#4 TiemposColumna de Óscar Esquivel

Carmen Esquivel, subió al tren de la eternidad | Columna de Óscar Esquivel

Desafinando

 

De manera despectiva en ocasiones nos referimos a una persona buena, de sentimientos nobles como naif. “Qué ingenuo es Pancho”, “lo engañaron, es tan naif el pobre”. Y así de tantas maneras de expresiones, como si fuera un pecado tener algo de ingenuidad. Existen personas tan ingenuas que parecen andar desnudas por las calles, viviendo un mundo de fantasía, pero tal vez no sea de esta forma, aquellos que han desarrollado la ingenuidad, es porque en algún momento de su vida marcaron su entorno, del ser simple o común, a ser una persona auténtica y única.

En una circunstancia parecida, nació la pintora Carmen Esquivel.  En sus inicios, intentaba pintar con técnicas académicas muy definidas al lado de su madre Doña Carmen Andalón, en las clases del maestro Soria.

Un día pasando por Bellas Artes, que en aquel entonces se encontraba en los altos contra esquina de Palacio de Gobierno, tímidamente ingresó a la antigua casona, invitada a entrar, por quien sería su gran maestro y amigo Raúl Gamboa, director del Instituto Potosino de Bellas Artes.

Comenzó a tomar clases de dibujo y a pintar un bodegón, donde los platos salían de la geometría sin figura y sin perspectiva. En ese momento Raúl Gamboa se dio cuenta que tenía a una auténtica promesa del arte naif. Gamboa le prohibió seguir dibujando y le permitió que hiciera un cuadro como ella lo imaginara, y sí, las mariposas multicolores de 1969, su primera obra, le asustó tanto que cuando su maestro le dijo “señora usted tendrá en su manos el estilo naif”, Carmen contestó –el naif lo será usted–. Carmen no quería ser naif, pero su destino estaba marcado, había nacido el icono mexicano de la pintura ingenua.

Con el tiempo, en una exposición colectiva en 1971, se invitó al reconocido crítico de arte Antonio Rodríguez, con su forma siempre amable con todos los artistas, él comentaba algo de sus obras, pero al llegar a los cuadros de Carmen Esquivel, de inmediato quiso conocerla, se mostró por demás interesado, de ahí nacería la gran amistad con él, quien la  impulsó a nivel nacional.

Su primera exposición fue en la galería principal de IPBA. Antonio Rodríguez aquel personaje revolucionario, portugués y más mexicano que muchos, mencionaría que “hoy tendríamos sin duda a la mejor pintora naif de México”. De esta exposición continuaría la segunda en la galería El Taller, en el Politécnico Nacional, donde poco antes conocería a Rufino Tamayo quien conservó hasta la muerte de Doña Olga Tamayo un cuadro en la cabecera de su cama; mencionaba que no había otra manera de conciliar el sueño que ver a Rufino, junto a ella, ambos sentados en una banca de alguna plaza multicolor.

En una rivalidad casi irreconciliable con Rufino Tamayo, por aquello de la formación del grupo de la Ruptura con los grandes muralistas y tradicionalistas de la pintura mexicana, José Luis Cuevas citaba que en lo único que coincidía con Rufino Tamayo es en la libertad pictórica y trascendente del arte naif de Carmen Esquivel; la pintora ingenua logró unir en una sola voz, de dos grandes pintores, que era realmente la más genuina, auténtica y pura pintora naif que el país ha dado.

José Luis Cuevas en 1993 inaugura su museo, para dar cabida a los pintores mexicanos más renombrados, edificio situado a un costado de la catedral metropolitana de la Ciudad de México en el antiguo convento de Santa Inés, en donde Carmen Esquivel sería invitada de honor, con una exposición que daría pauta a ser reconocida internacionalmente.

La escultura de la Giganta de Cuevas sería testigo fiel de cuidar celosamente la obra de Carmen, en cuyo museo existe una sala que lleva el nombre de Carmen Esquivel.

En la pintura de Carmen Esquivel lo mismo se atrevía a adentrar en el infierno, como en el cielo o en la selva chiapaneca, lo cotidiano se apoderaba de ella observando los más infinitos detalles, un sol, una luna como testigos de una fiesta de algún pueblo mágico, o sentirse parte de un cuento. Casi siempre su marido, el periodista Abel Esquivel, era el modelo permanente de la pintora, sus hijos, sus nietos, los perros los gatos.

Si veía niños jugando en una fuente, su imaginación los convertía en ángeles, llevando el agua al cielo, o un fotógrafo citadino con su cámara de fuelle aquellos de antaño, retratando a Moctezuma paseando por las calles de San Luis.

TE FUISTE, CARMEN

Cuando muere un artista muere un color del mundo, decía Juancristobal su nieto y Carmen Esquivel se llevó todo los colores, no habrá colores nuevos, no existirá ya un color más mexicano como los que combinaba en sus cuadros.

San Luis Potosí extrañará a la pintora, pero también a la persona. Amaba su calles, su gente, las tradiciones, todo en ella era México, el México siembre vivo, alegre, festivo, nunca cosa trágicas, una plaza de toros, con un toro envuelto en flores multicolores.

Como todo artista, era de pensamiento revolucionario. Luchó contra su propia formación, y terminó convencida de la igualdad social. Conoció presidentes, pintores famosos, hombres, mujeres del arte y la cultura, era importante y sin embargo nunca se sintió importante, lo sencillo, la simpleza era lo suyo desdeñaba el lujo y lo superfluo.

Su mexicanidad la hacía orgullosa, sus ropa oaxaqueña, chiapaneca, huasteca, característica de ella, nunca un reproche, siempre le ganaba el espíritu guerrero que dejó un tatuaje en la piel, en el alma…”un corazón sagrado”

HASTA PRONTO

Al descubrir a Carmen Alcocer Andalón, su nombre de pila, sería interminablemente aventurero en sus recorridos por su amado San Luis, pero hablar de Carmen Esquivel la pintora y madre, es muy simple, muy sencillo, solo basta mirar el cielo azul o rosa mexicano, el mar turquesa de las playas del Caribe, el verde de las selvas, el amarillo del desierto y los girasoles, el multicolor de las artesanías mexicanas, la granja, el organillero y cada personaje de la vida diría, un poema de Sabines y una canción a la vida de Alberto Cortez, degustar un buen mole de Oaxaca y como postre una biznaga dulce y jugosas, como las tunas rojas. 

Ahí, justo ahí, encontraremos a nuestra Carmen Esquivel.

 

Carmen, te has subido en tu tren de vagones adornados con flores, directo y camino al cielo, lo plasmaste en un lienzo fabuloso, cuyos pasajeros son los tuyos, la Abuela Carmen, el tío Alberto, Mamá María, tu segundo padre Antonio Rodríguez, Raúl Gamboa, Don Bruno, José Luis Cuevas, tu amiga entrañable Lila López, y en un vagón especial tus perritos Laica, Pelusa, Jainy, que seguramente te esperaron para cruzar el río del Mictlan que te llevará a la eternidad y por fin darte cuenta que realmente eras una princesa Maya.

 

Lloraremos todos y también, seguro llorarán la paleta de madera manchada de pintura olor a óleo y el pincel en tus manos. 

Gracias pintoras, gracias por todo, por dejarnos ver al mundo de otra manera… con amor pintado de colores

Te extrañaré, Mamá.

Nos saludamos pronto.

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