#4 TiemposSan Luis en su historia

De Cervantes y su origen | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

Hablaremos, en esta ocasión, del libro que no puede faltar en toda biblioteca que se precie de contar entre su acervo con literatura clásica universal de primer nivel. Nos referimos a la obra cumbre de la literatura española El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha. Desde luego que, como cualquier otro libro, no basta con tenerlo sino que hay que disfrutar de su lectura. Este libro en especial, cada vez que se lee nos hace experimentar un gozo diferente y cada vez más intenso, como si leyéramos un libro distinto que antes no teníamos; cada que se vuelve a iniciar su lectura, nos cautiva como si se tratara de un ser vivo, un maestro, que cada que se presenta en el salón de clases es para deleitar a sus alumnos con un nuevo y atractivo método de enseñanza.  

Sería muy ambicioso de nuestra parte tratar de comentar todo el mencionado libro en este breve espacio, en esta entrega y las siguientes dos, sólo hemos seleccionado algunos párrafos de los capítulos XLII y XLIII referentes a los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes de que éste fuera a gobernar su ínsula para que supiera conducir su gobierno y su persona pero antes, no está por demás recordar algunos rasgos de la vida del autor don Miguel de Cervantes Saavedra.

Sabemos por algunos genealogistas que los Cervantes fueron originarios de Galicia; es decir gallegos. Un arzobispo de Sevilla, que vivió durante el siglo XV fue pariente cercano de los antepasados del Príncipe de los Ingenios, este eclesiástico usaba como escudo arzobispal el propio de su familia que por esta razón nos percatamos que era de origen noble, el blasón consistía en dos ciervas, ambas de pie, una arriba y otra abajo y muy cercana una de la otra, en un solo campo de color verde, ambas posan de perfil y mirando hacia el lado izquierdo del escudo. La de la parte superior está parada en tres patas, ya que la delantera derecha está semi encogida, y con la cabeza un poco inclinada en actitud de dormir. La cierva de la parte inferior, en cambio, se encuentra paciendo. A este blasón se le añadió el verso siguiente:

Dos ciervas en campo verde,

la una pace y la otra duerme:

La que pace, paz augura;

La que duerme, la asegura[1].

 

En fin que don Miguel de Cervantes Saavedra nació en un hogar de rancio abolengo, aunque cuando vino al mundo la situación económica de la familia era muy modesta si no es que miserable, y no podía ser de otra manera puesto que su padre don Rodrigo Cervantes, era lo que entonces se conocía como cirujano, es decir, peluquero flebotomiano o lo que es lo mismo, curandero especializado en dolores de cabeza, porque siempre que alguien sentía dolor de cabeza, acudía a él para que le practicara, lo que hoy llamaríamos una cirugía menor realizando una pequeña incisión detrás de la oreja para que saliera un poco de sangre o colocaba una sanguijuela para que ésta extrajera dicha sangre y así, al disminuir el volumen de la misma, el corazón se esforzaba menos y esto aliviaba, aunque fuera sólo por breve tiempo, la cefalalgia. Esta profesión le producía a don Rodrigo tal vez la cantidad de 6 maravedíses al mes, éstos proyectaron siempre una trágica luz sobre la existencia de la familia. Así nos explicamos el por qué, con reiterada frecuencia, hace alusión a su noble origen, por qué sus entradas y salidas a la cárcel, sus frecuentes encuentros con prestamistas, su vida semi nómada con la familia a cuestas de Alcalá a Valladolid y de Valladolid a Andalucía y de Andalucía a Madrid.

Por tanto, para escoger porvenir, los hijos del cirujano, tienen solamente tres caminos como todos los demás jóvenes de su rango, tres posibilidades limitaban su destino: Iglesia, mar o casa real, refrán que se usaba en esa época para referirse a las opciones que tenían los muchachos de esa clase social y que consistían en dedicarse a la religión, a la mercaduría o al ejército respectivamente, es decir sabiduría y santidad, comercio o milicia. Esta última era la mayor pasión de Miguel, y con gran ilusión y entusiasmo entró en ella, pero con mala suerte ya que a poco tiempo de su ingreso, o sea el haber participado en la batalla de Lepanto, frustró esta vocación debido a que en ese hecho de armas sufrió la pérdida del brazo izquierdo, razón por la que abandonó la milicia y se acogió (para fortuna de la literatura castellana y universal, pero, por desgracia, no para la suya) a las letras, aunque siguió añorando el ejercicio de las armas por sobre las letras, pues consideraba que el fin de aquellas es más noble porque está constituido por la paz.

Durante su vida, ocupó diversos cargos públicos de mediana importancia en los que se distinguió por su probidad, aunque no por eso dejó de ser víctima de las intrigas y la maledicencia característica de todos los pueblos pequeños del mundo. Como consecuencia de tales circunstancias tuvo que soportar injusticias sin cuento y hasta la cárcel, pero como: porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos: ni vuestros caminos son mis caminos dice el Señor[2], en la cárcel, entre incomodidades y tristes ruidos, fue donde se inspiró para crear la obra cumbre de la Literatura Española, este libro clásico y sereno realizado con la benévola ironía del más sano y equilibrado de los ingenios del Renacimiento.

Ya en las siguientes ediciones de este espacio, tendremos oportunidad de hablar sobre los textos antes referidos, por ahora me despido y deseo tengan una buena semana.

 

[1] Cfr: Colosos de la Historia, Shakespeare y Cervantes, Mondadori, y Promociones Editoriales Mexicanas, Verona, 1981, p. 85.

[2] ISAÍAS, profecía, LV, 8.

También recomendamos: Crimen en el Ayuntamiento II | Columna de Ricardo García López

Nota Anterior

¡Qué viva la tía! | Columna de Adrián Ibelles

Siguiente Nota

Mucho proyecto, poco futbol | Columna de Emmanuel Gallegos