#4 TiemposFunambulista

Con Tom Wolfe en Wine Park | Columna de Edén Martínez

Funambulista

 

“Una conversación es un diálogo, no un monólogo. Por eso hay tan pocas buenas conversaciones: debido a la escasez de personas inteligentes”.

—Truman Capote

 

Hace una semana falleció Tom Wolfe, que junto a Truman Capote y Normal Mailer, es considerado fundador del llamado “Nuevo Periodismo”, periodismo de no-ficción o crónica. Martín Caparrós menciona que esta etiqueta tiene que entenderse en el contexto del periodismo norteamericano de los años 50 y 60, porque, dice: la crónica se viene haciendo desde siempre, desde Heródoto. Tiene razón, pero esto no le resta mérito a la demolición del mito de la objetividad periodística a manos de los tres autores ya mencionados —y muchos otros—, que, como pasa siempre en la historia, ahora son recordados como los inventores de algo que ya existía —ahí están El terremoto de Charleston, de José Martí, y las Aguafuertes de Roberto Arlt—.

¿Qué es entonces el periodismo? Le pregunté varias veces a Luis Moreno Flores, cuando hablamos sobre la frontera entre el oficio del escritor de La Hoguera de las Vanidades y la literatura. “Pues no hay, no hay frontera, antes creían que había, pero nunca ha existido realmente, lo importante que hicieron Mailer, Capote y Wolfe fue dejarlo totalmente claro”.

Luis me responde desde un banco de madera, inclinado hacía adelante, con una mano fuma y con la otra sostiene su cerveza. “Yo siempre te lo dije, pero estabas necio, eso de pensar que literatura solo hay una y que es la de los “Grandes Escritores y Poetas” se me hace una tontería que repiten los pretenciosos y farsantes como tú”. Se carcajea. “¿Entonces en dónde pondrías a Juan Villoro, a Vicente Leñero e Ibargüengoitia?”.

La escuela periodística de Luis es la fiesta. Es adicto a contar y a que le cuenten, a montar la retahíla de anécdotas que la vida le ha puesto enfrente con gracia y elocuencia. “No hay nada más importante que una buena charla, todos buscamos eso, lo buscamos fervientemente, es una pulsión, si no tienes a alguien con quien compartir la bendita manía de contar –como el título del libro de García Márquez— vas a vivir con una profunda frustración que se te puede enquistar”. Luis apaga su cigarro, van a ser las 8. 00 P.M y se acabará la hora feliz en Wine Park. Él y Lalo Marceleño son el ejemplo de que la literatura puede publicarse en diarios locales o en revistas semanales, sin que nadie se dé cuenta. Conocen los rincones más recónditos, elegantes y sucios de San Luis. Los literatos potosinos no los conocen a ellos. Son los cronistas de la ciudad profunda.

“Es lo mismo que digo cuando me preguntan sobre la historia”. Ahora respondo yo, después de pensar unos instantes. “Los que estudiamos historia somos unos cronistas de los muertos, hablamos de lo que ya pasó como si existiera un diario en el más allá —el Death Valley Times— que estuviera ansioso por saberlo y además por pagarnos… y no conforme con eso queremos sonar literariamente correctos”. Caminamos al estacionamiento, la noche es fresca, el sonido del viento cruzando los edificios escuetos y modernos recuerda al motor de un avión. Luis se detiene a fumar. “Para todo esto, tengo que contarte algo…”

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