#4 TiemposLetras minúsculas

El deber de la belleza | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

Se cuenta que en cierta ocasión el pintor español Pablo Picasso (1881-1973) mostró a una distinguida dama de sociedad el retrato que de ella acababa de hacer. La dama observó el cuadro detenidamente y por último exclamó: «¡Pero, hombre, si no se me parece en nada!». A lo que respondió el pintor: «¡Hala, pues a parecerse a él, señora, que ésa es su obligación!».

Ignoro de dónde sacarían esta anécdota los que la han contado en sus libros, y conste que me la he encontrado en más de tres. Para no ir tan lejos, vea usted cómo comienza una novela de Francisco Umbral titulada Las señoritas de Aviñón: «Un tal Pablo Picasso andaba por la ciudad haciendo retratos a las señoritas que se dejaban. La tía Algadefina se dejó y la sacó un poco agitanada pero vagamente parecida.

«-Oiga, señor Picasso, que la tía Algadefina no se parece demasiado.

«-Deje el retrato en paz. Los retratos tienen que reposar. Ya se parecerá».

La anécdota, como queda dicho, ha sido contada de las maneras más diversas e ignoro cuál sea la más apegada a lo que de veras sucedió; a este respecto lo único que sé es que Gertrude Stein (1874-1946), la escritora amiga de Picasso, contó una historia algo diferente a las dos anteriores que, según nosotros, merecerá alguna credibilidad por haber sido ella misma la dama pintada. Escribió en su autobiografía que en el transcurso de una velada confesó a Pablo que le había gustado mucho el retrato que de ella había hecho, y que éste le respondió: «Sí, todo el mundo dice que no se parece, pero esto carece de importancia: ya se parecerá».

Pablo Picasso

Supongamos que esta última sea la versión verdadera. Si así fuera, preguntémonos: ¿qué es lo que Pablo Picasso quiso decir a Gertrude Stein? Pongámonos aunque sólo sea un momento en su lugar. Picasso había pintado a su amiga tal y como la veía en su mente, es decir, revestida con los rasgos de la idealidad; si los rasgos de carne y hueso no correspondían aún a los que él había trazado en el lienzo, ése no era ya problema suyo: él ya había hecho lo que le tocaba; el resto, por decir así, era cosa de la dama.

Lo propio de la pintura, en efecto, es plasmar la idealidad. ¿Quién ha dicho que los rostros pintados deban parecerse a sí mismos? ¡Ya se parecerán! Digámoslo con palabras prestadas, digámoslo con don Eugenio d’Ors (1881-1954), el pensador español: «En un retrato, lo fundamental no es el parecido del modelo, sino la conquista del símbolo». ¿Cabría explicarlo mejor? Sí, aún cabría explicarlo mejor: «El pintor, el buen pintor –explica don Pedro Laín Entralgo- es un liberador del ser de las cosas creadas, un descubridor de lo que las cosas aspiran a ser» (véase su libro Teatro del mundo).

El problema con las fotografías reside en que éstas no dan de nosotros más que la imagen de lo que somos en el presente, pero nunca la de lo que seremos en el futuro, ni la de lo que podríamos ser alguna vez. ¿No es verdad que existen en este mundo muchos hombres y mujeres que confiesan con dolor no ser todo lo fotogénicos que quisieran? Apenas ven que observas una foto suya, te la arrebatan, pues no se reconocen en ella: creen –con razón- que el rayo de luz que impresionó el negativo no tuvo tiempo de captar sus rasgos más verdaderos. «¡Éste no soy yo!», gritan consternados. Y hemos de respetarlos: puede que, en efecto, no son ellos. ¿Y no es verdad que gente que nos pareció hermosa en una fotografía nos desilusiona después en la realidad? No obstante, también sucede a menudo lo contrario: gente que fotografiada nos pareció fea, ya en la realidad nos pareció bellísima. Bien, digámoslo de una vez por todas: las fotografías engañan en la misma medida en que les es imposible dar cuenta exacta de nuestro misterio personal. «¿Sabes, Hajime? – dice un personaje de Al sur de la frontera, al oeste del Sol, la novela del escritor japonés Haruki Murakami-. A través de una fotografía no puedes comprender nada. No es más que una sombra. El verdadero yo está en otro sitio. Y eso no sale reflejado en la imagen».

Ben Heine; Pencil Vs Camera

Tal es el motivo por el que las iglesias de Oriente no utilizan nunca en el culto la fotografía de sus santos, sino sólo sus iconos, sus pinturas. El novelista rumano Constantin Virgil Gheorghiu (1916-1992) explica en un libro autobiográfico cuál es la razón de esto: «Un icono –dice- es una imagen, pero una imagen que no es exclusivamente terrestre. Una imagen teándrica, en parte celeste y en parte terrestre… Una fotografía, que es una imagen terrestre, incluso si es la fotografía del santo, jamás puede servir de icono. Los cánones de la iconografía lo prohíben categóricamente. Si un día se descubre la fotografía de un santo, no podrá ser colocada en lugar del icono venerado de ese santo. Porque una fotografía es la imagen exclusivamente terrestre del hombre. El icono, por el contrario, es la imagen pura e integral del hombre, con todas sus dimensiones, terrestres y celestiales».

Así es: sólo a la pintura le ha sido concedido el don de representar el rostro humano en sus dimensiones más sobrenaturales e invisibles. En el caso de Gertrude Stein, si su retrato era mucho más bello de lo que era ella en la actualidad, había aún un camino por recorrer: tratar de parecerse a él, es decir, embellecerse. Uno no nace bello, se hace. Durante mucho tiempo tanto Hollywood como la publicidad han querido convencernos de que la belleza es un don de la naturaleza o bien algo que tiene especial relación con la cosmética. ¡Pues bien, no! La belleza es algo que se consigue, aunque no sin esfuerzo; es menos un don que una tarea: «Después de cierto tiempo -dice Albert Camus- todo hombre es responsable de su cara».

Para Plotino (205-270), el filósofo griego, existía el deber humano de hacerse bello. Escribió así en la primera de sus Eneadas (6,9): «Vuelve sobre ti mismo y mírate; y si ves que todavía no eres bello, haz como el escultor con un busto que tiene que ser bello, que aquí cincela algo, allí lima, alisa esto, aclara lo otro, hasta que realiza un bello semblante con el busto; así tú también quita toda la escoria posible, endereza lo que está curvado, limpia lo oscuro, hazlo brillar y no pares de esculpir tu propia estatua».

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