#4 TiemposColumna de Dalia García

Cosas de México | Dalia García

Divertimentos

 

Parte de mi trabajo como becaria consiste en hurgar ciertos periódicos mexicanos del siglo XIX, experiencia que ha resultado  fascinante.

Me topé, por ejemplo, con una nota de cuando se creó el avión (se refieren a él como un gigantesco murciélago). Entre otras noticias interesantes, me encontré algunas referentes a las primera instalación del alumbrado público en las calles de la Ciudad de México, a las primeras modas que llegaban de Francia y a los múltiples inconvenientes que se presentaban en el ferrocarril.

Hoy les comparto una de esas notas curiosas que llamó mi atención. La escribió un tal Claudio, sin saber que cualquier parecido con la realidad del siglo XXI, sería mera coincidencia. La nota se titula “Cosas de México. Protección a extraños. Desgraciados por nacionalidad, fue publicada un domingo de 1898 en El Imparcial. Diario de la mañana:

 

Mister John Wilson, pongamos por caso, vino a esta República hace quince o veinte años. Los que pueden acordarse de lo que ha pasado hace quince o veinte años, se acuerdan de que cuando vino Mister John Wilson se vestía muy humildemente, vivía en un infame cuartucho contiguo a las azoteas del arrasado hotel de la Gran Sociedad y malcomía en los agachados por real y medio con siete platillos, fruta, dulce y café o té.

Después, esas personas que se acuerdan de cuando Mr. Wilson vino a esta República, lo perdieron de vista por algunos años, y un buen día lo volvieron a ver, habitante de un hermoso cuarto del mejor hotel y comedor en el mejor restaurant. Su ropa ha cambiado: viste elegantemente y usa rica cadena de reloj y valiosas sortijas, gasta coche de bandera azul y ha comprado un terreno en el Paseo de la Reforma para construir un chalet e instalarse en la metrópoli. Vagamente sabe que durante los años en que se le perdió de vista, vivió en un estado del Sur.

Y no falta quien, al ver la actual opulencia del inglés, diga el estribillo usual en labios de mexicano:

—¿Qué le parece a usted? ¡Si estos extranjeros luego luego se enriquecen! Sólo nosotros, mexicanos desgraciados, no hacemos nada…

Ahora bien, Mister John Wilson efectivamente no tenía un centavo cuando llegó en busca de fortuna a tierra de Anáhuac. Penó mucho antes de encontrar trabajo, pero cuando lo encontró dióse a economizar lo más de su sueldo, privándose de todo aquello que no le fuera absolutamente indispensable. A la vuelta de unos años, reunió un capitalito y desapareció de la ciudad. Entonces fue cuando se le perdió de vista.

Su dinero lo empleó en sembrar cacao en Tabasco o café en Chiapas, dedicando toda su atención y todas sus energías al mejoramiento de sus plantíos. A los diez años tiene cien mil pesos, es claro.

Y nosotros decimos:

—¡Qué suerte, señor, qué suerte tienen estos extranjeros! Mr. Wilson es ya rico, y yo apenas gano veinte pesos más de lo que ganaba cuando lo perdí de vista!

Y le perdimos de vista porque nuestra vista no alcanza más allá del boulevard y de las tandas.

Es vergonzoso y es absurdo el disculpar nuestra apatía y nuestra inutilidad, que es consecuencia de aquella, con el ridículo estribillo de que los mexicanos somos muy desgraciados.

Nuestra desgracia está en nuestra pereza y en nuestra falta de previsión, y con tanto estudio y tantita saliva podemos ir corrigiéndonos.

Mientras tengamos o aparentemos tener la convicción de que nosotros somos desgraciados por nacionalidad, y de que todos los extranjeros tienen suerte, veremos que estos se enriquecerán en nuestras propias narices sin hacer más que moverse un poco para aprovechar lo que nosotros desdeñamos por holgazanes y por desordenados.

Y pongo punto final porque me parece que ya voy invadiendo el terreno de D. Carlos Gris.

CLAUDIO

 

Imagen tomada de la Hemeroteca Nacional de México (http://www.hndm.unam.mx)

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