#4 TiemposMosaico de plumas

Desde la cantina | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

Crecí viendo a Speedy González y al Gallo Claudio. Recuerdo que soñaba con entrar a una cantina para aventar esas puertas de vaivén. Me imaginaba en un western diciendo “Cantinero, lo de siempre”; obvio, cuando le conté mi sueño a mi madre me dijo “Esas cantinas son de hombres borrachos, no es lugar para una señorita”.  Aunque mi mamá como la mayoría de las mamás del mundo nunca se equivoca, estaba en un error. Al cumplir los dieciocho conocí la famosísima cantina El Pinín en el centro histórico. Yo una joven de antros de Himalaya y bares de Carranza quedó extasiada con lo que veían sus ojos. Un montón de hombres en la barra pisteando desde medio día. Una vieja Rockola (las que tienen las portadas de los álbumes de manera física y no esa mala imitación de iPod) tocaba una canción de las Jilguerillas. Me sorprendió que las responsables de la selección musical fuera un grupo de mujeres al fondo del lugar. Todas mayores de cincuenta años con un mandil que con su plática me hizo deducir su ocupación: vendedoras de comida en el mercado. Bebían audazmente una cubeta de cerveza. Mi mamá había errado de nuevo, no solo había borrachos, también, las mujeres beben.

No fue la última vez que visité una cantina, se convirtió en una costumbre obligada por los pocos ingresos económicos que como estudiante de letras tenía. Las cantinas ofrecen la famosa botana, un pedacito del sabor casero por un par de cervezas. Beber y comer por alrededor de ochenta pesos, es una verdadera bendición en tiempos de crisis. No solo asisto por la botana, sino por las historias que se cruzan en un par de metros poco iluminados. En alguna ocasión vi a una pareja muy peculiar: él, veintitantos años, chavoruco, nada extraordinario; ella, cincuentona con un vestido que me recordó a las películas de Vicente Fernández. Parecían bastante enamorados, pues reconocían su cuerpo entre la poca luz del lugar. En mi mente se empezaron a tejer un par de conclusiones, desde el cliché que el amor no tiene edad hasta cuánto cobraría por el servicio completo. Ninguna de mis hipótesis pudo ser verificada.

Las cantinas van más allá del ingerir un par de tragos, fortalecen las amistades y con ella el alma. Pues no hay nada más saludable que compartir las penas y problemas que la vida adulta nos da con un par de compas. Hipótesis comprobada con el par de caballeros que el sábado en Celaya contaban sus proezas como cantantes en algún bar de la ciudad y la poca tolerancia de sus esposas con sus retrasos nocturnos. Las risas contagiaron el lugar, demostrando así, la esencia de estos lugares, la familiaridad de quienes se reúnen. Jamás lo había visto y probablemente nunca los vuelva a ver, pero en ese momento, nos sentíamos amigos de un par de años. Al igual que el profe, el personaje típico de cantina mexicana: solo en una mesa, pero todos conocen y respetan. El buen hombre solo tomó un par de tequilas y se marchó, sin antes dejar pagada una cerveza al loquito de la ciudad.

La experiencia no termina ahí, pues, aunque riesgosa, me animé a entrar a una cantina sola, pensé lo peor, en medio de tanto feminicidio, una no puede pensar bien de un montón de hombres con par de cervezas encima. Cuál sería mi sorpresa que terminé charlando sobre fútbol con el cantinero y tres caballeros que lo acompañaban en la barra. Me compartieron sus experiencias en sus visitas al estadio Azteca y el matrimonio cuando les comenté que estaba a días de casarme. Me dieron sus buenos deseos y un par de consejos sobre las pequeñas cosas que las mujeres no les comprendemos. Me fui sin ser atacada sexualmente ni estar alcoholizada como lo predecía mi madre.

Al final, las cantinas son tan necesarias como cualquier otro espacio de entretenimiento. A visitarlas. ¡Qué más!

También lee: Escribir sobre lo ya escrito | Columna de Andrea Lárraga

Nota Anterior

La segunda guerra mundial en Rusia 2018 | Columna de Alma Barajas

Siguiente Nota

Niega Carreras hacer caso omiso a la Alerta de Género en SLP