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#Crónica | Alzar, de eso se trató el partido del TRI

Ir al futbol también es terapéutico

Por Roberto Rocha

Alzar el puño y guardar silencio. Alzar la bufanda y cantar el himno. Alzar la mano y gritar en cada despeje del rival. Alzar la cerveza y abrazarse con quien está a tu lado en el gol.

El México contra Trinidad y Tobago se trató de alzar, no solo lo que encontrábamos en nuestras manos durante el partido. Lo principal era alzar a un país dolido por las tragedias naturales y también a un estado con el ánimo roto por el asesinato de un periodista y la explosión de un auto señuelo, todo eso apenas horas antes del futbol.

El viernes fue uno de los días más difíciles de mi vida profesional. La muerte de Daniel Esqueda Castro me dio una zozobra que nunca había sentido desde que ejerzo como periodista. Me llevó incluso a quebrar en llanto abrazado a mi hermano, también de nombre Daniel. El viernes fue uno de los días más emotivos de mi vida como aficionado al futbol. Un estadio repleto en silencio, como homenaje a los caídos, me llevó a soltar algunas lágrimas y abrazar a Olga por la efusividad. Esos son los contrastes que vivimos con frecuencia los que vivimos en San Luis Potosí y en todo México.

Escribí el viernes que el himno no me representa gran cosa generalmente, pero ahí, en el Alfonso Lastras, lo canté tan fuerte como podía porque, aunque algunos que se creen intelectuales se nieguen a reconocerlo, la Selección Nacional también es un símbolo de unidad nacional. Más de 25 mil mexicanos nos reunimos en una cancha de futbol, a celebrar el juego, sí, pero también a lamentarnos la situación que atravesamos como país y tratar sanarnos desde el campo y en la tribuna. Por eso, el futbol es lo más importante de lo menos importante.

Lo intentamos: de verdad lo intentamos. Aplaudimos el himno nacional de Trinidad y gritamos Fuerza México en el primer despeje del meta visitante. Después nos cansamos del innecesario Fuerza y solo gritamos México. Lo hicimos en buena onda, se los digo en serio. Pero ya no puede seguirse en buena onda cuando tu selección, la que hacía más de 10 años no jugaba en ese estadio, empieza a perder contra el peor equipo del hexagonal.

Sí, los que se quejan que el “Eh, puto” es un grito homofóbico tienen derecho a molestarse y mal haría la Federación Mexicana de Futbol en no intentar erradicarlo, por las múltiples multas que han recibido por culpa del grito.

Lo que no entienden es que no ese grito no puede ser sustituido. Muchos intentaron en el Lastras seguir con el “México” hasta que cayó el gol trinitario. Así es el futbol: un penalti dudoso, un gol en contra o una tarjeta a uno de los que visten la camiseta que se apoya puede revertir lo hecho por casi 70 minutos.

Era raro estar perdiendo con Trinidad. El mejor equipo de la eliminatoria estaba abajo en el marcador, en casa, contra el peor. Y solo quedaban muy pocos minutos de juego.

Pero pese al marcador y el reloj adversos, la realidad es que la tensión en el Alfonso Lastras nunca fue tal como para pensar que esa sería una derrota. Solo aislados gritos de impotencia y desesperación salían cada cuanto, en forma de un “órale, pendejos”, para los once vestidos de verde.

El Chucky Lozano, el único cuyo nombre coreó toda la grada para que saliera al campo de juego, logró el gol del empate que hizo calmar a 25 mil en el estadio. La verdad, pudimos habernos ido con el marcador igualado y aún así salir satisfechos. Lo importante era el homenaje previo y cantar un gol del Tri. Minuto 78: check.

Pero los asistentes al Lastras, que ese día estábamos la mayoría en modo fácil, no somos los únicos con voz acerca del Tri. Juan Cambios Osorio no podía permitirse el empate y sus seleccionados tampoco.

Gol a lo Chicharito cuando faltaban dos minutos para terminar el partido. “A lo Chicharito” lo digo con respeto, no de forma despectiva, porque todos los goles cuentan igual. Todos.

El golazo de Héctor Herrera no hacía falta. Otra vez, no lo digo por despreciar un gol, pero habían caído dos en 10 minutos, habíamos pasado del modo fácil al modo triunfal. No hacía falta, pero sirvió, para gritar un gol una vez más, antes de que el silbatazo final concluyera el partido. Y también para que todos saliéramos del estadio con tres oleadas de cerveza encima. De la ropa.

Pero el resultado no importaba y eso lo sabíamos desde antes incluso de que se dijera que se el partido se jugaría en San Luis. El resultado era lo de menos, sobre todo desde los sismos de septiembre.

Después del silbatazo, la gente siguió cantando igual el Cielito Lindo que Acuarela Potosina. El grito de México, México tuvo su lugar, como también lo tuvo el San Luis, San Luis.

Al final nos sanamos poquito, si acaso apenas lo suficiente para volver a la realidad, pero mejor. Para eso es el futbol. El viernes fue otra prueba de ellos. Aún nos quedan muchas cosas por alzar.

@RconRMacuarro 

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