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Ciudades desde el alcohol | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en https://vientredecabra.wordpress.com/

Leí crudo a Malcolm Lowry. Dije doblemente: no lo vuelvo a hacer. No vuelvo a chupar tanto, ni tampoco a tratar de comprender algo de su correspondencia en estas condiciones. No se lo merece. Yo tampoco. Él bebía mezcal y aguardiente. Yo bebí cerveza y whisky. La ansiedad por seguir la borrachera es la marca de sus personajes más entrañables; “El Cónsul”, en primer lugar. Se trata del mundo del alcoholismo: “Me encuentro en un lugar oscuro. Perdido”.

Daba gusto ver a Lowry por las calles de Cuernavaca creando el mundo de Quanáhuac. Lo imagino borracho pasando frente al Palacio de Cortés. Acá debe de haber una estatua de Huerta, se dijo y se dobló de la risa mientras la gente a su alrededor veía a un inglés borracho mirando una ciudad que para ellos no existía. Una ciudad fantasma que se nutría de Cuernavaca y del alcohol para convertirse en un cosmos literario tan ajeno a la realidad, como hermanado a las sombras de los hombres reales que vagaban absurdamente frente a los ojos de Lowry.

Los fantasmas del inglés comparten el alma de Juan María Brausen, el fundador de la mítica Santa María de Juan Carlos Onetti. Mientras bebe y planea la manera más adecuada de ocultar el asco que siente por su esposa quien ha perdido un seno a causa del cáncer, Brausen va dibujando una ciudad que será el lugar recurrente por donde anden los personajes de Onetti. La primera novela en la que aparece Santa María es La vida breve, antes había ya un sesgo de esta ciudad en el cuento “Bienvenido Bob”. Espacio que comparte características con Buenos Aires y Montevideo, Santa María ostenta en sus entrañas el desencanto por la existencia que hace única a la literatura de Onetti.

Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo, durante el Primer Congreso Internacional de Escritores en Lengua Española, Gran Canaria, 1980. Foto Dolly Onetti

El uruguayo bebía todos los días. Acostado en su cama iba devorando novelas policiacas junto a fuertes tragos. Alguna vez escribió sobre otro buen bebedor, Juan Rulfo: “Cuando me encuentro con él, generalmente en los congresos, nos preguntamos: ‘¿Qué tal estás tú, Juan?’, y él me dice: ‘¿Qué tal estás tú, Juan?’, y él se sienta con su gaseosa y yo con mi whisky y nos pasamos horas sin decirnos nada”. Esos dos genios compartían algo más que el silencio.

Si el plano cartesiano de Santa María se teje a partir de la desesperanza de los hombres que viven en ella, las regiones de Comala y Luvina son muestra que la miseria geográfica amalgama a la verdadera literatura. Rulfo escribe: “Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo: ‘Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón”.

La unión entre alcohol y escritura se pierde en el amanecer de la civilización. Aun así se van multiplicando las ciudades literarias que nacen al amparo de los tragos y las botellas. Regiones de silencio y de algarabía que raya en la desgracia, estas regiones literarias nos muestran la podredumbre de los calendarios y sus actores. Por eso, como sucede con el alcohol, cuando caminamos por estas ciudades, algo en el pecho nos raspa el alma.

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