Cartas de navegación

Un buen cristiano. Crónica de Luis Moreno Flores

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

Por: Luis Moreno Flores

 

I

Encontré a Mauricio en un restaurante de la calle Benito Juárez; él es ex novio de Marcela, mi hija menor. Hace casi 10 años que terminaron, nunca fuimos cercanos, pero siempre resultó obvio que es buen tipo y quería mucho a Marce.

Se aproximó para saludar, como si fuéramos amigos íntimos. De su vieja imagen de adolescente, solo conservaba los pantalones entallados y el cabello alborotado, todo lo demás en su vestimenta gritaba que le había ido bien, a diferencia de mí, que vine a pagar una deuda con el administrador de este sitio en donde la pensaría antes de pedir una cerveza.

Me invitó a su mesa para conversar, -señor, estoy por terminar una junta, pero lo espero y nos echamos un trago. –Pese al tiempo todavía me habla con el mismo respeto que cuando se dedicaba a retozar en los sillones de la sala con mi hija. Acepté porque parecía muy interesado y yo no tenía nada más que hacer, después de acabar con lo mío, fui a buscarlo. Pedí una Corona y él un gin tonic. Sin ninguna mesura y con un gesto de total neutralidad, inició la charla con una frase lacónica: “entendí lo que hizo”. El muy cabrón parecía estar al tanto de mis problemas, por lo menos en lo general.

-¿Qué entiendes exactamente?

-Por qué abandonó a su familia.

-Muchacho, tú qué vas a saber.

-Perdón si soy muy brusco, pero su mujer, o ex mujer, y Marcela son una mierda, igual Samantha y Judith. Veía cómo lo trataban. Hubiera hecho exactamente lo mismo.

Hace cinco años que dejé a mi familia y Marcela terminó con Mauricio tres antes de eso, así que deduje que debieron verse recientemente, le pregunté por ese encuentro y me contó que un año atrás se topó con mi hija en el vestidor de una tienda y conversaron un poco.

 

II

Marcela y toda su familia eran muy cabronas con su papá, pobre don, hizo bien en irse, por eso el día que Marcela me contó, le dije, “tú y tu jefa tienen la culpa”. Se molestó, agarró su bolso y se fue sin decir más, sentí solidaridad de género con su padre, hasta gusto me dio hacerla enojar. No sé por qué me puso al tanto de algo tan personal si teníamos demasiado sin vernos.

En la prepa, Marcela trataba de ser una “niña modelo”, tenía el mejor promedio, tocaba varios instrumentos musicales, vestía como ñoña pero elegante y daba la impresión de provenir de una familia adinerada, rasgo que no resultaba extraordinario en el colegio. Una mamoncita.

Jamás entendí cómo me interesó y cómo le interesé, pues pese a sus buenas calificaciones era una hueca y yo un adolescente de malas calificaciones que descubría el punk rock. El inicio de nuestra relación fue tan escandaloso que hasta en la sala de profesores era tema, pobres, debieron ser unos aburridos.

 

III

A los 17 años conocí a Marcela, mi legalmente aún esposa, ella junto con otras jovencitas de una iglesia cristiana fueron a llevar cobijas y “la palabra de Dios” a mi colonia. Después de los obsequios, me quedé porque su cabello rubio produjo en mi una atracción indescifrable. Le pedí la dirección de su iglesia para ir el siguiente domingo, estaba a una hora a pie desde mi casa, pero acudí cada semana durante los 5 meses siguientes, en los que primero forjó en mi una devoción ineludible que derivó en romance.

La familia de mi esposa era dueña de varias concesiones de taxis porque su padre había sido cercano a un gobernador, no recuerdo exactamente a cuál. Al principio mis visitas a su casa resultaban simpáticas, porque las veían como una forma de prolongar su “labor social” de la iglesia, pero cuando me encontraron a los besos con Marcela, el tema de mis charlas con sus padres se transformó y todo giraba en torno a recordarme mi inferioridad y cómo nunca podría darle la vida que merecía.

Hace 34 años nació Samantha, nuestra primera hija, Marcela y yo nos casamos cuando lo supimos. Su papá me dio chamba como chofer de uno de sus taxis, el cual prácticamente me regaló, porque jamás me cobraba liquidación ni me exigía horarios, eso sí, cada que nos veíamos se la pasaba chingando, nunca aprobó nuestro matrimonio. La vida con mi esposa hacía que valiera la pena. Estuve así durante diez años, en los que nacieron primero Judith y luego Marcela, hasta que mi mejor amigo de la infancia me ofreció trabajo, le habían dado un cargo importante en un banco mexicano que se expandía a Sudamérica y necesitaba a alguien en quien confiar.

-Tu oferta es muy generosa, pero yo de bancos no sé nada.

– Sé que no sabes, pero siempre fuiste inteligente, además esto no es de capacidad, se trata de lealtad. El único problema es que tendrías que mudarte a Argentina durante 10 meses. ¿Le entras?

A las dos semanas ya vivía en un hotel de Buenos Aires. Marcela y mi mujer me acompañaron, mis otras dos hijas se quedaron en México.

