#4 TiemposFunambulista

Cargar la suerte: el arte ante la futilidad | Columna de Edén Ulises Martínez

Funambulista

 

Este viernes 2 de noviembre Andrés Calamaro regresó al ruedo para desafiar al toro bravo con “Cargar la suerte”, su quinceava grabación de estudio. El litúrgico bonaerense de 57 años still alive & well, como diría Johnny Winter, planta cara al actual mercado musical con una grabación de mucho pedigrí a la que él mismo calificó como una de las mejores en sus 40 años de carrera, después de haber pasado un periodo bastante irregular. Sea cierto o no, la verdad —afilada— y omnipresente es que con este álbum Andrés reafirma su lugar dentro del panteón del rock & roll en español.


Para algunos entendidos es deporte determinar, con falsas —pero no por eso menos satisfactorias— pretensiones objetivas, las debilidades y fortalezas de una producción discográfica, la jerarquía que tiene en la cronología personal del autor y en el escenario musical contemporáneo. Respecto a esto, algunos periodistas ubican “Cargar la suerte” como un disco que está sobre “Bohemio” (2013), pero que no llega a ser mejor que “La lengua popular” (2007); otros, arrebatados por la emoción de volverle a ver a Andrés una portada rojo sangre, lo comparan con “Alta Suciedad”, algo que a mí me parece hiperbólico. Lo importante es que El Salmón está de vuelta y que aún posee la gracia de sus mejores años.

El amor en tiempos de ibuprofeno

La realidad en la que vivimos es veloz, de terrible ligereza e instantaneidad. “Cerraron las tiendas de discos, las librerías y los cines de barrio”, nos dice Andrés, decepcionado de la desaparición del álbum-objeto, único desafiante del “carácter efímero de la música”. “Cargar la suerte” es en este contexto una orquesta del Titanic, el arte que se rebela y se sostiene ante el fin del mundo. Tiene todo lo necesario para no vender: letras íntimas, ritmos difíciles, tonos profundos disonantes a lo que “está de moda”, y sin embargo aparece en las páginas de todas las secciones culturales de los diarios, porque Calamaro es un acontecimiento estético y social, el último cantante intelectual con todo y sus altibajos, un hombre atrapado entre dos siglos y cientos de canciones.  

El álbum comienza con el sencillo “Verdades afiladas”, un clásico instantáneo, suave y con guitarras elegantes al estilo de “Cuando te conocí” y “Los divinos”. La canción es significativa porque suena al Andrés de “Alta suciedad” (1997), que despierta después de sonar distinto pero no menos auténtico que en “Volumen 11” (2016), grabación similar a “El salmón” (2000) en su carácter experimental, disidente, y para algunos indigesto.

“Tránsito lento” viene después, con una melodía funky, metales, un logrado solo de saxofón y una letra con guiños de intertextualidad lírica: “No sé si están perdidos los días iguales/ no sé en dónde descansan los días distintos”.   

Le sigue “Cuarteles de invierno”, acompañada por un trío de cuerdas y una melodía casi sacra e íntima que nos recuerda el placer y el dolor de volver a casa: “Lo sospecho en el pecho/una lágrima no brota/hecho de menos mi techo/pero no se me nota.”

 


“Mi ranchera” es la mejor balada del argentino en más de 15 años y “Falso LV” es un tema crítico y cáustico contra la izquierda pusilánime y políticamente correcta: “Sin guillotina no hay revolución/viva el falso Louis Vuitton/casi una mentira/vienen con camisetas de ramones y peluquería/falsos”.  

Sin embargo, los temas más potentes de Cargar la suerte son “Siete vidas” y “Adán rechaza”, que gracias a su lírica simbólica — “Soy el siete vidas/en todas fui asesino/ahora el destino me puso delante/de un asesinado mío”— y velocidad recuerdan al “Pasodoble de los amigos ausentes” y a “Días distintos”. Y la lista continúa, con sus respectivos matices, de la mano de “Diego Armando canciones”, “Las rimas”, “My Mafia”, “Egoístas” y “Voy a volver”, un epílogo discreto que finaliza con un jam de jazz aparentemente inintencionado.

La verdad es solo una palabra: Calamaro es más que todas sus canciones juntas.

“Cargar la suerte”, también el título de las Aguafuertes Taurinas de Andrelo, significa en la jerga de la tauromaquia “echar la pata pa’lante”, un movimiento de toreo de difícil explicación. No pudo haber escogido un mejor nombre, porque ahora, como sucedió con “Media Verónica”, la expresión se resignificará dentro de su propio bestiario. Cargar la suerte es un álbum con clase, irrespetuoso de la tradición ajena pues solo le debe rendir cuentas a la propia. Fue prodigiosamente grabado en los estudios de Sphere e Igloo Music, de Los Ángeles, producido por Gustavo Borner y condimentado con el piano de German Wiedemer, entre otros músicos de primer orden.


Como dijo Víctor Lenore para El confidencial, “Calamaro es un galáctico, pero le faltan suplentes que lo obliguen a ganarse el puesto”, no se parece a nadie y los que le siguen en la línea no le hacen competencia digna. Esperemos que “Cargar la suerte” caliente los ánimos, y que El Salmón no se aburra solo en el ring. Las liturgias violentas enturbian siempre las aguas.

Escúchalo completo aquí.

También lea: Helio Martínez en Cenntenial Square | Columna de Edén Martínez

Nota Anterior

Secretos callados, mentiras a medias | Columna de Óscar Esquivel

Siguiente Nota

Este es el clima de hoy 9 de noviembre para SLP