#4 TiemposFunambulista

Del eterno retorno Nietzscheano (o sobre cómo actuar antes de beber) | Columna de Edén Ulises Martínez

Funambulista

La idea (…) y la doctrina del eterno retorno pretende armonizar las dos tendencias contradictorias propias del placer: eternidad y repetición.
Walter Benjamin


Una de las novelas más tristes que he leído es La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Su final es contundentemente trágico. Es funesto sobre todo porque, al final de tanto dolor y habiendo perdido tanto, es como si nunca hubiera ocurrido nada. La tragedia es planeada minuciosamente y con alevosía: Kundera se encarga de que el lector esté consciente intelectualmente de la naturaleza efímera del crimen: el amor de Tomás y Tereza fue, además de doloroso, fugaz.  

Con este libro fue como conocí la teoría del eterno retorno, o del tiempo circular, un tema recurrente en la historia de la filosofía llevado a su cenit por Friedrich Nietzsche. Para el alemán tenemos que vivir esta vida como si nuestros actos fueran a repetirse hasta el infinito. Todas las decisiones que tomemos, por más pequeñas que éstas sean —el beso que no dimos hoy, los tacos que sí nos comimos— tendremos que volver a vivirlas para siempre, están condenadas repetirse. Esta teoría, o más bien esta fábula metafísica, se basa en un principio algebraico: un número N de objetos es incapaz de un número infinito de variaciones, por lo tanto, estas variaciones van a repetirse ad infinitum. Troya volverá a caer, Bruto de nuevo asesinará a César, y Peña Nieto será otra vez presidente.

Pero no hay por qué asustarse, el tiempo circular es, como idea filosófica, inoperable y superficial: su importancia radica en el ámbito moral de los acontecimientos. Si el eterno retorno no existe, si las cosas suceden solo una vez, entonces es como si nunca hubieran sucedido, son leves, flotan, son fugaces y carecen completamente de importancia. Imaginar que nuestros actos se repetirán por siempre le da peso, sentido a nuestras decisiones: actúa de manera en que no te arrepientas de repetir eternamente lo que has vivido.

Esta idea, por más que se parezca al clásico cliché de carpe diem o vive la vida al máximo, esconde una punzante lección sobre la responsabilidad. Aunque la fórmula está destinada a ser una ascesis — un modo de vida diseñado para vivir con virtud—, el eterno regreso también exacerba las tragedias y aumenta al paroxismo las repercusiones del mal: somos mil veces responsables por el dolor que causemos. Tenemos que evitar infundir daño, o nuestros crímenes serán eternos.

Como ya mencioné antes, la antítesis de la gravedad del eterno retorno es la levedad: la constancia de que todo ocurre solo una vez, y por lo tanto, es completamente irrelevante. Lo que hagamos no importa, al cabo que ya pasó, ya no es y es como si nunca hubiera sido. Esta idea es la que provoca la interminable nostalgia de lo ya acontecido: sucedió, sí, pero no volverá ya nunca más, como las golondrinas de Bécquer. La próxima vez que vayas a un bar decide, ¿te comportarás como si tus actos se repitieran infinitamente?, ¿o como si fueran tan etéreos que apenas puedan palparse? Decide bien, tal vez hagas el ridículo para siempre.

deslok10@gmail.com

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