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Cuando el tiempo se contraiga. Crónica de Luis Moreno Flores

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HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

Por: Luis Moreno Flores

… cuando la mañana herida, te lleve lejos de aquí, dirás que el mundo, niña, no está hecho para ti… de caminar a obscuras por calles heladas hasta el amanecer, te quedó una larga historia, una vida rota y todo por hacer…

Desde que nos conocemos, Alberto me dedica canciones. Siempre son muy atinadas, con esta de Dorian incluso lloré un poco, porque sé exactamente el motivo que la relaciona conmigo.

Mi problema ha sido el mismo toda la vida: encuentro a alguien, viene el amor, lo sigo a donde vaya, hasta que finalmente termino aburrida, no solo de él sino de la ciudad, de las situaciones, de la comida, de la casa, de todo; entonces se presenta alguien nuevo y escapo.

Vi por primera vez a Alberto en una fiesta, yo iba con alguien más pero en algún momento de la noche estaba sola y lo vi sentado en un sillón, bebía vodka con jugo de piña y parecía triste. Me acerqué, no era muy guapo y era claro que tenía 4 o 5 años menos que yo. Aun así emanaba cierto encanto. Platicamos de cualquier cosa, dijo que me parecía a su mejor amiga, vi con simpatía las trabas que en ocasiones tenía para hablar, seguro estaba nervioso, su cerebro procesaba las palabras más rápido de lo que su boca podía fabricarlas.

Casi al final de la fiesta, salí para fumar un cigarro y lo besé porque él nunca se hubiera atrevido. Más tarde nos despedimos e intercambiamos teléfonos. Apenas había despedido a mi cita cuando sonó el teléfono, era Alberto: con más tartamudez que antes (ahora resultaba tierno), me invitó a desayunar al día siguiente. Acepté.

Alberto llegó a pie y fuimos a un Vips cerca de mi casa, ambos comimos molletes mientras él contaba sobre cómo había terminado su relación anterior. Cuando comenzó el relato, pensé que era la peor forma de coquetear, pero, como ocurría con sus tropezones al hablar, esas fallas parecían lindas y quizá hasta interesantes. Preguntó qué había conmigo y vacilé sobre si contarle que ese mismo año había vivido con hombres en Barcelona y París; finalmente lo hice y pareció gustarle.

Al volver, mamá pidió darle de comer a Daisy, una labrador que a ratos resultaba más otra hermana que una mascota. Alberto fue conmigo al cuarto de servicio, donde guardábamos su comida. Mientras servía las croquetas, algo debió pasar, Alberto dejó de ser el retraído encantador: llegó a mis espaldas, tomó mi cintura, besó mi cuello, luego subió sus manos hasta mis pechos, giré para besarlo, lo derribé sobre una colchoneta y sin quitarnos la ropa comenzamos a movernos como si tuviéramos sexo. Acabé dos veces y creo que él al menos una.

Esa mañana en mi patio fue suficiente para continuar una relación, no le dimos ninguna denominación, sin embargo, ambos sabíamos que éramos una pareja.

Un viernes discutí con mis hermanas y en la universidad dijeron que tendría que repetir el semestre, estaba hasta la madre de todo, incluido el pendejo de Alberto. Hice una maleta y tomé un autobús a la Ciudad de México, me hospedé en casa de un amigo. A mi llegada cogimos, fuimos a cenar y luego a un antro en la Roma, ahí conocí a Marko, un profesor de historia del arte quince años mayor que yo y que estaba en México para tomar un congreso de restauración de patrimonio precolombino. Esa noche dejé la casa de mi cuate y llegué a la habitación de Marko, donde pasé toda la semana.

El último día de su congreso, Marko propuso irme con él a Oaxaca y luego a Florencia, consideré algunas dificultades que pudieran detenerme, pero como las más importantes que encontré fueron que mi ropa limpia se había terminado y mi pasaporte estaba en casa de mi madre, acepté. Marko propuso ir a mi ciudad y luego a Oaxaca, así lo hicimos. Decidí no avisarle a nadie del plan. Solo dejé una nota en la mesa del comedor.

