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Cuando el Necaxa le ganó al Santos de Pelé | Columna de Carlos López Medrano

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Hace unos años tomé un taxi en la Central de Autobuses de Ciudad de México. Me tocó subir a uno que era conducido por un anciano de bigote y cabello cano. Le indiqué la dirección a la que íbamos e inició el camino. Al poco rato me preguntó que de dónde venía. Para no decirle que venía de San Luis Potosí (información confidencial que luego podría vender a grupos de estafadores rusos), le dije que venía de Aguascalientes.

“Ah, ahí juega el mejor equipo de México: el Necaxa”, me respondió y a partir de surgió una conversación del futbol de antaño, un ritual que por desgracia ya no existe y en donde el deporte, el honor y la pasión ocupaban un lugar preponderante, por encima de los factores extracancha que en la actualidad tanto dominan e influyen sobre la concepción del juego.

Le comenté que yo era uno de esos niños que se hicieron aficionados al Necaxa durante la década de los noventa, cuando el equipo era un portento que marcó a una generación. El Necaxa que deslumbraba con jugadores de la talla de Ivo Basay, Álex Aguinaga, Nacho Ambriz, Luis Hernández, Alberto García Aspe, Ricardo Peláez, Sergio Almaguer, “El Ratón” Zárate, Sergio Vázquez, Cuauhtémoc Blanco e incluso el crack “Popeye” Oliva. Todos ellos jugadores de primera clase, que podrían estar sin problema alguno en un hipotético 11 histórico del balompié nacional. Dirigidos, por cierto, durante algunos años por el gran Manolo Lapuente, cuyo estilo vistoso y efectivo lo llevaría al banquillo de la selección mexicana.

Con el taxista también hablé sobre la mítica participación del Necaxa (ya con Raúl Arias) en el Mundial de Clubes del año 2000, cuando los Rayos tuvieron contra las cuerdas al Manchester United de Ferguson (con Gary Neville, Beckham, Roy Keane, Stam y Ryan Giggs en el campo). Un partido que estuvo cerca de ganarse, si no hubiera sido por un gol de Dwight Yorke en el minuto 88 que puso el 1-1 en el marcador final. Unos días después, el Necaxa ganaría el partido por el tercer lugar ni más ni menos que al Real Madrid, comandado por Raúl y en el que también estaban Fernando Hierro, Karanka, Helguera, Morientes, McManaman y… ¡Samuel Eto’o! Todavía, hasta la fecha, es la participación más destacada de un club mexicano en esa competición.

Y eso nos llevó a tocar una hazaña aún mayor. Un suceso que las generaciones más jóvenes ya no recuerdan, pero que en su momento supuso un hito. La primera vez que un club de México dio un golpe mayor en el plano internacional, mucho antes que el América, Chivas, Cruz Azul, Pumas o Pachuca pudieran preciarse de ello.

El Necaxa le ganó al Santos de Brasil en 1961, una entidad que contaba entre sus filas con un tipo llamado Edson Arantes do Nascimento “Pelé”. Sí, el Necaxa le ganó a la orquesta que comandaba Pelé.

El partido ocurrió el 2 de febrero de 1961 y se llevó a cabo en el Estadio Universitario (que se volvería Olímpico por lo del 68) durante un Pentagonal en el que también participaron el Guadalajara (que a la postre se llevaría el título), el Oro e Independiente.

El Santos de aquel entonces era un monstruo temible, y uno de los mejores del mundo. Además de Pelé, el equipo contaba con jugadores campeones con la selección brasileña como Mauro Ramos, Countinho, Pepe y Zito.

Cabe destacar que el Necaxa fue la única entidad capaz de vencer al Santos en el pentagonal. Durante los días previos hubo muchas especulaciones y burlas acerca de la probable goleada que iba a llevarse el Necaxa pero, para sorpresa de los presentes, el día del partido fue muy diferente. Todos acabaron con la boca abierta cuando el Necaxa se puso 2-0 arriba del Santos. Sin embargo, luego el Santos remontó en unos minutos de vértigo hasta dejar un 2-3 sobre el tablero.

Fue ahí donde muchos se desanimaron. Era un golpe de dura realidad: la marabunta brasileña había reaccionado y si se ponían serios no había nada que hacer. Eso pensaba la generalidad, excepto por los componentes del Necaxa que no se rindieron. Fieles al espíritu de épica de la institución, lucharon hasta el final. Y no solo empataron 3-3, sino que, 20 minutos antes de que aquello acabara, Dante Juárez, quien dio un partidazo, anotó el gol del triunfo. Las crónicas de la época relatan que los últimos instantes del juego estuvieron dominados por la valentía del cuadro Necaxista que le había comido la moral al que muchos consideraban el mejor equipo del mundo. El Estadio de Ciudad Universitaria enloqueció ante el acontecimiento. Una anomalía había ocurrido ante sus narices.

Los sobrevivientes de aquel cuadro Necaxista todavía se reúnen cada 2 de febrero para recordar el día en el que cimbraron al mundo futbolístico y en donde demostraron entereza ante la adversidad.

***


El Necaxa. Una pandilla de orígenes electricistas. Siempre con humildad y con una travesía injusta y desafortunada. Conformaron un misterio: club con historia, trofeos y leyenda que, sin embargo, ha vivido a la sombra. Ninguneado, desmantelado y sin gran apoyo, se las ha ingeniado para sobrevivir a través de varias encarnaciones. Y una escuadra que ya desde los años veinte trajo modernidad al país al incorporar un sistema muy semejante a lo que ahora se conoce como tiki-taka: pases cortos, rápidos, en donde se priorizaba lo colectivo antes que lo individual, muy deudores de lo que por entonces se manejaba en la vanguardia del futbol británico.

Ya en los años treinta llegó la etapa de los míticos “11 hermanos”, caracterizados por su gran camaradería y entendimiento dentro del terreno de juego. Horacio Casarín y el “Pichojos” Pérez se volverían unas de las primeras celebridades del futbol nacional. Estrellas pop en tiempos donde inauguraron el término de “doblete” para enaltecer las vitrinas a la escuadra a la que representaban.
Luego, de manera explicable (bueno, por problemas económicos y falta de proyecto), vinieron dos desapariciones (una en 1943 y otra en 1971). La modernidad pretendía barrer con el legado de un equipo que había surgido en medio de la fantasía. No obstante la llama quedaba ahí, era un milagro tan fuerte que no se olvidaba, inclusive al escasear las voces que mantenían vivo el aliento.

El 21 de mayo de 2016 el Necaxa ganó otra final de ascenso y ese día recordé a aquel taxista, tan amable, con el que disfrute de una hora y media de trayecto. El que me contó cómo de niño, junto sus amigos, y gracias a la magia de la radio, se rindió ante el Necaxa de los 10 minutos infarto. Ese que podía ir abajo 3-0 sin darse nunca por vencido y que de algún modo se las arreglaba para dar la vuelta en los últimos suspiros del encuentro.

Lamento no recordar el nombre de aquel señor. Alguien con un vehículo viejo que seguramente no pasaría el filtro de Uber, pero que me dio una cátedra del verdadero amor por el deporte. Espero que el hombre siga vivo y que siga contemplando la enésima caída del Rayo.

@Bigmaud

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