#4 TiemposDeportesFunambulista

El Derby | Columna de Edén Martínez

Funambulista

El futbol no es como la guerra, es la guerra
-Esteban Martínez

 

La cancha tiene un brillo insoportable, un verde casi ilusorio que colabora con la lividez del aire, para conformar, en conjunto con el azul índigo del cielo, la naturaleza impresionista del acontecimiento: figuras indefinidas, sugerencias breves que sólo cobran sentido en la distancia. Flamingos FC se enfrenta, después de una larga espera, a su antítesis futbolística: el Club Campestre Fútbol Sociedad, quienes cinco años atrás, en una contienda reñida y difícil, lograron coronarse con un golpeadísimo marcador 4:3.

Se definen las formas, la claridad se recuesta entre una portería y la otra, disipando esa neblina bochornosa que no es más que el efecto del intenso calor. En la transparencia de lo definitivo no habrá puntos medios: el duelo se jugará a las dos de la tarde, bajo la mirada directa del calor del mediodía. Es la situación perfecta para exacerbar la belicosidad deportiva de una ciudad, que, más de 400 años después de su última gran batalla, sólo puede liberar sus traumas pateando balones.

Los equipos desfilan. Andy Delgado, capitán del Flamingos, aparece primero, liderando una fila de diez púberes variopintos. Todos menos el portero —que es azul— visten un uniforme rojo sangre: Aldo Reséndiz, un regordete bajito, artista del medio campo; Adrián Hernández “el topo”, moreno y dientón; el último en entrar al campo es Santi Márquez, rubio, colorado y ancho.

La grada estalla: es el turno del equipo blanco. Entra, ahora del lado del Futbol Sociedad, Rafael Salas, capitán, líder moral y personalización en carne y hueso del liderazgo. Viene acompañado por su séquito fiel: Jona Mahler, robusto y atlético; Héctor Minerva, delgado y alto, garrocha de cabello rizado, mirada tenebrosa y remates contundentes; seguidos por un muchacho pecoso, el defensa violento y resistente Aldair Flores.

Los dos linajes de muchachos se miran frente a frente, los improperios pasados parecen evaporarse transformados en la sustancia universal e indistinguible del aire, arrastrados por el hálito hirviente del estío. Cuando Alejandro el Grande derrotó a Darío III en Gaugamela, éste declaró que, sin importar los números, ganaría aquel que supiera vencer al sol. Al igual que los griegos en la boca de Asia, los muchachos-niños del Flamingos FC se enfrentan a un mundo diferente y ajeno que nunca ha conocido la derrota y que por lo tanto tampoco la puede prevenir.

Suena el silbatazo inicial, ese heredero lejano de las campanadas bélicas de las primeras ciudades medievales. El Fútbol Sociedad controla, dirige, construye una estrategia de medio campo que es pocas veces interrumpida por los esfuerzos del FFC, quienes, aunque reducidos y acorralados, mantienen el temperamento y rechazan la lluvia persa de balones. El fútbol es un vals de improperios y escasas luces, cuando la belleza se presenta siempre causa escándalo. El empeine de Mahler encontró un espacio: truena con encono faríngeo la celebración del gol. El poste seguía vibrando cuando recogieron el balón.

Al minuto 40 el Futbol Sociedad continúa ejerciendo presión y mantiene la ventaja. Los dioses poseen todavía el fuego y castigan a los once estropeados prometeos. Pero el fuego tarde o temprano llega a los hombres: Andy Delgado, en el minuto 43, atraviesa la trinchera casi marcial de la defensa, como un Havilland Mosquito sobre la arena blanca marroquí, y coloca la pelota en el extremo derecho del arco con una aterradora y precisa frialdad que recuerda las hazañas de Vasili Záitsev. Ni un músculo de su cara tembló. Silbatazo. Miradas al cielo. Algunas palabras en los vestidores.

La micro ciudad en que se convierten los públicos recluidos en las gradas tuvo sus quince minutos de protagonismo: uno y otro lado intercambiaron improperios.
De vuelta a la cancha. Silbatazo. Flamingos retiene el esférico, lo pierde. Campestre arranca otra vez con agresividad y posesión. Desliza el balón con verticalidad y aprovecha cada espacio para lanzar un tiro a portería. Algunos cercanos y veloces, otros más bien torpes y compungidos. La ráfaga colabora a la sensación de dominio y seguridad que necesita el Futbol Sociedad para mantener su ánimo elevado. En una de esas oportunidades, mitad ilusorias y mitad fatales, el larguirucho Minerva coloca un disparo ridículamente potente que rebota en la ancha espalda de Reséndiz.

La pelota toma la trayectoria contraria y termina funcionando como un perfecto pase para los rojos. Cae frente a Márquez, que decide utilizar su resistencia física para compensar su falta de talento futbolístico llevándose al portero y dos defensas en un sprint de varios metros coronando el extenuante esfuerzo con un gol. La mitad del público se arrebata, la otra desfallece. El rostro de Rafa Salas se descompone, pero recuerda comebacks memorables para darse empuje, y organiza nuevamente una serie de asaltos pendencieros. París asaltada por la Wehrmacht. Flamingos no tiene un respiro y se atrinchera. Andy Delgado controla, organiza la resistencia para conservar la ventaja. Si algún jugador rojo desfallece se acerca, lo abraza, le menciona cosas al oído y lo recompone con un golpe amigable en la espalda. Salas grita, ordena, dirige la interminable ofensiva, extiende balones, los recupera, cambia los juegos y cuando un disparo es rechazado ya prepara el siguiente. Su ritmo es el de la guerra total pero es insostenible.

Todo resplandece, los contornos vuelven a perderse entre el espejismo solar, como si sus rayos fundieran los colores del campo y al final solo queda un extraño vaho. Nadie podía mantener los ojos completamente abiertos. El Campestre frena. Imposible atacar por siempre. Se hacen algunos cambios. Nadie presta atención. Nadie puede.  Jona Mahler pierde piso y se sostiene de Hernández, que está tambaleante. Márquez se aferra, se mantiene a la vera de Andy, que le devuelve la mirada, “aguanta un poco más”. Faltan diez minutos. Faltan cinco minutos. Ya nadie sabe cuánto falta.

Salas delira, sus pases pierden cualquier remedo de cordura. Nadie está donde debe estar, parece un cuadro del Bosco. Salas cierra los ojos, los aprieta. Le regresa el alma al cuerpo con la violencia del último impulso vital de los convalecientes. Hace una pared con Jona, nadie puede seguir ese balón. Andy intenta volver. No puede, él es demasiado pesado y Salas parece una pluma. Los defensas son esculturas de sal, no se mueven. Salas encara al arquero. Frena, se acomoda…tira. Algo se rompe. Nadie sabe qué sucede, no hay una sola sombra. Silbatazo.

Los lamentos, mentadas de madre y alabanzas de ambos bandos duraron poco. Ninguna emoción puede prolongarse por mucho tiempo en la canícula. El fuego ya es de los mortales y Zeus vomita de cansancio a varios pasos del manchón de penal.


deslok10@gmail.com

BIO: Hijo del Grillo, estudiante de historia, cofundador y director editorial de Thefictionreview.net”



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