#4 TiemposLetras minúsculas

El complejo de Don Juan | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

«Te he dado mi juventud» –cuenta Simone de Beauvoir que reprochaba una vez cierta señora a su marido infiel-. Le respondió éste: «Sí, me has dado tu juventud, pero si no me la hubieras dado, ¿qué habrías hecho con ella?».

En efecto, la vida es para darse, y si la señora N no hubiera dado una parte de ella al señor M, a algún otro joven se la hubiera dado; y si no a otro joven, al menos a la soledad. Con todo y su cinismo, el marido había dicho una gran verdad: «Si no a mí, ¿a quién o a qué?».

«He dejado mis ojos en los libros», se lamenta el intelectual que no ha visto ni siquiera mínimamente recompensados sus esfuerzos: la cátedra le ha sido negada, y el último manuscrito rechazado. Hace bien en quejarse, pero si no hubiera dejado sus ojos en los libros, ¿en qué otra parte los habría dejado?

Todavía para la generación anterior (generación a la que pertenecía Simone de Beauvoir) la palabra compromiso era una palabra sacrosanta. ¿No fue en esa misma época cuando Sartre afirmó que toda literatura digna de serlo debía ser una literatura engagé, es decir, comprometida?

Puesto que uno no es eterno, va dejando pedazos de vida por doquier todos los días. Ahora bien, si de cualquier manera hay que dejarlos, ¿por qué no mejor dedicarlos, es decir, darlos a alguien comprometiéndose con él? «Si no me hubieses dado tu capa, ¿qué habrías hecho con ella?», preguntaría quizá el mendigo al encontrarse a San Martín por uno de los caminos del mundo. Nada, no habría hecho nada: Martín habría muerto y alguien se hubiera quedado de todas formas con la capa. Es la dedicación de lo que de cualquier manera se va a perder lo que hace la diferencia.

Esto es algo que nuestra época no ha logrado entender. Hoy, más bien, prevalece el rechazo al compromiso, a la dedicación, porque dedicar es siempre dar a alguien, con la consiguiente pérdida, a veces definitiva, de la cosa dada. Hace poco, por ejemplo, en un famoso periódico inglés, un consejero matrimonial hacía la siguiente advertencia a una desconsolada señorita que no sabía hacia dónde hacerse en su nueva relación: «Cuando te comprometes, aun cuando lo hagas con ciertas reservas, recuerda que probablemente estás cerrando la puerta a otras posibilidades románticas tal vez más prometedoras y más interesantes».

Según el consejero, pues, no era prudente comprometerse con nadie, pues dar el sí a un solo muchacho, por guapo y atractivo que fuera, equivalía a dar un no, aunque sólo fuera implícito, a los doscientos mil muchachos que vivían en su entorno vital inmediato. Y es verdad: entre estos doscientos mil muchachos de seguro estaba el príncipe azul, ese ser que, como suele decirse, reúne siempre todos los requisitos. Lo que ya no es tan seguro es que alguna vez lo encuentre y, lo que es más decisivo aún, que, en caso de encontrarlo, al príncipe azul le interesara tener una novia como nuestra señorita. «Oh, amo y soy amado –se quejaba un poeta-. ¡Lo feliz que sería si se tratara de la misma persona!». Pero ¡ay!, no siempre se trata de la misma persona.

Cuando una joven dice sí, dice también doscientos mil no, y es precisamente este monosílabo el que muchos de nuestra generación se resisten a dar,  y no sólo en el campo del amor, sino en casi todos los campos. Quieren vivir a puertas abiertas, esperando «otras posibilidades tal vez más prometedoras y más interesantes». ¿Llegarán? Es probable, pero no seguro. Si San Martín hubiera esperado a dar su capa a otro más miserable que aquel al que se la dio, quizá habría terminado llegando a su casa con ella. Y hoy no habría ni capa ni santo.

Al joven rico del Evangelio, ¿no se le fue la oportunidad de su vida? Así nos lo parece. ¡Si se hubiera atrevido a seguir al Señor, hoy quién sabe qué catedral o ciudad del mundo llevaría su nombre! Pero no quiso, o no pudo, y ahora ya es tarde. ¿Dónde está su dinero, dónde quedaron esos bienes que tanta pena le daba abandonar? ¡Ah –pensamos-, si se hubiera atrevido! ¡De todas formas, tarde o temprano iba a tener que dejarlos! ¡La muerte, como quiera que sea, iba a quitárselos un día u otro! ¿Por qué, pues, no tuvo el coraje de darlos él mismo antes de que otro se los quitara de las manos?

«Conviene tener presente –dijo una vez San Juan Crisóstomo (347-407) a los que lo escuchaban en la catedral de Constantinopla- que, aunque escojamos padecer algunos sufrimientos por Cristo, hemos de sufrirlos sin remedio, de todas maneras. No porque hayamos de morir por Cristo evitaremos la muerte, ni porque renunciemos por Cristo a las riquezas habremos de llevárnoslas a la otra vida. Cristo te pide lo que, aun cuando no te lo exigiera, tú habrías de darle. Sólo quiere que hagas de grado lo que debes hacer por necesidad. Sólo pretende que lo hagas por Él» (Homilía 76 sobre San Mateo).

¡Palabras sabias! Y con ellas queda demostrado que Pítaco, el filósofo griego, tenía mucha razón cuando dijo que toda la sabiduría de la vida se hallaba contenida en esta sola máxima: «Conoce la ocasión o la oportunidad».

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