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Cartas desde el dolor…| Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

De niño, cuando sufría de empacho, mi mamá me llevaba con Doña Vicenta, una experta en jalar el lomo de la gente para curarla. Previo a la sesión, me daban de tomar un compuesto de magnesia calcinada, magnesia anisada y aceite de almendras dulces. Aún llevo en la memoria el sabor a muerte de aquella sustancia. Nunca supe si el remedio era más violento que la enfermedad, pero siempre fue efectivo. Con la boca llena de resabios de aquel líquido y la espalda destrozada fui acercándome al misterio del dolor.

Ya adolescente comprendí la fermentación de otros tipos de dolencias. El más agudo que recuerdo fue con la jovencita con quien experimenté mi primer beso (omito su nombre porque seguro leerá este texto y negaría públicamente la acusación que a continuación expongo). Luego de entregarle todo el amor que podía incubar a los 12 años, besó a mi mejor amigo varias veces. A mí me habían tocado sólo dos agasajos. No me enojé, no lloré, no reclamé. Supe, en cambio, que algo en ese momento me ligaba a la legión de los infortunados, con José Alfredo como líder: aquellos que llevan una costra en el pecho como huella de la herida que nunca cierra y sólo puede ser provocada por una mala mujer (por cierto, las mejores).

En el hermoso libro Cartas desde el dolor (Jus, 2007), el filósofo francés Emmanuel Mounier escribe sobre la podredumbre y la lucidez que el ser humano puede encontrar en la profunda tristeza de un hecho inevitable. El poeta italiano Davide Rondoni explica muy bien la premisa en la que está asentado el pensamiento de Mounier: “De cómo un hombre se coloca ante el problema del dolor se comprende cómo se coloca ante el problema de la existencia por entero”.

Incluso la propia historia humana puede escribirse a partir del posicionamiento de cada cultura ante el dolor: “Hoy por ejemplo la tendencia a ocultar el dolor o el intento de ‘anestesiarlo’ con su puesta en escena en los medios de comunicación, es índice de una humanidad encogida, sin libertad para afrontar un aspecto importante de la experiencia del vivir, una humanidad pobre y temerosa”.

Esa sombra en el alma que nos provocan diversas situaciones es necesaria, no sólo para comprender quiénes somos y dónde estamos —dice Mounier—, sino también para pensar, crecer, madurar: “No se es decididamente grande… hasta que la vida no te ha puesto en la prueba de negarte rotundamente y sin apelación algo que deseabas con todas tus ganas…”

Los textos que conforman Cartas desde el dolor fueron escritos cuando el filósofo vivía dos experiencias, oscuras y lacerantes, que le cambiarían la vida. La primera de ellas, la invasión nazi a tierras francesas como continuidad de una guerra donde se extravió la humanidad. La segunda, más íntima, la agonía de su pequeña Francisca: “El diagnóstico es definitivo. Ataque de encefalitis que dejará a mi hija tan destrozada, que tendremos que agarrarnos fuerte para no pedir a Dios que se la lleve…”

Como epílogo de la noche, cuando leo a Mounier recibo una llamada para informarme que una de las mujeres que más he amado en la vida está muriendo. Intento decir cualquier cosa pero la tristeza ya se ha apoderado de mi conciencia. Luego de verla sufrir por diez años ignoro lo que tengo que desear. Ya no hay caricias, ni sueños, ni futuros juntos. De sus manos recibí cientos de milagros. Tal vez pude brindarle algunas sonrisas. Al final todo es silencio. Duele.

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