#4 TiemposBalcón Vacío

Buenos días, hermano | Columna de Alex Valencia

Balcón vacío

Comencemos por imaginar el escenario: las 8 de la mañana de un domingo cualquiera, de esos en los que a la hora referida uno tiene a lo mucho cuatro de haberse acostado, es decir, la resaca viene entrando con fuerza y la idea es combatirla con largas horas de sueño, lo cual se va logrando… hasta que tocan la puerta.

Hay dos  opciones viables entonces, levantarse y atender o hacer caso omiso al llamado; por lo regular se toma la segunda opción, pero los toquidos continúan de tal manera que no se puede dejar de pensar en tal insistencia como producto de una grave urgencia, así uno se levanta, aplica un salivazo al pelo, se talla los ojos, si es posible se medio refresca la boca y se dirige a la puerta, abrimos y  —comienza el martirio— nos topamos con un par de mujeres horrendas con una sonrisa fingidísima tras la cual dejan escapar un “Buenos días, hermano” (¿Hermano? En la vida las había visto y salvo a unos cuantos amigos muy cercanos a los cuales en alguna lejana ocasión he llamado así, no ando con la ridiculez de hermanear a cuanto ser viviente se me presente a la cara).

Antes de poder abrir la boca en defensa, ya te están hablando de la necesidad de acercarnos a dios (a su dios, obviamente) y de cómo tu vida miserable puede ser salvada. Sí, yo también he pensado en el homicidio en ese instante, pero como no es políticamente (ni penalmente, lo cual es más grave) correcto hacer eso, comparto algunas experiencias que me han ayudado a librarme de tan nefastos seres (quienes por cierto no entienden con un “no, gracias” por más amable como pueda ser expresado).

Alguna vez, luego de escuchar a las sujetas en cuestión me dieron una revista en la cual se explicaba detalladamente cómo mi alma podía ser salvada. Yo, con toda la sana intención de regresar tan amable gesto, fui a mi cuarto y les regalé también una revista. Ellas se sorprendieron, se sonrojaron, me dijeron no poder aceptarla, una de ellas hasta como que se indignó (sigo sin entender por qué, a lo mejor no le gustaba la amabilidad correspondida) al final se retiraron apresuradamente, casi sin despedirse y me dejaron con mi especial anual de la revista Hustler en las manos.

Otro día, con la cruda aporreándome a tal grado de volverme susceptible a creer en los demonios más horrendos de cualquier religión y con un humor de los mil ídem, de plano interrumpí su pesado discurso y le pregunté: —“Señora, ¿a usted le gusta el heavy metal?”— como vi en su rostro gran desconcierto y le expliqué se trataba de aquello a lo cual los oyentes inexpertos llaman “rock pesado” y aclarado el punto me dijo que no, sus preferencias se orientaban hacia otro tipo de música. “Mire usted  —proseguí—, a mí me gusta mucho, me llena, me conmueve, escucharlo es una experiencia muy placentera, sin embargo no ando de casa en casa molestando gente para invitarla a escuchar la música de mi gusto porque me parece de pésima educación y en contra de la libertad de que cada quien, sin medios inductivos, haga, escuche y crea cuánto le de la real gana”.

Acto seguido cerré la puerta, pero no pude dejar de asomarme a la ventana para encontrarla ahí parada con cara de pasmo, en la mera orillita del desconcierto. En otra ocasión me tocó que el predicador, evangelizador o como se le llame, venía del preescolar de la propaganda religiosa. Al abrir la puerta me encontré con un niño de unos 10 o 12 años, vestido muy correctamente con una camisa blanca rematada con corbata de moño y su infaltable biblia en la mano; unos metros atrás, un sujeto barbudo y bonachón de sonrisa amplia —intuí se trataba del padre del niño—, observaba los pininos del joven elegido para propagar la fe. 

Comenzaba el pequeño su diatriba cuando con toda seriedad le interrumpí:—Gracias niño, pero soy satanista—. No creí que los ojos alcanzaran de manera natural tal rango de apertura como la del niño, tan abismal desorbitación me hizo saber que en sus primeras lecciones no incluyeron el trato con un supuesto seguidor del rival de su dios. El barbudo también se sobresaltó, y entonces ya no entendí nada, pues incluso el peor vendedor de cambaceo, creo yo, debe tener el ingenio para convencer al cliente y en este caso, tuvieron que quedarse con su producto.

En las tres ocasiones regresé a dormir incluso con mayor placidez, con eso que le llaman alma llena de una extraña alegría malévola y los madrugadores de domingo han desaparecido un buen rato de mi puerta.

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