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Derecho de rebelión | Columna de Ricardo Sánchez García

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Después de la jornada electoral 2017, se percibe en el ambiente un sabor muchas veces ya probado. Los comentarios generados a partir de los comicios en el Estado de México son de rabia, tristeza, desconcierto, pero con una amarga y repetida impotencia. No es para menos. Los beneficiados del sistema parecen dejar en claro que no hay medio pacífico que permita participar activamente en la vida democrática a quienes así lo desean.  Con tantos años en el poder, tienen la experiencia de saber administrar la inconformidad e ir dosificando estrategias como válvulas de escape en sectores de la población, alimentando la esperanza de que el cambio puede venir en las siguientes o siguientes o siguientes elecciones.

De acuerdo con John Locke, el pueblo al haberse reservado el derecho de elegir a sus representantes tenía el único fin de que estos fueran elegidos libremente. Un presidente con los índices más bajos de aprobación, un proceso electoral con prácticas fraudulentas, un instituto rebasado, hablan de la intención a toda costa de perpetuar en el poder a quienes gobiernan. Pero, controlar a candidatos y electores, amañar los sistemas de elección, ¿qué es sino cortar las raíces mismas del gobierno, envenenando así la fuente de la seguridad pública?, dice el filósofo inglés.

Cuando un pueblo carece de libertades y tiene conciencia de ello, sólo debe voltear a ver a sus conciudadanos y reconocer ese privilegio de derrocar a los tiranos que le han traicionado. En su Segundo Tratado Sobre el Gobierno Civil Locke señala: “Si un hombre inocente y honesto está obligado a no abrir la boca y abandonar todo lo que tiene, simplemente para no quebrar la paz, y tiene que ceder ante quien pone violentamente las manos sobre él, yo pediría que se considere qué clase de paz habría en el mundo: una paz que consistiría en la violencia y en la rapiña, y que se mantendría para beneficio exclusivo de ladrones y opresores”.

Para algunos especialistas, la guerrilla es una manera de hacer política, equivalente a una huelga, una manifestación, un  mitin o un boicot. A las guerrillas les precede un asfixiante ambiente político. Es la respuesta a la violencia del poder. Brota donde hay intolerancia, limitaciones a la democracia o falta de esta. Persecución, racismo y represión. Aunque parecen problemas políticos, en el fondo son problemas económicos; insatisfacción de la sociedad porque la función del Estado no se cumple.

Genaro Vázquez y Lucio Cabañas encabezaron dos de las guerrillas más importantes del país. Si no lo recordaban, a ellas les precedieron formas de lucha no armada, en la vía electoral. También les antecedieron pobreza, marginación, ignorancia y abuso de caciques.

El maestro Genaro Vázquez participó en las elecciones locales de 1962. En ellas debían elegirse gobernador, diputados y ayuntamientos de Guerrero. Llegado el día, la jornada electoral se desarrolló conforme a los procedimientos habituales del PRI: coacción oficial sobre los votantes, fraude electoral y una inmediata represión contra la inconformidad. Antes y durante la jornada el gobierno sembró terror para los votantes, después de ella el ejército federal impidió actos de protesta. La Asociación Cívica Guerrerense, trinchera de su lucha política, en sus inicios, actuó sin recurrir a la violencia armada. El gobierno trató de destruirla y les hostilizó ininterrumpidamente. Después de las elecciones, el profesor estuvo detenido injustamente durante año y medio. Al fugarse de la cárcel de Iguala se refugió en la sierra, huyendo de la sangrienta persecución del Estado. Ahí decidió terminar su lucha pacífica y ejercer su derecho a la oposición armada.

Lucio Cabañas organizó en Atoyac a tres mil campesinos para presentar al nuevo ayuntamiento los problemas del pueblo y exigir soluciones. Ya organizado en 1965, sus peticiones fueron dirigidas al gobernador de Guerrero: servicio médico, fuentes de trabajo y acciones para erradicar la pobreza. La guerrilla inició luego de una matanza por elementos del estado contra estudiantes y campesinos. El maestro fue responsabilizado del derramamiento de sangre y obligado a huir a la sierra, ahí decidió cambiar sus formas de exigir justicia social.

En los discursos iniciales de ambos profesores, ninguno deja ver la intención de iniciar un movimiento armado. Sus escritos son intenciones pacíficas de participar democráticamente para mejorar las condiciones de la población. Ambos enfrentaron represalias brutales. Se les desplazó de la vida política institucional mediante derramamientos de sangre. Se les criminalizó y se les abrió un proceso. En el gobierno priista, desde entonces no había cabida para la oposición.

Hoy nos venden la idea de que tenemos instituciones confiables que posibilitan a cualquier fuerza llegar al gobierno por la vía de las urnas. Durante años hemos insistido en la vía pacífica y electoral. Pero la última experiencia en el Estado de México nos deja claro: las y los ciudadanos corremos el peligro de repetir siempre las mismas consignas, las mismas frases, las mismas inconformidades e interponer los mismos recursos. Al final, el gobierno en el poder tiene sólo un propósito: someter e integrar a la oposición o acabar con ella.

Han olvidado que el pueblo guarda latente ese derecho de rebelión, inherente a su naturaleza. A pesar de que ese derecho es sagrado, porque su ejercicio es indispensable para romper los obstáculos que se oponen al derecho de vivir, dijo ya en 1910 Ricardo Flores Magón, nunca lo aceptarán los tiranos; pero tristemente a veces tampoco lo entendemos los ciudadanos.

@RicSanchezGa

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