#4 TiemposCon mirada de Gitana Deportes

Cría recuerdos y te sacarán una sonrisa | Columna de La Varsoviana

Con mirada de gitana


Unos fuman, algunos se embriagan y otros se enamoran…

Lo cierto es que cada quien tiene su vicio…

El mío es la tauromaquia.

Un día ya hace muchos otoños atrás, yo tenía como 14 años, me invitaron a un convivio de un colegio. Ahí estaban todos mi amigos aspirantes a novilleros; en la Plaza de Toros “El Paseo” con un montón de estudiantes gritando en el tendido apoyando a sus respectivos equipos.

Realmente no recuerdo cómo, ni por qué (seguramente por metiche), pero yo estaba en el callejón y en una de esas salió una becerra. Varios de los alumnos estaban dándole capotazos, cuando se acercó mi entrañable amigo “Galleto” (popular en el medio) y con cierto tono de jiribilla preguntó: ¿quieres torear? Yo de inmediato contesté que no. La verdad me daba mucho miedo pero él insistió diciéndome: sal conmigo a la limón (torear con el capote entre 2 personas), incitación que iluminó las rendijas que tengo por ojos y me sacó una sonrisa, de nervios, obviamente. Le hice prometer que me cuidaría y él respondió: ¡no te pasará nada!

Bueno, él me dio mucha seguridad y aunque tal vez él ni se acuerde de esto, en mí ese recuerdo quedó como único: salir por el burladero y sentir las piernas de gelatina… de inmediato mi boca se quedó sin saliva y bueno, la vaquilla pasó 2 veces y yo me sentía en “Las Ventas”, jajajajaja. Me di por bien servida, me emocioné mucho, me sentí valiente y única (aunque había como 3000 estudiantes haciendo lo mismo), pero para mí ese momento marcó mi vida.

Después de muchos años, el ingeniero Manuel Labastida invitó a un grupo de aficionados a su ganadería y, otra vez, por metiche yo estaba ahí acompañada por mi papá. El ganadero nos facilitó la bravura de 3 vaquillas, cabe mencionar que ese día éramos puros aficionados, así que yo fui y me senté en el palco al lado de mi papá y el ingeniero, cuando mi papá empezó con su singular sarcasmo: ¡Bájate! ¿Qué te ha de pasar?, ándale para que te quites las cosquillas, ¿no que tú muy valiente? (él sabe justo qué fibras tocar para sacar esa parte de mí). Yo lo escuché y ahí voy en modo valiente: bajé al ruedo y me puse en un burladero.

Al salir, volvió esa sensación tan ingrata. Salí temerosa con el capote y de inmediato nuevamente boca seca y piernas de gelatina…

El ganadero empezó a darme indicaciones, parecía que él predecía los movimientos de la vaquilla. Cada uno de mis movimientos tenía una consecuencia y pues, con ese apoyo, agarré confianza y poco a poco fui mitigando ese nervio al punto que deje de tener miedo y empecé a disfrutarlo. Puedo presumir que le di varios pases con el capote (ni crean que bien dados, solo como la novata que soy), ahí me sentía en “La Real Maestranza de Sevilla”, hasta que, como todo en mi vida, la regué. Me le crucé a la vaquilla y me arrolló.

Ese día traía un sombrero de mi mamá (que, obvio, no se lo pedí prestado porque nunca quiere prestármelo) y cuando estaba en el suelo no vi pasar mi vida es un segundo como dicen, solo podía pensar en el diantre de sombrero y en la regañada monumental que mi mamá me iba a poner, así que estando ahí en la revolcada de mi vida yo solo gritaba, ¡mi sombrero!, mientras la vaquilla hacía lo suyo.

Me pisó la espalda, me encajó uno de sus cuernitos en la costilla. Rápidamente los otros aficionados corrieron a quitármela y yo me levanté y con todo el orgullo del mundo y más que empanizada. Todos me preguntaban si estaba bien a lo que les contesté que sí, medio me sacudí, y ahí voy otra vez, ya con un poco más de precaución (y mucho miedo), hasta que volví a sentirme a gusto.

Pero no termina ahí, al día siguiente parecía que me había atropellado me dolían hasta las pestañas y no podía moverme. Me dolía respirar, me salieron moretones que al principio eran negros y al pasar los días no bajaba el dolor al respirar así que decidí hacerme unas radiografías. Todo estaba en orden, eran puros golpes musculares y los moretones, que duraron 7 meses. Fue ahí donde valoré todo ese esfuerzo que hacen los matadores, su entrenamiento y su alimentación son de un atleta de alto rendimiento. Ellos tienen una disciplina que muchos de los aficionados desconocemos y ni siquiera imaginamos, es por eso que sus cuerpos se recuperan casi de inmediato.

Detrás de lo que vemos en una corrida hay demasiado trabajo de muchos tipos que tenemos que valorar. Gracias a los que han hecho y siguen sumando estas anécdotas a mi existencia que sin duda le dan sentido al estar en este maravilloso mundo. Las grandes locuras dejan buenos recuerdos.

 

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