#4 TiemposBalcón Vacío

Calaverita para José Emilio | Columna de Alex Valencia

Balcón Vacío

Para mi tía Mela, por quien conocí y ahora evoco estas calles en las cuales José Emilio Pacheco nos lleva de viaje.

Cuando habría de verlo de nuevo olvidé a causa de la emoción el libro que quería me firmara, Las batallas en el desierto. Hice escala en una librería del centro de la ciudad y pedí un ejemplar. Resuelto pronto el asunto me dirigí a Palacio Municipal a encontrarme con José Emilio Pacheco un caluroso día de junio de 2008.

Aunque fui puntual él ya estaba ahí, sentado al lado de una mesa donde había expuestos para venta varios de sus libros y recargado sobre su bastón; mucho más viejo de como le recordaba en la entrevista que le hice años antes, pero con un aura de vitalidad sorprendente. Le dije que esa era una imagen muy buena y lamenté no traer conmigo una cámara. Luego de la clásica charla de entrada me comentó su costumbre de revisar la venta de sus libros porque se colaban muchas copias apócrifas, ¡qué indignante!, le dije yo con la sinceridad de quien ve ofendido a su maestro, mientras le pasaba mi libro para la firma y le platicaba haber comprado Las batallas unas treinta veces porque me gustaba regalarlo a amigos estimados. Amable, él sonrió, abrió mi libro, lo vio un momento y sin perder el gesto bondadoso pero seriamente, me dijo: “es falso”.

Luego reímos. Platicamos cerca de una hora y buena parte se la llevó el penoso incidente de mi libro pirata y una cátedra sobre las maneras en que se produce la literatura falsificada en México (nunca se me ocurrió comprar el libro ahí mismo); mal le pude decir cómo lo admiraba y cuáles de sus trabajos me han influido, amén de que parecía no gustarle mucho ese tipo de cosas y se salía del tema, para mi suerte, porque era mejor escucharlo decir cosas más interesantes sobre San Luis Potosí, la comida local, la literatura mexicana y el cine; motivo cual me llevó a entrevistarme con él en primera instancia; en ese momento estaba trabajando en la Cineteca Alameda y le fui a plantear propuesta de un homenaje a través de sus películas, el cual desafortunadamente por una serie de contratiempos de ambos lados no se pudo concretar.

En días recientes me volví a adentrar en Las batallas en el desierto, pues fue texto de análisis con mis alumnos. A varios de ellos les gustó bastante y vi ahí campo fértil para implantar el amor por la literatura en general y Pacheco en particular. Traté de hacer una columna en la cual englobara a mis escritores favoritos para honrarlos en la celebración de los muertos, pero me detuve cuando ya llevaba en la cuenta más de 20 autores muertos. Le debo el espacio a Silvya Plath, a Alejandra Pizarnik y a Violeta Parra. Estoy en deuda. Pero José Emilio me alude de muy diversas maneras.

Pocos escritores, latinoamericanos en mayoría, me han influido tanto como Pacheco, en prosa, en verso, ensayos, guiones de cine, periodismo, es una figura que he seguido leyendo una y otra vez sin dejar de disfrutarlo a cada momento, aprendiendo de la primera vez y hasta siempre.

Comencé a descubrir su obra, como seguramente mucho lo hicieron, cuando supe que una de las canciones del entonces nuevo grupo Café Tacuba estaba basada en un libro suyo, al igual de una película la cual había visto hacía poco tiempo. Con la imberbe voracidad lectora de la adolescencia que comenzaba a abrasarme, me fui a buscar en los libros de segunda mano algo para ponerme ante sus letras; conseguí pronto un ejemplar de Las batallas en el desierto y con poca más dificultad una de sus piezas poéticas: No me preguntes cómo pasa el tiempo, la cual me fascinó porque era una poesía distinta a la hasta entonces conocida, muy sencilla en sus palabras, algo lúdica, pero al tiempo profunda. Me reí y a la vez indigné mucho con Preguntas sobre los cerdos e imprecaciones sobre los mismos; me deslumbró Indagación en torno del murciélago (por supuesto es un ángel caído y ha prestado sus alas y su traje [de carnaval] a todos los demonios) y tuve una revelación vital perdurable hasta este día con Alta traición (No amo mi patria./ su fulgor abstracto/ es inasible.)

La novela es otra cosa. En primera instancia y aunque no coincide en absoluto la época, me evoca los periodos de mi niñez en la Ciudad de México, muy cerca de las calles, parques y jardines que aparecen descritos en el libro, espacios en los cuales viví y disfruté muchos años después de la ficción planteada. Como Carlos, me encontré con calles miles de veces recorridas y ahora por completo nuevas. Varias décadas después vuelvo a la Ciudad de México y como el protagonista del libro comprendo y siento la nostálgica pérdida por cuanto antes hubo.

De ahí ese cariño sincero. El cariño solo sentido por alguien quien sin saberlo escribe de la manera más gozosa para ti y sin embargo sientes lo hiciera pensando en que te conoce y sabe cómo llegarte a las emociones más profundas, letras pensadas en ti. Son los lectores quienes hacen mis libros (o algo similar), decía José Emilio Pacheco, y es verdad; era un escritor nacido en la mente de sus lectores al mismo tiempo en el cual nosotros nos formamos a partir de sus generosas letras. Ciclos. Ciclos variados y gozosos, llenos de sabiduría y encanto, ciclos que nos hacen ver a la literatura, a este país, con unos ojos distintos, plenos, como ya no podremos verlos. Ha terminado su periodo hace algunos años y cada quien la historia que se haya formado en este. Cierto es, poco ha dolido tanto como la partida de José Emilio Pacheco, pero también pocas cosas podemos presumir como haber tenido el honor de vivir en su tiempo. En el altar de este año, José Emilio es el invitado de honor para degustar las ofrendas junto a mi abuela, mi padre y mi hermano.

También recomendamos: Ser flaco | Columna de Alex Valencia

Nota Anterior

#ASEconAdeAbundancia | Se descubren también “Compensaciones secretas” en la ASE

Siguiente Nota

¿Maradona y Ronaldinho en SLP?