Estas letras que ves

Mi profe de Fotografía y el Estado Islámico | Columna de Dainerys Machado

Estas letras que ves 

Este texto apareció originalmente en letrasqueves.wordpress.com

Mi profesor de Fotografía en la Universidad de La Habana se llamaba Ernesto. Debía tener por entonces unos 40 años, porque recuerdo que a nosotros —tan, pero tan jóvenes— nos parecía ya demasiado viejo. Todavía debe andar por esos caminos, tan serio como siempre, con su cámara en ristre, capturando amaneceres en el campo, caimanes dormidos, arrugas en los rostros de pescadores desdentados. Decía que era lo que más le fascinaba de ser fotógrafo, la excursión de la naturaleza a través de sus imágenes, y si era con cierta dosis de riesgo, mucho mejor. No era ningún cobarde el profe Ernesto.

Cada vez que regresaba de una de aquellas largas excursiones eran mucho más divertidas sus clases. Entonces se ponía a compartir las historias que más le habían impresionado. Lo recuerdo bien, porque era cuando más sonreía. Nunca teorizaba sólo sobre fotografía, sino sobre la vida. Para él, una cámara —de fotos o de video— era en realidad una puerta de luz, una lupa para desnudar el tránsito de la realidad, para aumentar la magia oculta tras los detalles invisibles para el ojo apresurado.

Un día le preguntamos sobre ética en clase. Fue entonces cuando caímos en la cuenta de que el profe Ernesto, como todos los cubanos y cubanas contemporáneos suyos, no sólo había sido testigo de los amaneceres más hermosos que se dan en la islita, también de la instauración de una misión militar de Cuba en Angola, para combatir el Apartheid a partir de 1975. Fue entonces cuando caímos en la cuenta de que Ernesto, como todos los cubanos y cubanas contemporáneos suyos, fue testigo de la llegada de los primeros féretros que trajeron encerrados, mutilados y para siempre, a los hijos, hermanos y padres, primeros de muchos en morir durante aquellos años de tanta… solidaridad.

Habíamos preguntado sobre ética y periodismo, y habíamos abierto una ventana hacia los recuerdos inefables. En la década de 1980, el profe Ernesto no era el profe Ernesto sino uno de los mejores fotorreporteros de La Habana. Por eso lo enviaron a cubrir la llegada de nuestros muertos más heroicos. Cuando entró en el largo salón de la velada, lo que más le impresionó fue la cantidad de cajas cerradas. Recordaba con claridad a las ancianas dobladas sobre sí misma, en un raro equilibrio que solo el dolor puede sostener. Lucían más desoladas mientras más envejecidas.

La misión que le habían dado en el periódico donde trabajaba era tomar una foto lo suficientemente desgarradora para mostrar con una sola imagen “el horror que causa el Apartheid”. Tarea fácil. El dolor de la guerra estaba por todos lados en aquel salón. Tragó en seco. Sacó la cámara. Corrió el fotograma del rollo. Sin tomarse mucho tiempo para enfocar apretó el obturador hacia cualquiera de los tantos fragmentos de dolor. El flash pareció brillar más de lo que era posible. Una señora diminuta, de edad indefinida, pelo negro y pañuelo atado al cuello, levantó la cabeza del ataúd donde una bandera cubana enjugaba sus lágrimas. Miró a Ernesto y volvió a doblarse enseguida sobre su dolor. Él dice que fue una mirada triste, como de muchos odios concentrados. Yo digo que fue Ernesto el que comenzó a odiarse en ese momento, porque al salir del velatorio destruyó el rollo fotográfico, dejó al poco tiempo el periodismo y se dedicó a la publicidad de bien social y a la enseñanza universitaria.

He amanecido hoy pensando en el profe y en su “debilidad” como fotógrafo. Porque si en definitiva Huynh Cong “Nick” Ut no hubiese fotografiado a la niña quemada con napalm durante la guerra de Vietnam probablemente muchos no tuvieran noción de los horrores de aquella contienda. Pero vuelvo a pensar en el profe, que nos enseñó que hay sentimientos que no merecen ser fotografiados, porque su horror permanece de cualquier modo, que nos enseñó que hay límites que es mejor no sobrepasar porque en esto de los espacios públicos es demasiado delgada la línea entre la denuncia y el horror como éxito de mercado.

¿Qué pensará el profe de los videos del Estado Islámico que circulan por la web, con una factura que envidiaría la película más taquillera de Hollywood, con música de fondo, con escenas en cámara lenta y bellos líderes extremistas de barbas arregladas? Somos parte de la cadena de violencia no solo cuando hacemos un video anunciando la decapitación de los civiles en París o cuando tomamos la foto de la Princesa Diana justo antes de morir. También somos culpables cuando nos deleitamos en la contemplación detenida de esas imágenes, negando el morbo y alegando la necesidad de estar informados. Sobre esto se ha escrito tanto, que ya estas palabras deben sonar huecas.

Me contento entonces con no dar clic hoy sobre el reproductor de video, con leer las noticias, claro, e indignarme y plantearme la paz a través de mi diario padecer. Pero saldré del navegador de Internet sin cumplir con la supuesta tarea que me dicta la sociedad de ver morir a tiros a una o varias personas. Me conformo con ser como el profe Ernesto, cuando destruyó la foto que le había tomado a mi tía.

 

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