#4 TiemposDesde mi clóset

De la criminalización al exterminio | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset


Estas últimas semanas he tenido la oportunidad de estar en un intercambio en los Estados Unidos de América para conocer la perspectiva de distintos activistas respecto a los derechos humanos en el continente. Estuve en El Paso, Texas, ahí conocí la forma en la que distintas organizaciones civiles están resistiendo la política migratoria de la actual administración federal norteamericana. Justo cuando el segundo debate de quienes buscan la Presidencia en México se centró en este importante tema. Luego de escuchar las “propuestas” sobre la protección de los derechos de las personas migrantes, la postura en cuanto a la cooperación binacional y la creación de políticas públicas que respondan a las necesidades del pueblo mexicano, me queda una sensación de insatisfacción.

Considero que la displicencia con la que cada candidato tocó el tema, impide tener un panorama certero. Ninguno de los contendientes reunidos en Tijuana ha tenido que atravesar las vicisitudes que una persona de a pie al cruzar la frontera enfrenta, incluso con visa en mano. Eso fue lo que me pasó en esta ocasión.

Al inicio de mi revisión en el circuito de seguridad, el agente en turno observa mi apariencia, pregunta mi nacionalidad y solicita mi pasaporte. La forma de hacerlo hace que me sienta incómodo, medio nervioso. Revisa la visa y cuestiona los motivos de mi estancia en EEUU. Yo respondo de forma atropellada, trastabilleo. El agente se aleja, comienza a indagar a través de sus dispositivos digitales. Eso minutos fueron eternos, muchas imágenes pasaron por mi mente. Me sentía un criminal, incluso llegué a imaginarme preso. Recordaba las enormes filas de las puertas de entrada, los llantos de las mujeres que buscaba a su hijo desaparecido. Luego de varios minutos, el agente me entrega el pasaporte y me permite continuar con el trayecto.

El relato anterior, de un sujeto con algunos privilegios como yo, que se siente incriminado solo por el hecho de ser mexicano, es un significado cultural que circula recurrentemente. Si hubiera tenido la oportunidad, preguntaría a los candidatos a la presidencia si consideraban que los connacionales que cruzan el río grande, el desierto, o son transportados como mercancía en un asimiento brutal, son todos criminales. Criminales que huyen de un país donde las oportunidades de desarrollo son escasas. Criminales que buscan mejores condiciones de vida, con salarios que permitan solventar las necesidades básicas de la familia. Criminales que huyen de la persecución de un narco-estado que condena la insurrección con la muerte.
Para una persona que busca llegar a Estados Unidos, sin una visa, ya sea para solicitar asilo político, o en busca del American Dream, atraviesan un proceso de criminalización de su condición equivalente a la de los judíos durante el poderío nazi. Y no solo pasa con el país gringo, en México la dureza con la que se les trata a nuestros hermanos centroamericanos raya en lo absurdo. Miles de víctimas de trata con fines de explotación laboral y sexual, muertes, secuestros y cualquier cantidad de peligros que superan la ficción.

Hoy en día, ser latino en un país cuasi-neonazi es tan peligroso como ser musulman. La gente te percibe como un extraño. Trump lo dijo de manera clara, nos señalan como animales. Este hecho está relacionado a la cultura de la caza. Un humano se siente con la autoridad moral para asesinar a cualquier otro ser vivo en el planeta ya que considera que todo lo demás en la tierra está para satisfacer su necesidad. Lo mismo ocurre con la concepción del inmigrante, es un animal, un ser inferior que por no estar a la altura de las circunstancias, puede ser objeto de tortura, explotación y es posible disponer de su vida como mejor parezca al hombre blanco. En un país donde es posible poseer armas, y se promueve su uso en la actualidad.

La discriminación, vista como la restricción de un derecho, está presente  en la política migratoria desde el momento en la que el estado mexicano no genera las condiciones necesarias para garantizar el desarrollo integral de quienes integran el país.

Migrar al vecino país del norte no solo implica abandonar el hogar primario, sino que involucra una serie de decisiones que arrastran una fuerte crisis de sentido. La frontera está despertando, y no será el gobierno, ni las instituciones quienes puedan resolver el problema que les ha rebasado. Será la sociedad civil organizada, quien desde los espacios de resistencia construya puentes y destruya los muros que les oprimen.

Al respecto, ¿Será que una nueva guerra civil podría desatarse? ¿A caso la falta de gobernanza ha propiciado la instauración de un estado fallido que busca la purificación? De qué forma el papel de “las minorías” está influyendo en la generación de un sentido de lucha, reaccionario y con sed de justicia? La respuesta es incierta. Tan incierta como el futuro de un país en manos de hampones y caudillos chafas que con demagógicos discursos buscan convencer incautos.

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