#4 TiemposSan Luis en su historia

El Camino del azogue | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

Es bien sabido que la fundación de nuestro pueblo se realizó gracias al descubrimiento de las minas de Cerro de San Pedro y por consiguiente se convirtió en lo que se conocía como un real de minas.

Al descubrirse los yacimientos en marzo de 1492, la explotación de los mismos se hacía en idéntica forma que en las minas de todo el mundo, es decir, se separaban los metales de la tierra y piedras, por medio de altas temperaturas, pero a partir del año de 1557 se descubrió el método de amalgamación que hacía más rápido y sencillo el trabajo de explotación de las minas. El principal elemento necesario para amalgamar era el azogue, metal líquido de color blanco brillante que conocemos en la actualidad como mercurio y que tiene la particularidad de disolver los metales, de donde resultan las amalgamas.

El azogue no se obtenía con facilidad, aunque en algunos lugares del norte de nuestro Estado, desde la antigüedad hasta el día de hoy pueden encontrarse, a flor de tierra, pequeñas piedras con algo de azogue, pero no el suficiente para la explotación minera. Cerca de Salinas de Hidalgo, S.L.P. existe una comunidad llamada Azogueros porque es frecuente encontrar pequeñas porciones de ese metal y los vecinos se han dado a la tarea de pepenarlo, es decir, se han convertido en azogueros. Por esta escasez era indispensable importarlo debido a que no se habían descubierto los yacimientos de mercurio que existen en  la actualidad en México y que juntamente con Rusia, China y Argelia son los principales productores a nivel mundial.  

Era deber del virrey de la Nueva España surtir y distribuir adecuadamente el mercurio o azogue entre los mineros del territorio a solicitud de las Diputaciones de la Minería que existían en todos y cada uno de los reales de minas.

Los cargamentos del azogue adquiridos por España en los países que lo producían eran enviados al puerto de Veracruz, y de ahí a la capital del virreinato en donde se entregaba a los responsables que designaba cada Diputación de Minería.

Como ya dijimos que era necesario importar el azogue, la Diputación de Minería de San Luis Potosí de la Nueva España celebraba un contrato de conducta o transporte, para conducirlo desde la capital del virreinato, hasta esta ciudad. Uno de dichos contratos es el que transcribimos en este artículo y aparece consignado por el escribano Silvestre Suárez, en el protocolo de 1803, el día 3 de mayo de la foja 115 vuelta a la 117 vuelta.

Por tratarse de un asunto muy especial y delicado, antes de iniciar el clausulado propio del contrato, el escribano narraba, a manera de introducción y justificación, los pormenores de la audiencia de remate. En este caso concreto no lo hace así porque la distribución y venta del azogue ya no se concede al mejor postor. El escribano manifiesta que a partir de 1798, por una orden real apoyada por el Real Tribunal de Minería, la conducta de azogues quedaba a cargo y responsabilidad de las diputaciones locales de minería.

En esta ocasión, la Diputación de Minería de San Luis Potosí otorga esta concesión al capitán don Thoribio de la Cortina Díaz, vecino de esta ciudad, republicano antiguo de su Ilustre Ayuntamiento y Asentista Conductor de cargas reales de estas cajas. No obstante su nombramiento y cargos, ofrece como fiadores en este negocio a los señores capitán Benito Campero y al alférez real del Ayuntamiento, José Ignacio Escalante.

De la Cortina no conduciría las cargas personalmente; él fungía como empresario, diríamos ahora. La operación física del transporte del azogue la efectuaría Pedro González de Noriega, empleado de confianza de Thoribio de la Cortina, quien había sido sometido a la aprobación de los diputados.

No obstante que Cortina era hombre de reconocido abono, debieron cumplirse las formalidades de rigor y por ello es que se le exige la garantía personal de los ricos mineros y funcionarios de gobierno Capitán Benito Campero y del Alférez Real del Ayuntamiento José Ignacio Escalante, dada la importancia del caso.

