#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

El coleccionista de nombres | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

 

Hay algo extremadamente curioso que recién descubro esta semana, a pesar de que estamos por cumplir un año de mudarnos a Chiapas.

El miércoles pasado fue mi primer día como galerista. El local es pequeño, pero Otto y Geraldine, los dueños, tuvieron el buen gusto de curar cada pieza en el mejor lugar. La gente no para de decirnos lo lindo que es el espacio, y lo mucho que luce la obra. Fue hasta este día que, haciendo presentación con artistas que entraban a ofrecer su trabajo, que me percaté de que no conozco a dos personas con el mismo nombre aquí.

Esto parece sencillo en un pueblo donde los nombres raros abundan: Enzue, Ottmar, Danelize, Oliverio, Ix, Ren, Siddhartha. Ante la suma de culturas y la presencia de autoexiliados de todo el mundo, el fenómeno en sí parece obvio.

Pero incluso entre los locales o los menos extravagantes, no he encontrado un nombre repetido: Antonio, Inés, Pablo, Karla, Ángel, Selene, Jesús, Matías, Alberto.

No necesito recordar los apellidos, es más, creo que no he preguntado por ellos la mayoría de las veces, y casi no ocupo el mío. ¿Cómo te llamas? Adrián. Solo Adrián.

Me es curioso cómo hemos encontrado una nueva identidad, una indivisible y meliflua. De sus 200 mil habitantes, hablar con alguien cuya antigüedad aquí sea mayor a cinco años es casi garantía de reconocimiento del otro por parte de los interlocutores. Rafael conoce a Cecy y Cecy a Daniel y Daniel a Serena y Serena a Gustavo y Gustavo a Rafael. En el micro universo coleto cruzamos la calle, cruzamos caras conocidas y esbozamos la sonrisa cordial a propios y extraños.

Ese día en la galería conocí a Ludovica, Arturo, Fausto, Benito, Flor y Nicole, nuevos nombres para mi colección.

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