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Cervantes, ¿proxeneta? | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

 

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

Un hombre desfallece en la madrugada de Valladolid. Ha sido herido la noche del 27 de junio de 1605. Espera la muerte tirado afuera de una casa cualquiera. Dos días después muere sin haber podido identificar a su agresor. Las investigaciones arrojan que, luego de un conflicto de faldas y dinero, sufrió el atentado dentro aquella vivienda que funcionaba como burdel clandestino. Al parecer el dueño prostituía a su esposa, hija y hermanas, y respondía al nombre de Miguel de Cervantes.

Hay dos versiones del suceso en el que Cervantes terminó encarcelado. La primera, y oficial, menciona que el escritor auxilió al caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta, quien llegó malherido a las puertas de su casa. A los dos días un juez, cuyo amigo era un escribano que odiaba a Ezpeleta, ordenó la aprehensión del autor de El Quijote. Posiblemente Cervantes estuvo preso alrededor de 24 horas, pero las declaraciones de algunas vecinas apuntaron las costumbres aberrantes en la vivienda.

Acusaron que “Las Cervantas”, como se les llamaba despectivamente, recibían a muchos hombres durante el día. En la casa vivían la mujer del escritor: Catalina de Salazar y Palacios, así como su hija natural: Isabel de Saavedra. El cuadro lo completaban sus hermanas Magdalena y Andrea, quien también compartía morada con su primogénita Constanza.

La segunda versión se encuentra sustentada en la vida que llevó Cervantes. Una vida heroica, de aventuras, de luchas y, al mismo tiempo, empachada de sufrimientos y menesteres. Se le acusa de proxeneta con base en sus experiencias en la guerra y en los cinco años de cautiverio que sufrió en Argel, adjudicado como esclavo al renegado griego Dali Mamí, de quien se denuncia también fue amante. Independientemente de la función que ahí realizaba, en esos años sufrió en demasía; tanto, que en cuatro ocasiones intentó escapar y en las mismas cuatro fracasó.

El mismo año que se publicó la primera parte de El Quijote se le estaba acusando de prostituir a su esposa, hija y hermanas. Por ello, el episodio donde El Quijote de La Mancha es armado caballero se ha visto como una ficcionalización de lo que el autor vivía en su vida diaria. En los capítulos II y III, El Quijote llega a una venta y ahí encuentra a dos prostitutas que viajan a Sevilla, lugar donde Cervantes había estado preso en 1597, por un problema con el cobro de impuestos:

“Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido (prostitutas), las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y como nuestro aventurero todo cuanto pasaba veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que la vio la venta se le presentó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles…”

En el extraordinario documento Relación de la cárcel de Sevilla, ubicado en la década de 1580, Cristóbal de Chaves describe el tráfico sexual que se cultivaba en aquella prisión. Diversos proxenetas, prostitutas y funcionarios corruptos se coludían para la organización de las redes que alimentarían los instintos de la sociedad española que aún se negaba a abandonar el Medioevo. Y en medio de todo aquel palacio de sordidez estaba Cervantes pensando en su caballero andante (por eso, la afirmación de que El Quijote se gestó en la cárcel), quien como el propio autor lidió con La Musas:

“–Non fuyan las vuestras Mercedes, ni teman desaguisado alguno, ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuando a más tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

“Mirábanle las mozas y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le cubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa y de manera que don Quijote vino a correrse y a decirles:

“–Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez la risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante, que el mío non es de él que de serviros”.

Como lo ha mencionado el historiador francés Jean Canavaggio en su libro Cervantes (Austral, 2003), se sabe muy poco de la vida del autor durante ese lapso de escritura de la primera parte de El Quijote. Si bien la acusación de proxeneta existe en los registros judiciales de la época, su libertad demuestra que la denuncia careció de sustento o alguno de los amigos influyentes del escritor intervino en beneficio de éste. Pero inocente o no, el caso sólo demuestra la grandeza del hombre de acción que fue Cervantes.

Luchó en la batalla de Lepanto donde quedó atrofiado de un brazo. Prefirió la libertad de su hermano Rodrigo antes que la suya cuando estaba preso en Argel. Quiso viajar a la Indias en busca de fortuna. Fue cobrador de impuestos y fracasó en cientos de negocios. Y hasta el final de su vida todavía tuvo la valentía, sagacidad y esplendor artístico e intelectual para enfrentar al Bachiller de Avellaneda que pretendía arrebatarle su único legado: El Quijote.

Cervantes nos enseña que la verdadera literatura no es aquella de sofá y café caliente, de diálogos enfermizos y poses estúpidas y shows mediáticos. La verdadera literatura es la que se nutre de la experiencia, la literatura donde se palpa la crueldad de los días, la literatura que está preñada de vida:

 

–Nunca fuera caballero
de damas tan servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban de él;
princesas, del su rocino.

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