Este servicio no sólo beneficiaba a los mineros potosinos de la capital sino también a los de Charcas, Real de Catorce, Cerro de San Pedro y Real de Sierra de Pinos, ya que la Diputación de Minería de esta ciudad fungía como caja distribuidora de este metal líquido, ingrediente indispensable para beneficiar el oro y la plata.

Las partes en este contrato son el conductor mencionado y la Diputación de Minería, representada, en ese caso, por los señores diputados territoriales don Silvestre López Portillo, coronel de los Reales Ejércitos, caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III y don José Manuel Segovia, comisionado colector de temporalidades.

De las ocho cláusulas de que consta este contrato, sólo transcribimos tres, pues las tres primeras y las dos últimas contienen las formalidades que conocemos por los documentos que ya hemos comentado en ocasiones anteriores.

Las obligaciones a que se comprometía Cortina eran:

Conducir las cargas de azogues en bruto a once pesos de las que se le entreguen en los almacenes generales de México, a su apoderado, de dicho Cortina, don Pedro González de Noriega, a quien tienen autorizado los mismos señores diputados por sí y a nombre de los de Real de Catorce, de Sierra de Pinos y de Charcas acordados para esta contrata…

La obligación de la Diputación era, desde luego, cubrir el precio de la conducta y del azogue. En el contrato se detallan escrupulosamente los derechos y obligaciones de las partes.

A manera de ejemplo se transcriben a continuación las cláusulas relativas:

CUARTA. Que los azogues deben entregarse bien acondicionados y envasados en los Almacenes Generales y si fuere en cajones, se les darán a  los arrieros badanas sueltas para evitar cualesquiera derrame del ingrediente quedando dicho asentista obligado tanto a la devolución de dichas badanas como a pagar las mermas del  camino al precio corriente que tenga el azogue en Cajas Reales…

Como vemos por esta cláusula, el capitán de la Cortina debía tener gran cuidado al seleccionar a los arrieros a cargo de quienes se realizaba la conducción del metal, pues desde el momento de envasarlo requería  un manejo diestro; y en caso de que los envases registraran alguna falla durante el trayecto, iban los arrieros provistos de badanas, o sea pieles de ternera curtidas mediante un proceso especial, de manera que quedaran blandas y flexibles. Dichas badanas las proporcionaban los propios almacenes generales, para que si el azogue chorreaba de las cajas, se contuviera por las badanas con que se debían envolver las cajas estropeadas. Si por descuido o mala fe se envolvían mal las cajas, el faltante debía cubrirlo Cortina.

QUINTA. Que si por urgencia de este necesario ingrediente dispusieren alguna acción los Señores Diputados que se conduzca a jornadas dobles, debe ser el flete de esta contrata del mismo modo.

Si los arrieros tuvieren que recorrer el trayecto en la mitad del tiempo requerido ordinariamente,  el empresario no debía cobrar más por abreviarlo  y lo más seguro es que a los arrieros no se les estimulara económicamente por su esfuerzo..

SEXTA. Que para evitar todo fraude y mala versación con el azogue que siendo en el día de difícil consecución y los arrieros pudieran ocultar una o más cargas con título de extravío, se constituye dicho Cortina a que siempre que este caso suceda, lo ha de justificar en la más bastante forma, quedando a los Diputados la acción privada de averiguar el caso del modo que les parezca para proceder contra los infractores.

Así mismo, el empresario debía procurar que los arrieros fueran personas honorables y de absoluta confianza, para evitar, en lo posible, la aplicación de esta cláusula.                   

Este documento termina con dos cláusulas en las que se reiteran los derechos y obligaciones de las partes. Los fiadores reafirman cumplir incondicionalmente el contrato, si el obligado principal no quería o no podía hacerlo; renuncian a algunas leyes, que en tal caso pudieran beneficiarlos y como es propio en la formalidad de la época, constituyen, para garantizar el cumplimiento de las obligaciones, prenda e hipoteca sobre sus bienes muebles e inmuebles, habidos o por haber. Aparecen las rúbricas del obligado directo y de sus fiadores, la del escribano y se hace constar, además, la presencia de tres testigos.

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