#4 TiemposBalcón Vacío

Caldito de pollo para romper el alma | Columna de Alex Valencia

Balcón vacío

 

El inspirador

Ricky nació un día de astros alineados de tal manera que no podía leerse en ellos salvo buenos presagios.

La virtud fue su sello distintivo. Siguiendo el ejemplo de Jacob Blivens, siempre estudiaba la biblia, llegaba a tiempo al catecismo y no le gustaba volarse las clases. Siempre ayudaba a los ancianos a cruzar la calle aunque estos no lo necesitaran y acudía puntualmente a donde no lo llamaban por si se llegaba a ofrecer. Su padre, un afable granjero que se levantaba con el sol y se acostaba con quien no nos incumbe, trabajaba arduamente para darle una vida digna a todos sus polluelos y en ocasiones pasaba amorosamente su brazo sobre los hombros de Ricky para decirle “algún día este feudo será propiedad de la familia”, y ellos dos, los legítimos amos venerados por el pueblo.

Por eso Ricky estudiaba con fervor, absorbiendo con avidez cuantos libros se ponían a su alcance e incluso en ocasiones sugiriendo, siempre con la humildad del sabio, correcciones a algunas líneas de pensamiento, como su aporte a la Teoría de cuerdas de violín y en discusiones filosóficas en torno a los hábitos gustativos laterales de las iguanas. Inolvidable es el capítulo de su vida cuando a los doce años, en pleno carnaval, se le perdió de vista a sus padres, quienes recién se dieron cuenta de su extravío al tercer día y comenzaron a buscarle hasta que lo encontraron en el Congreso del Estado, donde escuchaba, preguntaba y hablaba con los diputados de temas urgentes y esenciales, aunque ninguno sabía bien a bien de qué estaba hablando el otro.

Ricky estudió derecho, nunca se doblegó ante la dificultad que representaban las materias cursadas en la universidad, aprendió de su gallardo padre en la universidad de la vida, en el día a día y codo a codo con sus semejantes; el pueblo bueno que le quería y respetaba como si de una encarnación divina se tratara y cuando consideraron que ya era tiempo, lo cargaron en hombros y llevaron a la silla de una de las más grandes parcelas del feudo. Tan grande fue su mandato que los habitantes le pusieron su nombre a uno de sus más importantes caminos, su histórico nombre anterior no sería jamás tan valioso como el de Ricky.

Como suele suceder, sin embargo, fue traicionado por otros nobles quienes envidiaban su posición y le temían; con argucias lo llevaron a las mazmorras con la esperanza de que la soledad le minara el espíritu y el pueblo lo olvidara, pero la justicia es divina y todas las injurias y falsedades con las cuales se quiso manchar su imagen cayeron cual torre de Babel y volvió con bríos para conquistar ya no el feudo, sino apuntar hacia el reino.

Marchó entonces a la capital para establecerse en la corte y trabajar en favor del pueblo donde los Caballeros del entuerto amarillo lo nombraron su guía espiritual absoluto y aplaudieron cada palabra suya con admiración. Sucedió entonces que vino un escribano y profeta de otro reino y al ver en sus acciones la grandeza y en lo profundo de sus ojos el inmortal destino, escribió un texto sacro en el cual relató la apasionante vida de un hombre joven que fue llamado a marcar por siempre la historia del reino, un documento para abrir los ojos de la comunidad y testimonio para las futuras generaciones.

Ricky enfrentó muchas pruebas y contiendas; su nombre simbolizaba honor y amor. En los tiempos en que se volvió Rey por su propia mano… pero, esa es otra historia.

 

¡Corre, Johnny, corre!

 

A la mitad de su vida, Johnny comenzó a sufrir terribles males.

Desde su infancia destacó por su empeño en sobresalir en cuanto reto le fuera asignado, un día era experto en canicas, al siguiente en el timbiriche y en otro ganaba de calle en el Turista nacional. A las montañas subió, a las cabañas bajó, a los claustros entró y en todas partes dejó dulce memoria de él.

Fue así como creció sano y admirado, a donde llegaba sus jefes le daban la confianza, la magia estaba en él: un día apagó la luz de una habitación donde no había nadie y lo pusieron a cuidar la energía; en otro pagó el predial de su casa y le asignaron cuidar las propiedades de todos; al asistir a una consulta médica le encargaron que cuidara de todos los pacientes y un día dio una clase y al otro fue el líder de la educación de su zona.

Pero el momento crucial fue cuando le dieron la gerencia de la enorme inmobiliaria para la cual trabajaba. En la cúspide de su vida, con una familia feliz y una vida sana, Johnny no se podía considerar más afortunado; sin embargo, de un momento a otro, la vida de Johnny pasó de las cimas airadas del Everest a las sombras de las cavernas…

Cierto día, mientras explicaba a sus subalternos y empleados el método Jiko Kanri (el arte japonés de la auto dirección), comenzó a verse borroso; la gente pensaba que sus ojos estaban mal, se los tallaban, limpiaban sus lentes, abrían ventanas, pero nada resultaba. Johnny estaba fuera de foco. Él no se daba cuenta y tampoco escuchaba a quienes se lo decían. Al poco tiempo comenzó a perder la vista, pasaba sin darse cuenta de lo que sucedía alrededor, sus ojos sólo le mostraban brillantes y vivos colores. Luego fue el oído. La cacofonía de los gritos e ideas se volvió inaudible para él y -por fortuna- solamente captaba la dulce música del embeleso. Pero Johnny sabía que estaba enfermo. Acudió a algunos doctores y sólo el Médico brujo le dio la solución: repetir el mantra Uh hi, hu ah ah, tin, tin traaa, uh hi uh ah ah, tin tin tararará din din mientras corre.

A partir de entonces Johnny corre, recitando el mantra mientras saluda a los trabajadores de la compañía, quienes lo ven pasar veloz como un suspiro y con el rumbo de una veleta. Pero mientras corre, él ve el universo expandido, sus problemas se van, el mundo es etéreo, las balas son raíces de la planta que donará al pueblo, las averías oportunidad en las cuales debemos probarnos; cada paso lo eleva, cada gota de sudor es una lágrima valientemente derramada por la compañía. Los patrones están contentos, los súbditos también, todos esperan verle correr; correr hacia el destino, correr para dejar atrás todo, para llegar a la meta solo, para que por un momento sus problemas de vista y oído se compongan hasta únicamente oír los apoyantes alaridos y los definidos rostros de los agradecidos prosperando juntos.

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