Los primeros días tuve problemas para adaptarme a ser un importante ejecutivo, no por mis labores (esas las domé en unas horas), sino por el trato; miraba con desconfianza los gestos de amabilidad de mis subalternos y me preocupaba que mis falencias en el tema de los protocolos pudiera dejarme como un farsante, no obstante, con el tiempo y el dinero pude asumir mi nueva vida. Decidimos quedarnos en la habitación doble del hotel, contratamos una institutriz para Marce, el banco me prestó el automóvil más lujoso que he conducido, mi esposa consiguió un grupo de amigas con las que disfrutaba ir de compras y los desayunos. Solo ahora que lo veo en retrospectiva, percibo cómo ambas cambiaron: Marce dejó de conformarse con ir los sábados por una Cajita Feliz al McDonald’s instalado dentro del hotel y comenzó a exigir juguetes caros y clases de equitación; mientras su madre tomó gusto por los vestidos de alta costura y las joyas. Nada les daba gusto, mi esposa que por años fue comprensiva y agradecida con nuestras circunstancias, de pronto se convirtió en un reflejo de sus padres, mi hija había comenzado a imitarla y yo me esforzaba para mantener el ritmo de sus demandas.

Cuando volvimos a México, tenía la esperanza de que regresaran a ser las de antes, en cambio me encontré con que Samantha y Judith tomaron el mismo camino.

 

IV

Cuando Marcela me llevó a su casa por primera vez, me sorprendió ver que nos adentramos en uno de esos fraccionamientos donde las casas están construidas en serie y sus fachadas se empeñan, sin éxito, en evitar ser consideradas de interés social.

Toda su familia me trataban muy bien, solo había dos cosas que me incomodaban: su insistencia en llevarme a las actividades de su iglesia como días de campo, cultos, concursos de esgrima bíblico, entre otras estupideces, y su banalidad, todo en ellos se resumía en comprar.

No puedo negar que hice buenas relaciones, incluso pensé en merendar ¿me a alguna de las hermanas de mi novia, pero la superficialidad en esa casa me avergonzaba. Lo irónico era que no tenían recursos para sostener la imagen que tanto añoraban.

Al padre de Marcela a veces le iba bien y otras terrible, algo natural en un vendedor de automóviles. Hubo ocasiones en que la situación era tan precaria que cuando mi ex novia me invitaba a desayunar o cenar, me detenía en una tienda cercana para comprar una buena cantidad de cereal, leche, pan, huevo o queso. Cuando llegaba a la casa con las compras, Marcela me veía con desconfianza y yo la calmaba al decirle que no me gustaba arribar con las manos vacías. Pese a su dignidad (soberbia), jamás rechazó mis regalos. Ambos comprendíamos en silencio lo que ocurría. Los días buenos eran diametralmente opuestos: apenas su papá vendía algunos vehículos, se planeaban viajes al extranjero, remodelaban la casa, guardarropas y autos. Recuerdo bien el día que acompañé a la familia a buscar algunos regalos de Navidad y Marcela lloró para que cambiaran su Beatle por uno con motivos de Hello Kitty. Lo consiguió.

 

V

Al terminar nuestro viaje a Sudamérica, nos mudamos a una casa mejor, mi situación económica mejoraba a la par que la familiar empeoraba, el afecto se limitaba a cuánto se gastaba. Luego, sin anticiparlo, el banco decidió recortar el personal para su proyecto de expansión, conmigo incluido; ese día mi mujer me amenazó con abandonarme si no encontraba un empleo igual de redituable.

Las cuentas comenzaron a acumularse, acabé por aceptar un trabajo en una agencia de automóviles, donde la paga fluctuaba con base en mi talento para convencer a los clientes. Mi familia jamás logró comprender nuestra situación. Entonces algunas condiciones de mi vida con Marcela comenzaron a volver complicadas: ya no soportaba a mis suegros, extrañaba el alcohol que había dejado al convertirme en cristiano, y reparé en mi falta de amigos. Cada noche pensaba en escapar y dejar atrás a estas mujeres para las que yo no valía nada.

Un diciembre, mientras volvíamos de la Noche Invernal (evento de oración en nuestra iglesia), intenté recordar porqué me había casado con Marcela, no conseguía vislumbrar esos motivos, pensé en lo bella que me pareció la primera vez que la vi y de esa adolescente ya no encontré nada, en el asiento del copiloto solo estaba una mujer arrugada, de piel manchada por el sol, con una espalda adolorida que le servía de pretexto para consumir analgésicos y que no me dirigía la palabra. En el asiento trasero la misma situación pero en versión juvenil.

Soñé con mi casa de niño, con mi madre que murió cuando estaba en Argentina. A las dos y cuarto de la mañana desperté con la primera certeza que tenía en años. Saqué el dinero que tenía ahorrado en los cajones del armario, lo dejé sobre la mesa del comedor, preparé una pequeña maleta y me fui.

 

VI

Los cristianos no deben beber alcohol. Ver al padre de Marcela tomar su Corona con tal gusto, me hizo recordar las prohibiciones que su hija me impuso: nada de fiestas, amigos o sexo los domingos, mi vida estaba consagrada a sus designios bajo el pretexto de su amor a Dios. De haberme aferrado a ella como su papá lo hizo con su madre, ¿habría sido tan valiente (o tan cobarde) como para largarme?

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