzería que mis anfitriones recomendaron. Estaba llena, así que decidimos llevar la comida a casa, mientras la preparaban nos acomodamos en la banqueta y entonces avisaron que más tarde tendrían una cena a la que invitaron a sus amigos y ex vecinos Serena y Jesús.

Esa tarde se jugaba la final del futbol mexicano entre Chivas y Tigres, la primera que mi equipo, el Guadalajara, iba a disputar desde que 11 años antes fue campeón. Todo el año previo a ese día para mí estuvo atravesado por el equipo de Almeyda: seguí lesiones, discutí, escribí, me regalaron camisetas, asistí al estadio, aposté, perdí, gané, vi partidos en casa, bares y centros comerciales, leí noticias, columnas, crónicas… el ritmo de cualquier aficionado… y aún así, sentado en una banqueta con mis amigos al lado, Chivas no me daba motivos de emoción ni cuando veía mi gorra tatuada con la vetusta G que un día sirvió de escudo para el equipo. Algo andaba mal.

La pizza estuvo lista. Pasamos a buscar un queso para acompañar las enchiladas potosinas (que guardé en mi mochila desde que salí de San Luis Potosí) pues el que había lo devoré casi por completo durante la mañana con unos chilaquiles espectaculares. La tienda estaba cerrada y mejor enfilamos en un taxi de regreso a casa, a Los Alcanfores, una zona a las orillas de San Cristóbal, más parecida a la idea que se puede tener sobre un paisaje veraniego en una ciudad muy fría que al sureste mexicano y en donde es más fácil encontrar caballos que camionetas.

Ya en La Clave de Sol (nombre del terreno donde se encuentran el conjunto de cabañas entre las que está la de mis amigos), nos instalamos en el comedor: Sandra lavó algunos platos, Adrián dispuso la mesa, Edu terminó una partida de un juego en la computadora y puso música, mientras yo me entendía con Siddhartha, al que solo tenía horas de conocer.

Nos sentamos y compartimos la pizza, una de quesos y otra de jamón serrano, solo un poco para no arruinar nuestro apetito rumbo a la cena. Cada minuto en mi silla me sentía más seguro y las preocupaciones perdían peso. Casi no recordaba nada de mi vida fuera San Cristóbal.

Al finalizar, recogimos, comimos chocolates Costanzo, raspé con el dedo índice un poco del queso de cabra que quedó en la caja y salí junto con Adrián a la tienda más cercana, que es un Oxxo a 10 minutos a pie, para buscar cervezas que complementaran el partido.

De camino, Adrián me contó sobre la muerte de su padrastro con quien jamás se identificó; de la lástima que le producía pensar en un final tan intrascendente. –Tanto esforzarse para acabar así: solo.

Volvimos justo a unos minutos de que comenzara el fut, pero Sandra nos hizo notar que olvidamos comprar frijoles, insoslayables en las enchiladas,  y una paleta helada para ella. De algún modo estaba encantado por tener que volver a hacer el mismo trayecto, aunque eso significaba perderme el protocolo previo al partido que tanto disfruto y hasta los minutos iniciales del encuentro.

De regreso en la ruta, bordeada por invernaderos, hablamos sobre periodismo, libros y el temor de Adrián a no ser un buen padre. Pensé en pedirle consejo sobre mis situaciones pero hubiera resultado tonto pues todo en mi mente parecía resuelto.

Cuando arribamos con los aditamentos completos, en la casa no había huellas de la existencia del partido, aunque llevaba varios minutos de haber comenzado. Desplazamos a Edu de la computadora, sintonizamos, destapamos un par de cervezas. Estaba listo para comprometerme ante la noble responsabilidad de apoyar y vigilar a las Chivas. Goooool.

Edu, giraba sobre una silla y lanzaba preguntas sobre la calidad futbolística de Alan Pulido, quien acaba de anotar, el gol parecía haber despertado su interés en el jugador y puesto en duda su afición por los Tigres. Pulido estaba uno a cero sobre Gignac en el corazón de Edu.

Antes de terminar el primer tiempo, tocaron a la puerta, eran Serena y Jesús, los acompañaba una prima de Serena que vive en un país escandinavo (no recuerdo cuál ni el nombre de ella) que hablaba poco español.

Durante el descanso, Jesús, Adrián y yo platicamos sobre la objetividad, las dificultades de comunicación entre italianos y mexicanos (pronto iría a visitar a su suegro, un romano empeñado en hablar muy romano) y su negocio de joyería. Las enchiladas también ocuparon un lugar en la charla, la prima de Serena mencionó que eran una hermosa flor de colesterol. Todos nos intercalamos la batuta de la conversación con sincronía familiar y sin sentarnos a la mesa, mientras comíamos y nos desplazamos por los rincones de la casa. Decidimos encender la chimenea, no hacía tanto frío, pero la lluvia nos daba un pretexto para hacerlo.

De pronto descubrí que el partido había reiniciado y que para mí no tenía ninguna importancia, traté de fingir un modesto interés, pero para entonces, la pequeña casa se había convertido en el centro del universo, un sitio para sentirse en sintonía. La plenitud y la felicidad representadas en compartir un instante de la existencia con los amigos.

Gallito Vázquez anotó un gol, creo que Gignac respondió con otro, Salcido levantó la copa, Almeyda se arrodilló a rezar, no tengo muchas certezas de nada, todo llegaba a mí como música de fondo.

Claro que me alegra que Chivas sea campeón, pero mientras comía una rebanada de pan de plátano que Sandra preparó, pensé que tal vez hay cosas más importantes de las que ponderamos como tales.

Hace poco más de un año, Adrián, Edu, Sandra y Siddhartha (aún en la panza de su mamá) fueron a San Cristóbal por primera vez y presintieron que la vida era diferente a la que llevaban en su ciudad. De forma admirable (tal vez irresponsable) dejaron todo atrás. Supongo que ellos, al igual que yo, se preguntan si habrá valido la pena. No tengo una respuesta, quizá ellos tampoco, lo que sí sé es que ese día fui feliz.  

También recomendamos: Saudade Juvenil | Columna de Luis Moreno Flores

Nota Anterior

Historia que se olvida (Parte 1) | Columna de Arturo Mena "Nefrox"

Siguiente Nota

Los priistas se avergonzaron de la victoria | Columna de Óscar Esquivel