#4 TiemposLetras minúsculas

Sobre el buen uso del reloj | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

Según ciertos estudiosos de la comunicación, el 75% de lo que decimos lo expresamos sin palabras. Al parecer, los humanos sólo abrimos la boca cuando no nos queda otro remedio; cuando los gestos, las miradas, los guiños y los movimientos de brazos y piernas se hallan, por decirlo así, en los límites de su elocuencia.

Todo en el hombre es comunicación. Habla con los pantalones que viste, con el corte de pelo que acaba de hacerse, con la manera de arquear las cejas y hasta con la forma en que toma el volante. Su corte de pelo, por ejemplo, indica a los demás cuán importante es la moda para él, o cuán joven se siente todavía; su manera de vestir dice algo acerca de sus posibilidades económicas, o ya por lo menos de sus imposibilidades; el auto que maneja es un resumen (bastante completo, por lo demás) de su filosofía general de la existencia, y por el periódico que lleva bajo el brazo algo podemos colegir de sus opciones políticas, económicas y religiosas.

Si un desconocido nos intercepta en plena avenida y se acerca a nosotros más de lo debido, retrocedemos espantados, pues si esta distancia no es lo suficientemente grande, en caso de amenaza no tendríamos oportunidad de escabullirnos; pero si un amigo, en cambio, toma la distancia que exigiríamos a un extraño, pensamos: «¿Qué le pasa? ¿Es que tiene algo contra mi?». Esto quiere decir que los individuos comunicamos incluso con la distancia que tomamos a la hora de entablar un diálogo.

Cuando hablamos, queremos ser escuchados, y hay mil maneras para descubrir si nuestro interlocutor está verdaderamente con nosotros o si se halla más bien en otra parte: sus gestos, su postura, el ángulo de su cabeza y el movimiento de sus ojos lo delatan. De hecho, hay una ciencia que estudia los movimientos corporales que ejecutan los individuos a la hora de hallarse los unos frente a los otros; esta ciencia se llama prosémica, y debe su nombre a Edward T. Hall, que fue quien lo acuñó y popularizó en El lenguaje silencioso y La dimensión oculta, dos libros esenciales para la comprensión de los misterios del lenguaje no verbal.

Sin embargo –y es de esto de lo que ahora quiero hablar-, los humanos también comunicamos con la manera en que utilizamos el tiempo. Cuando alguien se nos acerca y no encuentra en nosotros más que individuos poseídos por la prisa, es muy probable que la comunicación fracase incluso antes de haber comenzado.

Recuerdo la desilusión con que abandoné, en Roma, el consultorio de una doctora que se limitó a verme, a colocarme en una báscula y a repetirme cosas relativas a los peligros del sobrepeso cuando lo único que yo quería era que me dijera algo acerca de ese dolor de espalda que traía conmigo y que no se me quitaba con nada. «Baje por lo menos cinco kilos y después veremos». Fue todo; ni siquiera me tocó, dándome unos golpecitos en el pecho o en la espalda, que aunque no hubieran servido de nada me habrían hecho sentir por lo menos atendido o escuchado. La consulta duró cuatro minutos y me costó 50 euros. Salí del consultorio creo que peor de como había entrado. Y no, ciertamente, por el dinero perdido, sino por considerar que la doctora me había reconocido demasiado aprisa, dando escasa importancia a mi dolor. Con el uso poco generoso de su tiempo me había hecho ver que mis dolencias en la espalda le tenían literalmente sin cuidado.

«Juzgamos a los demás por el tiempo que nos dedican –escribe James McCroskey en su libro Chronemics-. Cuando los pacientes compraran a sus respectivos médicos, con frecuencia se refieren al tiempo que les presta. Cuanto mayor sea el tiempo empleado, mejor será el médico.

Con frecuencia apreciamos al instructor que pierde su tiempo escuchándonos en vez de alejarnos. Apreciamos a los amigos porque se preocupan más de escuchar nuestras ideas que de comunicar las suyas. El empleo desinteresado del tiempo es universalmente admirado».

Una vez, en Madrid, tuve la suerte de hospedarme en la casa de unas religiosas amigas mías –era Semana Santa-, y entre los huéspedes, para mi sorpresa, estaba también un sacerdote mexicano famoso por haber escrito decenas de libros, algunos de los cuales, por lo que sabía, habían sido traducidos incluso al inglés y al italiano. Mi alegría fue grande al ver tan cerca de mí a autor tan prestigioso, y como estábamos ambos de vacaciones le pedí quince minutos para hablar con él.

-Claro que sí –me respondió echando un vistazo a su agenda-. ¿El 18 de octubre te parece bien?

¡Pero si estábamos en abril y además yo ya estaba por regresar a Roma, donde por entonces residía! Cuando volví a México, dos años después de aquel triste acontecimiento, saqué de mis estantes todos los libros que tenía de ese prolífico escritor y los arrojé sin misericordia al cubo de la basura: nada podía decirme un hombre que no había sido capaz de regalarme quince minutos de su tiempo. Qué quiere usted, los hombres juzgamos así: entre un sacerdote doctorado en teología que no nos regala ni un minuto y un sencillo cura rural que nos obsequia generosamente con todo el tiempo que haga falta, nos quedamos sin pensarlo dos veces con el segundo.

Si alguien nos da un billete, pensamos que luego la vida se lo devolverá. Pero, ¿cómo recuperar una hora, un minuto? Por eso, en una época en la que, como se dice, el tiempo es oro, los demás miden nuestra grandeza por la capacidad que tenemos de gastarlo con ellos.

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