#4 TiemposBalcón Vacío

Ballard, profeta de nuestro tiempo | Columna de Alex Valencia

Balcón Vacío

“Asumiendo que la única cosa cierta acerca del futuro es que va a ser aburrido, el papel que desempeñará la ficción imaginativa se convierte en más y más importante para la supervivencia.” Escribió James Graham Ballard hace un medio siglo y, como mucho de cuanto escribió, ha acertado en cuanto al presente, ese futuro por él imaginado es menos divertido, pero más aterrador.

Los lugares comunes describen la obra de Ballard como ciencia ficción, pero parece más la de un hombre mucho más delante de su propio tiempo. Revisando su trabajo literario nos podemos dar cuenta que aunque sus textos bien pueden tener cabida dentro de la clasificación de ciertos subgéneros vinculados con la CF, el iluminismo mostrado en cada una de sus narraciones le vuelve un visionario del futuro antes de un contador de historias imaginativo.

En su trabajo encontramos un planeta devastado, siempre a consecuencia de los actos de sus propios habitantes, tal como sucede en la realidad. Hay un pesimismo fascinante y una exploración profunda del espíritu humano en decadencia que revolucionó el mundo de la literatura de ciencia ficción, aunque a pesar de ello no es lo que podríamos llamar una celebridad mundial, puede incluso haber quien conozca alguna de sus historias sin saberlo porque ha visto las películas Crash: Extraños placeres (David Cronenberg, 1996) o El imperio del sol (Steven Spielberg, 1987), por citar las dos adaptaciones cinematográficas más exitosas.

Crash protagonizada por James Spader y Holly Hunter

Hay dos enunciados escritos muchos años antes de la revolución de las computadoras y el nacimiento de internet que erizan la piel por su precisión para describir nuestra forma de vivir actualmente: “La ayuda electrónica, particularmente las computadoras domésticas, ayudarán a la migración interna, la opción de salir de la realidad.”

“Así como el siglo XX ha sido la era de la movilidad y su mayor exponente el automóvil, así la próxima era será una en donde en vez de buscar aventuras a través de los viajes, uno va a crear los suyos propios, de la forma que uno elija, en su casa. El individuo promedio tendrá todos los recursos de un estudio moderno de TV, conectado a procesadores increíblemente sofisticados y poderosos.”

La actual era de hedonismo sofisticado y egoísta fue descrita de manera contundente en sus textos, la migración interna de la cual habla es parte de nuestro día a día, inmersos como estamos en nuestros dispositivos electrónicos, principalmente de los smartphones, para distanciarnos de la vida real; justo como sucede con usted mismo ahora si lee esta columna en su versión electrónica. Yo no tuve necesidad de ver a mi editor, hace mucho no lo hago, para entregar mi texto semanal para La Orquesta. La tecnología nos resuelve todo.

“Lo que nuestros niños deben temer no es a los autos en las vías del mañana, sino a nuestro propio placer por calcular los más elegantes parámetros de sus muertes.” Escribió en otro momento y ello me lleva a recordar (la cita, debo aclarar, no corresponde a ese libro) su primera obra, El mundo sumergido, de 1962, muestra a la tierra totalmente inundada por el deshielo de los casquetes polares. Kerans, el protagonista, es un biólogo a cargo de estudiar el fenómeno para poder solucionarlo, él cumple su labor sin compasión de por medio, hay en su labor una fascinación tanto por el desastre ecológico como por la involución de la mente humana.

De manera reciente pudimos ver Una verdad incómoda 2, documental en el cual se aborda la problemática del calentamiento global y la amenaza real que representa, como contrapunto vemos fragmentos de los mítines de Donald Trump en su carrera para convertirse en presidente de USA. Ahí, con la insultante estupidez que lo caracteriza, se burla de quienes creen en el cambio climático e incluso pide un poco de calentamiento global porque hace frío, mientras sus alienados seguidores le ríen el chiste. De nuevo Ballard tenía razón.

“El único y verdadero planeta alienígena es la tierra”.

Tom Hiddleston en High Rise

En Rascacielos (1975) J.G. Ballard hace uno de sus más brillantes desgloses de la condición humana. La historia transcurre en un edificio vertical de cuarenta pisos en una Londres suburbana y desconectada, el edificio más cercano, por ejemplo, está a medio kilómetro de distancia. El rascacielos es autosuficiente, tiene tiendas departamentales, supermercados, lugares para divertirse e incluso un zoológico. Pero está dividido por niveles; los pisos más bajos corresponden a los más pobres, el estrato socioeconómico crece entre más altos son los pisos. La separación por clases tiene consecuencias; mientras los habitantes del rascacielos intentan guardar las apariencias hacia afuera, la situación se va descomponiendo hasta llegar a la destrucción.

Y sobre esa descomposición social el autor es contundente, uno de los personajes dice: “No es cierto que vayamos todos hacia un estado de primitivismo feliz. Aquí el modelo no es tanto el yo salvaje como el yo postfreudiano sin inocencia, dañado por una excesiva indulgencia en el entrenamiento de las funciones del cuerpo”. Cualquier parecido con la sociedad actual, no es coincidencia; es lo visionario en Ballard.

De igual manera, vaticinó la liquidez en la vida actual mucho antes que Zygmut Bauman la llamara así, contemplando por ejemplo la disolvencia en las fronteras entre lo rebelde y revolucionario y lo socialmente aceptado, esta frase es de mis favoritas: “En el futuro vas a tener una idea nueva radical, pero dentro de tres minutos estará totalmente aceptada y a la venta en el supermercado más cercano.” Tomemos por ejemplo las acciones civiles en el apoyo a los pobladores de las zonas afectadas por los sismos del 19 de septiembre reciente. Estamos, como escribe el sociólogo polaco, ante el fin de la era del compromiso mutuo. Pero Ballard lo previó hace mucho tiempo.

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