La vida en Italia iba bien, decidí inscribirme en un curso de pintura dentro de la universidad donde Marko da o daba clase; aunque desde niña he dibujado, fue un cambio radical a mi carrera de administración en México. Para entonces mi familia había asimilado la situación (creo que están acostumbrados a mis sorpresas) y supongo que mis amigos le contaron a Alberto, quien envió un correo electrónico en el que no reprochaba nada, solo decía: “con esta canción te recuerdo”, tenía un enlace a un video de Marcello e il mio amico Tommaso, una banda de pop italiana que vi dos días antes en un festival. Vaya tino musical que tiene.

Nunca he tenido una relación tan larga como con Marko, estuvimos juntos seis meses, hasta que, como siempre (☹), acabé aburrida, pinches cuarentones, siempre tienen pedos en la cama. Afortunadamente, en Italia hice algunas amistades, entre ellas Haruka, con quien vivo desde hace tres semanas.

Haruka debe ser el estereotipo asiático de belleza, es respetuosa, algo fría, cae bien y me gusta. Hace meses contó que quería venir a Londres para trabajar, aquí los sueldos son mejores que en Italia. Luego de que le conté los problemas de Marko y mis ganas de dejarlo, dijo que había conseguido trabajo para las dos en Inglaterra, como meseras en un restaurante de comida española, arriba del cual tenían una pensión donde se alojaban sus trabajadores. Todo estaba resuelto.

No entiendo por qué, pero desde que pisé Londres no dejo de pensar en Alberto. Hace poco salí a dibujar en un parque cercano, estaba en una banca y se acercó un chico que me lo recordó, vestía pantalones entallados color negros, unos botines de motociclista, camisa blanca, corbata como la de James Dean en los primeros minutos de Rebelde sin causa y un abrigo azul marino que se veía costoso, era muy blanco, tenía el cabello castaño y revuelto, nada que ver con Alberto, que es, lo que en México llamamos, un ñoño. Dijo que se llama Nick, vive a unas cuadras, tiene dos hijos y está casado.

No soporté más la presión que el Albion ejerce sobre mí: llamé a Alberto. En México eran las tres de la mañana, no obstante, se portó muy amable, dijo que acaba de escuchar el nuevo disco de Franz Ferdinand (su banda favorita) y una de las canciones, The Univers Expanded, lo hizo pensar en mí.

– Dice algo como when the univers has expanded, time will contract, you comeback. Nada más así vamos a volver a vernos, cuando el tiempo se contraiga.

– Cállate, no tengo ni un año fuera de México.

– Pero contigo siempre es seguro que te irás. Tal vez el universo llega constantemente a su límite de expansión y es cuando regresas.

Colgamos y fui a dormir.

Van varios días que quedo de verme con Nick, siempre está justo donde lo dejo el día anterior, cada vez creo que se parece más a Alberto. Se queda inmóvil hasta que lo saludo, ¿será que es una estatua? ¿Es posible quedarse toda la noche en la banca de un parque? Le gusta que le dé un beso en la mejilla. Huele como Alberto.

Ayer me preguntó:

– ¿México, dime qué haces en el puto Londres?

Le conté la historia a partir de que encontré a Marko y dijo que era muy graciosa:

– ¿Así son todos los mexicanos?

– No sé, supongo que sí.

– Están locos. ¿Dónde trabajas?

– En una cafetería.

– No deben pagarte mucho. ¿Has cuidado niños?

– Sí, tengo tres sobrinos.

– Busco niñera para mis hijos, ¿te gustaría probar una semana? Seguro vas a ganar más que en el restaurante y puedes contarme sobre México, pienso ir pronto.

– ¿De verdad? Claro que quiero, cuándo empiezo.

– Mañana, toma mi dirección, cuando llegues dile al mayordomo que buscas al señor Mcarthy.

– ¿Mayordomo? Pues en qué trabajas.

– Adivina.

– Pareces un rockstar. ¿Eres actor?

– No, pero cerca.

– ¿Tienes una banda?

– Sí.

– ¿Cómo se llama?

– Franz Ferdinand.

Me puse a reír y abracé a Nick.

luismorenoflores@gmail.com /@LuisMorenoF_

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